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Crítica: Natalie  Stutzmann y Benjamin Grosvenor en las Jornadas de Piano 'Luis G. Iberni'

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Autor: F. Jaime Pantín
27 de noviembre de 2016

GRANDEZA DE CONCEPTO

   

   Por F. Jaime Pantín
Auditorio Príncipe Felipe. 24 de noviembre. Jornadas de Piano Luís G. Iberni. Orquesta Oviedo Filarmonía. Benjamín Grosvenor, piano. Natalie Stutzmann, directora.

   El tercer concierto del ciclo Jornadas de piano Luis G. Iberni propició una agradable e interesante velada bramshiana en la que se pudieron escuchar dos de las obras más imponentes del compositor hamburgués, el Concierto para piano en re menor op. 15 y la Primera Sinfonía op. 68, verdaderos monumentos musicales que el buen aficionado nunca se cansa de escuchar, por reiterada que llegue a ser su programación.

   El Concierto para piano nº 1 constituye la primera gran obra orquestal de Brahms, si bien su estilo pianístico se encontraba ya plenamente desarrollado tras la experiencia acumulada con sus tres grandes sonatas, el Scherzo op. 4, las Baladas op. 10 o las Variaciones op. 9 sobre un tema de Schumann, obras compuestas  todas ellas entre 1852 y 1854, año en que precisamente comienza la gestación de este Concierto, gestación azarosa que culminaría con su estreno en 1859. Obra impregnada de un fuerte halo trágico, es un digno ejemplo del Brahms de primera época, música sin concesiones, desprovista de elementos accesorios, no exenta de aspereza, de escritura ingrata para el solista y densidad a veces abrumadora pero de grandeza imponente, que exige del intérprete una capacidad extrema en lo que a profundidad intelectual, entrega emocional y dominio técnico se refiere.

   Benjamín Grosvenor demostró en su actuación estar a la altura de las exigencias que este concierto plantea, lo cual ya dice mucho de un pianista poseedor de un talento considerable que, todavía en fase de desarrollo, le puede llevar a figurar entre los nombres de referencia del pianismo de las próximas décadas como uno de los más dignos representantes de una escuela británica, de larga tradición y prestigio, que necesita recuperar los niveles logrados en el pasado siglo por artistas insignes como Myra Hess, Solomon Cutner o Clifford Curzon, entre otros. Una mecánica eficiente y capaz permitió a Grosvenor afrontar, sin problemas aparentes, las muchas dificultades que Brahms plantea en este concierto: dobles trinos en amplias extensiones (que algunos pianistas evitan deliberadamente), largas series de terceras y sextas, octavas a plena potencia y la  constante exigencia de un gran caudal sonoro, aspectos técnicos que el joven pianista británico demostró poseer sobradamente. Su sonoridad, transparente e incisiva, no exenta de calidez, se convirtió en vehículo adecuado de una musicalidad directa y pasional, basada en un estilo sobrio, con escasas concesiones a la elucubración tímbrica y  a ese rubato chopiniano desde el que esta música se expone frecuentemente. Algunos aspectos de su pianismo podrían llevar a situar su ejecución en un ámbito más cercano a Liszt que al propio Brahms, pudiéndose echar en falta una mayor densidad sonora en general, una mayor redondez en el forte- quizás de incisividad excesiva- y una mano izquierda más desarrollada y presente en muchos momentos de un concierto en el que la calidad del cantabile prevaleció sobre la riqueza de la polifonía, desdibujando buena parte de la textura contrapuntística contenida en estos pentagramas.

   La grandeza de concepto mostrada por el pianista británico en la exposición del primer movimiento alcanzó su punto culminante en el adagio central, de  lirismo noble y sentido, hermosamente poético y concentrado que condujo a un Rondó cuyo Allegro sin restricciones pudo resultar  excesivo y casi precipitado, produciéndose ciertos desajustes con una orquesta bien llevada por Natalie Stutzmann, quien mostró sus mejores recursos en la interpretación de la Primera sinfonía op. 68, obra de madurez de un Brahms de 43 años que se estrenaba en un género para el que se había preparado a conciencia. Stutzmann consiguió extraer todo el potencial de una Oviedo Filarmonía entregada a la musicalidad arrolladora de una directora tan atenta al detalle como poderosa en la planificación global. Calidad y refinamiento en una cuerda sensible, algo corta de efectivos para una obra de este calibre, y buenas prestaciones por parte del resto de las secciones de una orquesta que brilló por su ductilidad y buen hacer ante una dirección rigurosa pero flexible que propició el disfrute intenso de una sinfonía en la que siempre se descubre nueva belleza.

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