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Crítica: Obras de Lorenzo Palomo, García Abril y Manuel de Falla en los Grandes Autores de la Universidad Autónoma

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Autor: Óscar del Saz
12 de junio de 2021
El compositor Lorenzo Palomo

Quintaesenciar y transformar con éxito

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 10-VI-2021. Auditorio Nacional de Música. XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Acento español. Obras de Antón García Abril (1933-2021), Lorenzo Palomo (1938) y Manuel de Falla (1876-1946). Judith Jáuregui, piano. Orquesta Sinfónica de RTVE. Miguel Romea, director.

   Asistimos al concierto del XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música, que organiza anualmente el Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música (CSIPM), perteneciente a la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que pone su punto final a esta temporada con un muy equilibrado programa sinfónico bajo el título «Acento español», protagonizada por la Orquesta de RTVE, dirigida en esta ocasión por Miguel Romea (aunque estuvo inicialmente previsto el también madrileño maestro Guillermo García-Calvo), y contando con la participación solista de la pianista donostiarra Judith Jáuregui. Begoña Lolo, responsable del Ciclo, considera que «los jóvenes han encontrado en esta propuesta un vehículo diferente para conectar con la música clásica», de modo que felizmente se ha conseguido -durante las 48 ediciones-, el seguir siendo fiel a su adagio de «30 años de Ciencia, Cultura y Promoción de la Música». 


   Y nada mejor para ello que un encargo, para seguir impulsando la creación actual: el estreno mundial de Nocturnos de Andalucía, obra para piano y orquesta del compositor español Lorenzo Palomo. Tampoco se olvidó el resto de la vanguardia, con las Canciones y danzas de Dulcinea, obra del recientemente desaparecido Antón García Abril, -enmarcada dentro de la gran labor de investigación y recuperación de la obra cervantina que desempeña el CSIPM-, y también se puso foco en la tradición, mediante un homenaje a Manuel de Falla -75 aniversario de su fallecimiento-, con la interpretación de su paradigmática obra El amor brujo, en la versión para orquesta (sin cantaora) de 1925. 

   El mismo maestro Lorenzo Palomo confiesa que definir su estilo es muy difícil porque él compone con todos los recursos a su alcance: tonalidad, atonalidad, melodía, ritmo… En realidad, aprovecha todo lo que la fantasía le dicta, sin ningún complejo, según sus propias palabras. Como se sabe, la obra que nos ocupa procede de una anterior de igual nombre, compuesta para guitarra y orquesta, y que se estrenó en el Konzerthaus de Berlín con grandísimo éxito -de la mano del insigne guitarrista Pepe Romero y del llorado Frühbeck de Burgos al frente de la Rundfunk-Sinfonieorchester- en 1996. 

   A nadie se le escapa que componer para guitarra sola, enfrentada a una orquesta, supone reducir todo a la mínima expresión, a la quinta esencia sonora. La guitarra, y más cuando pretende dibujar las noches andaluzas, debe cautivar como instrumento solista y relevarse con la orquesta en el discurso sonoro, intentando que no haya conflictos en el balance conjunto. Todo debe ser sencillo, simple, natural…, radicando en esto la gran dificultad de componer para la guitarra. 

   De forma complementaria, no olvidemos que el compositor Lorenzo Palomo es pianista, y entendemos que eso le ha ayudado en la transformación -como al autor le gusta denominarla, ya que el término adaptación puede quedarse corto- de una obra que ya era un éxito, tal y como fue concebida: esto es, una composición que hunde profundamente las raíces en el folklore, revestida con gran adecuación a un lenguaje y escritura muy modernos, con el valor añadido de una muy elaborada, enriquecida y resolutiva orquestación. 

   Pero la clave del éxito de esta composición quizá no esté sólo ahí, sino en que el genio creativo de Palomo no deja de dar vueltas a su corpus compositivo y también en que -con gran fortuna para su carrera- aquél siempre ha atraído a grandes intérpretes, por lo que este importante plus ha mantenido viva su creatividad como músico y, por tanto, le permite continuamente reinventarse -o «transformarse»-, tanto a sí mismo como a sus obras.

   Como ha ocurrido a lo largo de la historia de la música, ambas obras -o con guitarra, o con piano- seguirán caminos distintos, aunque paralelos, y el tiempo -y también el público- decidirán cuál se impone en las programaciones. Quizá la creación de la versión con guitarra sirviera de puente emotivo entre la vida del compositor en Berlín y España. Ahora, seguro que esta versión pianística creada en España permitirá tender más puentes y posibilidades interpretativas de pianistas de todo el mundo que sin duda encontrarán poderosamente atractiva esta nueva obra.

   Es indudable que el instrumento pianístico dota a la obra de una mayor fuerza, sonoridad y brillo a cada una de las seis escenas (Brindis a la noche, Sonrisa truncada de una estrella, Danza de Marialuna, Ráfaga, Nocturno de Córdoba y El tablao), y hay una mayor posibilidad de gradaciones en los colores y densidades sonoras. De alguna forma, la rítmica creemos que también se percibe más cincelada, y las atmósferas más íntimas, ganan en densidad y paladeo armónicos, permitiendo que los pasajes más brillantes suenen de forma más esplendorosa y potente. Escuchando esta obra con piano, además del consabido Falla, nos vinieron a la cabeza -sobre todo al final de la misma- ritmos más modernos como el jazz, asociados a músicas del estilo de Gershwin o Bernstein, lo cual creemos también es un plus para atraer a paladares de gustos más diversos. 

   Todo esto que comentamos fue expuesto de forma aparentemente sencilla, pero muy contundente y comunicativa, por la excelente y virtuosística/preciosista interpretación de Judith Jaúregui. De hecho, fue la propia pianista protagonista de este estreno la que propuso en septiembre de 2019 a Lorenzo Palomo transformar su obra en otra cuyo instrumento solista fuera el piano. Gracias a sus excelentes facultades técnicas se enfrentó con todas las garantías a una nada fácil partitura, sucesión de rítmicas y pulsos cambiantes, ataques, escalas, rápidas digitaciones, picados, arabescos, y variedad de acordes y saltos interválicos que lograron traducir de forma muy diáfana todas las escenas de la obra, pequeños micro-universos de atmósferas y dinámicas cambiantes -algunas aparentemente caóticas- que se entretejieron de forma primorosa con las diversas secciones de la orquesta, destacando sobre todo la textura perfectamente amalgamada con las cuerdas y los precisos ajustes con la percusión. De igual forma, destacamos los momentos más bucólicos/serenos perfectamente difuminados conjuntamente con los instrumentos de viento-madera y el viento-metal. 

   Como ocurrió durante todo el concierto, la aportación del maestro Romea fue total y decisiva, porque creemos entendió perfectamente el espíritu y concepción musical de toda la obra, y se empleó a fondo para que todo discurriera de la mejor forma posible, estando muy pendiente de las salidas-entradas de la orquesta y los balances puestos en juego, y así enriquecer el más que previsible éxito obtenido. Y así fue de hecho, un clamoroso éxito a tenor de los bravos y prolongados aplausos por parte del respetable, homenajeando cálidamente al autor que se unió a los intérpretes en el escenario. 

   Por delante de esta obra sonó la música de García Abril, de arcaica y liviana frescura, muy bien traducida por el maestro Romea. Una suite planteada para orquesta reducida, que se ha hecho muy famosa y que expresa -enfocada a la danza- el misterio, la infinitud y el enriquecimiento emocional que se experimenta con la posesión del amor, sea éste real o evocado (platónico). 

   Asistimos a una muy adecuada interpretación -casi cinematográfica, no en vano fue germen de esta obra la banda sonora de la película Monsignor Don Quixote, basada en la novela de Graham Greene, dirigida por Rodney Bennet- que nos llevó en volandas a ambientes caballerescos muy bien arropados por el bien templado dúo de trompas y con una cuerda muy bien empastada, que supo sostener el pequeño clímax central y dar realce a algunos contrastes que se mueven en la malla sonora, expuesta siempre con tintes cálidos y luminosos. Las postrimerías de la obra, de nuevo, nos conducen a escenarios bucólicos, o quizá a un universo más onírico que otra cosa, cuyo acorde final -desabrido y disonante- nos sugiere un “despertar” disruptivo.

   El amor brujo, de Manuel de Falla, escrita en 1914, dio final al concierto. Como «gitanería musical», fue calificado inicialmente este ballet, donde se cuenta la historia de una gitana a vueltas con el amor, la brujería y la superstición. Es verdad que la pieza pierde garra y fuerza sin la presencia de la voz de mezzo -o cantaora, en su caso-, sustituida por el oboe, en los pasajes de la Canción de amor dolido o la Canción del fuego fatuo. Podemos hablar, en general, de una versión corta de matices en la creación de las distintas atmósferas en la Canción del amor dolido y en el Romance del pescador. La famosísima Danza ritual de fuego, tampoco nos maravilló como debería, ya que fue expuesta por los instrumentos solistas principales -oboe y flauta- con un carácter un tanto naif y poco imaginativos a la hora de ahondar en la búsqueda de la emoción. Hacia el final, todo pareció recomponerse y tanto la Danza y canción del juego del amor y el Final y las campanas del amanecer alcanzaron las correspondientes cotas de sensualidad y clímax.

   En definitiva, un concierto muy equilibrado para degustar y disfrutar música española, muy bien servido por la Orquesta de RTVE, mirando a la tradición y a la vanguardia, diseñado con el convencimiento de que nuestra historia musical está -y seguirá estando- plagada de nombres tan señeros como los convocados en este concierto.

Foto: Fernando Frade / CODALARIO

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