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Crítica: Nancy Fabiola Herrera en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

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28 de noviembre de 2019

El lado más popular del Lied

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 25-XI-2019. Teatro de la Zarzuela. Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) - XXVI CICLO DE LIED, Recital 3. Noches de cabaret.Obras de Óscar Straus (1870-1954); Erik Satie (1866-1925), Kurt Weill (1900-1950), Louis Guglielmi (LOUIGUY) (1916-1991), Francis Poulenc (1899-1963), Ernesto Lecuona (1895-1963), Joaquín Zamacois (1894-1976), Pedro Junco (1920-1943), María Grever (1885-1951), Álvaro Carrillo (1919-1969), Gabriel Ruiz Galindo (1908-1999), Bobby Capó (1922-1989), Astor Piazzolla (1921-1992). Nancy Fabiola Herrera (Mezzosoprano), Mac McClure (piano).

   De vez en cuando, al Ciclo de Lied del CNDM le gusta vestirse de ropajes más mundanos, en el sentido de menos sesudos o artificiosos, identificados con la realidad de la vida diaria de las personas que en Europa y en Latinoamérica buscaban su esparcimiento en locales donde se ofrecía la denominada en genérico como «música de cabaret», que les permitía evadirse -en una vida difícil,tanto en el siglo XIX como en el XX-,al no disponer de la cantidad de oportunidades de ocio que nosotros ahora disfrutamos. Aún en este caso, la regla de oro a la hora de programar es -por supuesto- que hay que mantener un muy alto nivel, tanto en el intérprete como en los autores de las músicas.

   Es éste el caso de esta velada, brindada por la afamada mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, que vino a Madrid de cantar Dalila -con gran éxito- en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, y que propuso a este Ciclo un muy variado recital denominado como Noches de cabaret. En cuanto a los compositores, todos ellos son de renombre y algunos forman parte de la -mal denominada- como música culta. Lo que aquí comentamos se encargó de explicarlo al público la propia cantante, además de que -en su forma de verlo- el artista debe tener la obligación de divulgar los mayores tipos de música y repertorio posibles y explorar también su lado más humano o más terrenal, que es con el cuál podemos identificarnos más directamente.


   Ello ocurre, por ejemplo, con Joaquín Zamacois -con el que la mayoría de los músicos se ha formado con sus tratados de música-, gran compositor de música seria, que escribía también cuplés para ser cantados en los cabarets del Paralell barcelonés. De hecho, él alguna vez negó que los escribió, pero esa actividad fue una manera de ganar un dinero extra en épocas difíciles. Lo mismo ocurre con el Kurt Weill compositor del repertorio «serio» y también del cabaret alemán adaptado -después de sus viajes a Estados Unidos-, a los gustos de Hollywood, y creado con el loable propósito de luchar contra el fascismo.

   En este tipo de recitales, donde se abunda en este repertorio, también es importante la teatralidad del intérprete-incluso, el vestuario: lentejuelas y marabú-, a fin de conseguir emocionar, pero también hacer pensar al público -en este sentido, las letras normalmente no son vacuas, y tienen muchas veces una alta componente de crítica social-, aunque el carácter musical sea más bien popular.La parte de repertorio francés fue cubierta con Óscar Straus, «Je ne suis pas ce que l’on pensé [No soy lo que piensan]» (1935); Erik Satie, «Je te veux [Te deseo]» (1902); Louis Guglielmi, «La vieen rose [la vida en rosa]» (1945) y Francis Poulenc,«Les chemins de l’amour [Los caminos del amor]» (1940).

   Se pusieron de manifiesto las dotes de interpretación humorística-o sarcástica, según opiniones- y de gracejo actoral de Nancy Fabiola Herrera, en la primera de ellas, y el intensísimo canto legato y fantásticas prestaciones en el fraseo, con una flexibilidad admirable en toda la extensión vocal, administrando dinámicas y aplicando ralentandi para embellecer el efectismo y la intención en el resto de canciones, de claro componente amoroso. Mucho más evocadora -o ensoñadora- se mostró en el universo de Kurt Weill, con «Les chemins de l’amour [Los caminos del amor]» (1941), y -sobre todo- con el tango-habanera del irreal paraíso «Youkali» (1935), con hábil manejo de las medias voces y en la última parte con cambio de octava en una voz que tampoco parece tener límites en la tesitura más aguda.Ya en tono mucho más recogido e íntimo desgranó en dinámica piano «September song» (1938). De ligazón entre ambas secciones sirvieron los solos de Mac McClure con las piezas «Gymnopédie, n.º 1» (1888), hipnótica y bella, -de Erik Satie-, e «Improvisación n.º 15 en do menor ‘Homenaje a Édith Piaf» (1959),de Francis Poulenc, plagada de «cesiones» marcadas como acotación en la partitura, y que el pianista supo dotar de rico valor añadido. También como pianista acompañante pudimos comprobar su maestría durante todo el recital, formando perfecto binomio con la cantante.  


   El cogollo de la segunda parte -fue gracioso que ambos intérpretes estuvieran esperando risueños a que regresara todo el público para comenzarla- lo constituyó un popurrí de boleros de diversos autores que sabemos son del gusto de nuestra protagonista ya que son -en gran medida- la música que ella escuchaba en casa de pequeña, junto con la música mexicana. La sucesión de los mismos -Pedro Junco, «Nosotros» (1942); María Grever, «Cuando vuelva a tu lado» (1934); Álvaro Carrillo, «Sabor a mí» (1959); Gabriel Ruiz Galindo,«Usted es la culpable» (1951); Bobby Capó, «Piel canela» (1952)- constituyeron la “esencia romántica del recital”, en palabras de Nancy Fabiola, todas ellas ejecutadas con elegante arrobamiento. Previamente, se interpretaron bellamente «Dame tus rosas» (1928) y «Siboney» (1929), de Ernesto Lecuona. Y de Zamacois, la picarona canción «¡Soltera, no!» (1919), y la muy crítica, por su mensaje, «La tiple ligera» (1932) también brillaron en la interpretación. Como finalización, se ofrecieron los tangos en dialecto lunfardo «Milonga Carrieguera» (1968), con canto y parte recitada, -que forma parte de la ópera María de Buenos Aires-,y «Balada para un loco» (1969), ambas del famoso bandeonista Astor Piazzolla. Esta última creemos que se ganó el mérito de ser la pieza más completa en cuanto a la conjunción de canto-interpretación-dramatismo.

   Dado los bravos y aplausos sin tregua del público, ambos intérpretes ofrecieron dos propinas, la primera de las cuáles fue «Soy la dulce frutera», de Joan Comellas (1913-2000), contemporáneo de Montsalvatge, que estando en la cárcel escribía canciones referidas a la historia de España cuando todo lo que venía de Cuba estaba de moda y las melodías de la colonia eran muy populares. La segunda fue la denominada como Sexta de las «Cinco canciones negras» de Montsalvatge, que también es una nana, y que se cuenta que incluso el propio compositor había olvidado que la compuso una vez fue reencontrada en un cajón.


   Como corolario, no queremos dejar de comentar que -aun en apariencia de facilidad de este repertorio- fue la voz sin reservas de Nancy Fabiola Herrera lo diferencial de este recital, una voz de mezzosoprano, buen volumen, con facilidades en los agudos y con una riqueza de matices y denso timbre, gran capacidad armónica y de proyección, así como un gran control del fiato para aplicar el canto legato y el fraseo al servicio de la expresividad. En verdad, no nos incomoda que de vez en cuando el Lied se muestre en su vertiente más popular porque seguro que ayudará a atraer a nuevos públicos,dado que ellos se darán cuenta de que la música y los compositores siempre son y serán multiformes, con muchas facetaas, y que toda música -si es de calidad- es perfectamente valorable con independencia de su estilo.

Fotografía: Rafa Martín/CNDM.

Autor:Óscar del Saz
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