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Crítica: Michael Tilson Thomas y la Sinfónica de San Francisco vuelven al Carnegie Hall con sinfonías de Mahler

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13 de abril de 2017

MAHLER DE ALTO NIVEL

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall  8/4/2017. San Francisco Symphony. Director musical: Michael Tilson Thomas. Adagio de la Sinfonía n° 10 y Sinfonía n° 1 de Gustav Mahler.

   La visita anual de la Orquesta de San Francisco al Carnegie Hall tenía este año varios atractivos. En el primer concierto, el Concierto para orquesta de Bela Bartok, y Las estaciones de John Cage abrían y cerraban un programa donde el gran violonchelista francés Gauthier Capuçon, interpretaba el Primer concierto de Dmitri Shostakovich. El segundo, que es el que reseñamos, nos presentaba las etapas inicial y final del sinfonismo mahleriano.  

   Sabido es que Gustav Mahler solo dejó completo el movimiento inicial de su Décima sinfonía. Del resto, muchos bosquejos, unas partes más completas que otras, pero poco más. Tras el “adiós a la vida” de la Novena, aquí va un paso más allá. Todo indica que Mahler iba a dar el paso hacia el futuro, hacia la atonalidad del joven Arnold Schonberg y su Segunda Escuela de Viena. Pero en la obra, también vemos guiños al pasado y a toda la tradición del sinfonismo germánico que arranca en Beethoven. Su situación personal también era difícil. Mahler, en plena crisis matrimonial con Alma y ya bastante enfermo parece que quiere ir, pero no sabe a dónde. El tiempo en que empieza a componer la sinfonía, tampoco ayuda. El verano de 1910, se anticipa solo en cuatro años a la declaración de la Primera Guerra Mundial. El mundo entero está en una fase de “revolución cultural”, de nuevas tendencias en todas las artes, como en la pintura (cubismo), la arquitectura (modernismo), o la música (dodecafonismo). Incluso hay movimientos transversales a todas ellas como el expresionismo o algo más tarde, el futurismo o el dadaísmo. Una explosión ingente de creatividad y una necesidad de romper con el pasado, donde lo único claro es que “no hay nada claro”.

   Con su muerte en mayo de 1911, muchas de estas preguntas quedan sin respuesta. De hecho, el propio manuscrito queda en poder de Alma quien a lo largo de los años, intenta que diversos compositores (Krenek, Zemlinsky, el propio Schonberg e incluso se tantea a Dmitri Shostakovich) la terminen. Nada llega a buen puerto - el Adagio inicial tal y como había sido escrito por Mahler se publica en 1964 - y solo a partir de los años 60, diversos musicólogos como Deryck Cooke, Clinton Carpenter o Remo Mazzetti editan “performing versions” de la obra.

   Antes de comenzar la interpretación, Michael Tilson Thomas tomo el micrófono para enmarcar la obra en su tiempo, e incluso recitó un poema de Rainer Maria Rilke hablando sobre “estos tiempos en que Mahler vivió”. A continuación, se puso manos a la obra y en un increíble ejercicio de disección, no hubo matiz o detalle que pasara por alto. Desde la melodía inicial, comenzada por las violas a las que se suman metales y clarinetes, hasta los compases finales en que la escala del arpa, acompañada por flautas y violines en “pianísimo”, es terminada por el pizzicato de los contrabajos, el Sr. Tilson Thomas y la gran orquesta californiana nos dieron una versión pausada, analítica, tensa y excelentemente interpretada. Los dos súbitos e inesperados “fortísimos” intermedios, disonantes, perfectamente ejecutados, contrastaron de manera admirable con los largos pasajes tranquilos y calmados anteriores y posteriores. Emocionante y deslumbrante versión premiada con grandes ovaciones, en los que el director californiano levantó a saludar individualmente a maderas, metales y a la sección de violas entera.

   En la segunda parte retrocedimos al principio de la obra sinfónica mahleriana. Su Primera sinfonía, de una calidad inverosímil en un compositor novel – habría que remontarse a Hector Berlioz y su Sinfonía fantástica para encontrar un precedente de ese nivel – es una obra que ya nos anticipa parte del camino que Mahler recorrerá en su vida. El propio compositor, tan exigente con todo, la tenía en gran estima y fue quién la estrenó en los EE. UU. Fue en diciembre de 1909, en el Carnegie Hall junto a “su” Orquesta Filarmónica de Nueva York.

   La obra tardó en entrar en el repertorio, pero en la actualidad es una de las más interpretadas. Quizás ese sea uno de sus principales problemas. La hemos oído innumerables veces. Todos tenemos en la cabeza nuestra versión ideal, y es muy difícil encontrar ese ideal. Lo que es innegable es que esta obra, al igual que la anterior, es hija de su tiempo. Compuesta entre 1884 y 1889 – aunque hubo diversas revisiones entre 1893 y 1906 – pertenece por derecho propio a la última etapa del romanticismo, y sus influencias más claras vienen de dos de sus formas musicales clave: el mundo de la canción popular y el poema sinfónico. En ella tenemos naturaleza, melodías populares, otras más “salvajes” o marchas fúnebres. Es una sinfonía que necesita una visión más romántica que objetiva.  

   Para el que suscribe, ese fue el problema de la versión de Michael Tilson Thompson. Planteó la obra con un enfoque excesivamente analítico, lo que le vino muy bien al arranque del primer movimiento. Esa calma natural sobre la que fluyen casi todas las maderas y metales, a tempo pausado, donde oímos entre otras cosas el canto del cuco, fue de mucho nivel. Sin embargo, no hubo “ritardandos “en los finales de los crescendos en fortísimo. Crecieron y “rompieron” a tempo rápido, de manera bastante efectiva pero perdiendo la ocasión de crear algo excepcional. De la misma manera, ninguna de las dos transiciones del tercer movimiento – entre la marcha fúnebre y el vals primero, y entre éste y el trío después – tuvieron el espíritu de música popular de donde ambas vienen.  

   En cualquier caso, la versión global fue satisfactoria, y de ello se beneficiaron en mayor medida un segundo movimiento de múltiples detalles, con contrastes continuos entre secciones, y un cuarto, donde por Michael Tilson Thomas se quitó por fin la careta analítica, y la versión ganó en intensidad y pasión aunque perfilada con trazo muy fino. La orquesta sonó empastada y la tímbrica fue excepcional. Casi todos los solistas tuvieron su momento de gloria – con gran precisión de maderas y metales - y la cuerda en particular, estuvo cálida y sedosa. La coda final, ahora sí ralentizada, y con toda la orquesta a un excelente nivel – con las trompas de pie como manda la tradición – fue un gran colofón a este atractivo concierto.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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