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Crítica: Mariella Devia protagoniza 'Norma' en el Palau de Les Arts

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12 de marzo de 2015

SEÑORAS QUE…

Por Alejandro Martínez

Valencia 11/03/2015 Palau de Les Arts Reina Sofía. Bellini: Norma. Mariella Devia (Norma), Russell Thomas (Pollione), Varduhi Abrahamyan (Adalgisa), Serguéi Artamonov (Oroveso), David Fruci (Flavio), Federica Alfano (Clotilde). Dirección musical: Gustavo Gimeno. Dirección de escena: Davide Livermore.

   Me gustaría honrar con esta crítica a dos señoras, con mayúsculas, cada una en su arte. Por un lado, es evidente, me refiero a la gran Mariella Devia, que a sus 65 años sigue dando muestras de una maestría canora consumada y ante la que sólo caben la admiración y el aplauso. Glosaremos más adelante su canónica Norma exhibida en Valencia. Pero por otro lado me refiero a Helga Schmidt, actualmente pendiente de la resolución judicial que dictamine sobre su los cargos que se le imputan. Se podrá dudar mucho, o no, de la gestión administrativa del Palau de Les Arts bajo su intendencia, pero de lo que no se puede dudar es de su gran capacidad para la gestión artística, pues sólo ella podría haber firmado un reparto como el que nos ocupa, con una gran diva en el centro (Devia), rodeada de voces de menor fuste, prácticamente desconocidas, que a la postre se revelan como aciertos plenos (Abrahmyan y Thomas). Recordarán aquellas páginas de Facebook que se popularizaron hace apenas unos años, con el encabezado de “Señoras que…”. Pues bien, he aquí dos señoras, Devia y Schmidt, que hacen su trabajo como pocas.

   Qué decir a estas alturas del hacer belcantista de la gran Mariella Devia. Todo en ella es maestría con esa emisión depurada al extremo, limpia, elegante y firme, con ataques seguros y meditados, con un legato infinito. Su canto es pluscuamperfecto, canónico. El absoluto control del aliento le permite brillar por igual en los pasajes de canto spianato que en los momentos de agilidad. Su proyección es un prodigio, pues convierte un material modesto en un sonido percutiente y rico, cargado además de magnetismo, como aureolado. Devia es dueña asimismo de una muy particular intensidad, y es que su contención expresiva redunda a la postre en una elocuencia sorprendente, con un canto pegado a la palabra, de un estoicismo paradójicamente comunicativo. Dicho en pocas palabras: una Señora del belcanto, firmando una Norma de manual ante la que sólo cabe descubrirse.

   La comparación con la Norma de Radavanosky, al contrario de lo que sucede en otros casos, es muy ilustrativa y elogiosa para ambas. Estamos ante dos casos netamente opuestos. Por un lado el de Mariella Devia, con una técnica consumada que le permite llevar mucho más lejos de lo imaginable un material por lo demás muy modesto. Al contrario, Sondra Radvanovsky es dueña de un material más exuberante y también más indómito y salvaje, que consigue igualmente dominar gracias a una técnica trabajada al detalle. El resultado es una Norma más opulenta y vigorosa en el caso de Radvanovsky, más estoica y contenida en el caso de Devia. Dos enfoques distintos y complementarios. Todo un lujo, por cierto, poder disfrutar de las dos mejores intérpretes del papel en el lapso de apenas unas semanas en España.

   El tenor norteamericano Russel Thomas, ganador del certamen Viñas en 2010 , era aquí la voz encargada del rol de Pollione. Era la primera vez que le escuchábamos y nos dejó una inmejorable impresión. Estamos ante un señor tenor, con detalles todavía por limar aquí y allá; una voz a seguir sin la menor duda, llamado a hacer una trayectoria importante durante los próximos años. Es una voz grande, homogénea, timbradísima, con un agudo squillante, de canto fácil, con una proyección más que resuelta, con una intachable dicción en italiano. Es también un actor implicado y creíble, como mostró con unos recitativos trabajados y con un fraseo contrastado, de acentos vigorosos y líricos. Asimismo sabe cantar piano y mostró también unas medias voces de impecable factura en su última escena. Resuelve las agilidades con la suficiente solvencia, aunque no introdujo variaciones en la repetición de la cabaletta.

   Nos gustó mucho también la Adalgisa de la armenia Varduhi Abrahamyan, dueña de una voz grande, pastosa, con ricas resonancias, un tanto próxima a como sonaba otrora la gran Tatiana Troyanos. Es además una intérprete elegante, con resolución limpia de las agilidades. Toda una sorpresa y un acierto, como en el caso del citado Russell Thomas. El bajo Serguéi Artamonov, como Oroveso, aunque tosco de acentos, ofreció una voz grande y prometedora, todavía por limar, con las típicas resonancias eslavas en su timbre. Dos voces procedentes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo completaban el reparto. Por un lado, como Clotilde, Federica Alfano sustituía a la inicialmente prevista Cristina Alunno. Y por otro David Fruci se desempeñaba como Flavio. El valenciano Gustavo Gimeno se mostró a la batuta como un eficacísimo y profesional maestro acompañador, de tiempos contrastados, muy solvente, pero no llegó a dar demasiadas muestras de personalidad propia en su dirección. Irreprochable, como cabía esperar, la respuesta de orquesta y coro titulares, especialmente entonado este último.

   La producción de Davide Livermore convence por su teatralidad genuina, haciendo además seguramente de la necesidad virtud. Estamos ante una producción literalísima, que gira en torno a una escenografía escueta, con un único elemento central, una suerte de árbol horadado que hace las veces de altar y escalinata, según se rote, y que de tanto en tanto se asemeja a un retablo barroco de forma arbórea. Se acompaña de unos elementos verticales, tubulares, que hacen las veces de árboles. Livermore abusa en su trabajo de las proyecciones, aunque están resueltas con buen gusto y coherencia. La iluminación de Antonio Castro es también un trabajo muy cuidado, que ayuda a aquilatar la propuesta de Livermore, que podrá antojarse convencional en demasía, pero que tiene el acierto ya citado de lograr una teatralidad muy verosímil y auténtica, plagada además de pequeños detalles en torno a su dirección de actores, muy meditada, con aciertos como esa suerte de desvanecimiento que acompaña a las escalas descendente que Norma resuelve durante el Casta Diva (situado por cierto al borde del escenario, para favorecer la acústica) o el hecho de que sus hijos la rehuyan, temerosos, cada vez que Clotilde los lleva con ella. El único absurdo son los figurantes (¿una suerte de hombres-árbol?) que de tanto en tanto pueblan la escena como recordando al espectador el entorno mágico en el que se desarrolla la acción. Es un acierto dramatizar por cierto la obertura, con una coreografía, al margen de que ésta, como tal, no se antojase especialmente brillante.

   Livermore, por cierto, ahora intendente del Palau de Les Arts, tras la fulminante destitución de Schmidt, ha tomado en los últimos días su primera gran decisión, nombrando a dos directores titulares, Roberto Abbado y Fabio Biondi, y un director principal invitado, Ramón Tebar. Una decisión a nuestro juicio no muy atinada, pues tras los grandes Maazel y Mehta más bien hacía falta en Valencia otra gran batuta, con renombre y personalidad, capaz de imprimir un gesto propio a la formación titular, lejos de ese enfoque tan anónimo y genérico que ha presidido siempre los trabajos de Roberto Abbado. Fabio Biondi es un especialista en lo suyo, qué duda cabe, pero lo suyo es poco para un teatro que aspira a cubrir un repertorio amplio y donde las piezas de Wagner, Puccini y Strauss han jugado un papel destacado desde su apertura. Queda en fin la figura del interesante y cada vez más valorado Ramón Tebar, sobre todo vinculado al gran repertorio italiano, pero capaz de vérselas con un repertorio sin duda más amplio. Ojalá nos equivoquemos, pero esta decisión lejos de afianzar el destino de la orquesta titular del teatro sobre las espaldas de una gran batuta titular, más bien lo dispersa al confiarlo en demasiadas manos.

Fotos: Tato Baeza

Autor:Alejandro Martínez
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