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Obituario: «Anner Bylsma y la esencia de los pioneros»

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26 de julio de 2019

Anner Bylsma y la esencia de los pioneros

Por Mario Guada | @elcriticorn

Tocar tal como lo hizo Bach es imposible, como lo es con cualquier otro buen compositor. Ayuda estudiar los instrumentos tal como eran en ese momento y cómo se tocaron, pero nunca sonarán como lo hicieron en ese momento. Y si lo hiciera accidentalmente, no lo reconoceríamos como tal. Debemos admitir que la moda actual de la «autenticidad» nos ha traído mucha belleza y ha hecho que las piezas más conocidas suenen renovadas.

Anner Bylsma.

   Tenía 85 años, y se ha ido con la quietud y discreción con las que solo las leyendas pueden hacerlo. Probablemente se fue como vivió, de manera excepcionalmente honesta y estoy seguro que muy reflexiva. El violochelista holandés Anner Bylsma [Bijlsma] nació en la localidad Den Haag, tomó sus primeras lecciones con su padre, para pasar rápidamente a manos de Carel van Leeuwen –uno de esos pioneros en la viola da gamba y el chelo barroco que lamentablemente hoy día se han olvidado–, en el conservatorio de su ciudad natal, donde consiguió el premio fin de carrera a la excelencia en 1957. Fue primer violonchelista de la célebre Royal Concertgebouw Orchestra entre 1962 y 1968, bajo la tutela de Bernard Haitink. Poco a poco fue abandonando de manera única el violonchelo moderno para adentrarse en el estudio del violonchelo barroco, al que dio el salto de forma definitiva y afortunadamente sin retorno a finales de la década de los sesenta. De la mano junto a sus colegas holandeses [Frans Brüggen, Gustav Leonhardt y Jaap Schröder, Bob van Asperen o Lucy Van Dael] dieron vida a una de las corrientes interpretativas más importantes del siglo XX, que cambió la concepción de la llamada música atigua para siempre: el movimiento historicista. Convirtieron a Holanda en uno de los centros europeos para el estudio y la interpretación de la música del pasado con instrumentos originales y criterios históricos, una senda que hoy día es inetivable para cualquiera que se quiera acercar a estos repertorios evocando el sonido del pasado.

   Instalados en pleno 2019 en uno de los momentos más dulces para este movimiento, desde que este comenzara a dar su primeros pasos allá por los últimos años del siglo XIX, lo que se les debe a estos pioneros –holandeses en este caso, pero no solo– es impagable: un legado único, irrepetible y que cimentó con fuerza una estructura poderosa que todavía hoy se mantiene en pie con tanta vigorosidad como entonces. No debemos, ni podemos, al menos no en justicia ni honestidad, pasar por alto esa labor y lo que supuso. Es necesario recordar algo con absoluta firmeza: todo lo que tenemos hoy en la música antigua proviene de ahí. Olvidarse de ese pasado es hacerlo de la esencia misma de esta corriente interpretativa.

   Bylsma es quizá el violonchelista que dio a conocer las 6 Suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach de una manera diferente, que cambió la compresión de dichas obras y, sobre todo, que invitó a una reflexión sobre la manera en que debían ser vistas a partir de entonces. Si Casals las dio a concoer al mundo, Bylsma las ofreció desnudas y despojadas de la pátina que el tiempo había depositado sobre ellas. Su primera grabación, de 1979, es vista hoy día con reverencia. No es solo que el holandés ofreciera una visión única hasta entonces, es que esas lecturas resultan todavía hoy absolutamente vigentes, siendo consideradas una referencia en la discografía –ingente– disponible de estas suites. Las volvió a grabar en la década de los noventa [1992], como suelen hacer muchos intérpretes, quizá porque tenía algo nuevo que decir sobre ellas. Y a fe que lo hizo, pertrechado con el descomunal «Servais» construído por Antonio Stradivari en 1701, así como un violonchelo piccolo para acometer la quinta de las suites.

   Su discografía es sin duda uno de los grandes regalos que Bylsma ha legado a la humanidad: desde aquellas pioneras grabaciones junto al inigualable Quadro Amsterdam –imposible pensar en un cuarteto de tanta genialidad como aquel, con Brüggen a las flautas, Schröder al violín barroco, Leonhardt al clave y el propio Bylsma al chelo barroco–, interpretado obras de François Couperin, Georg Philipp Telemann o Arcangelo Correli, hasta sus grabaciones como solista de la música de Carl Philipp Emanuel Bach, Luigi Boccherini, Antonio Vivaldi o Mozart, y pasando por su acercamiento a repertorios más tardíos, demostrando que la música de Beethoven, Schubert, Liszt o Mendelssohn podía concebirse, al igual que sucedía con el Barroco, a través de una mirada despojada de toda tradición tardorromántica.

   Es tanto lo que se le debe a Bylsma, al igual que a otros muchos de sus colegas, que no llorarle en su partida es una afrenta que como sociedad civilizada no nos podemos permitir, pues su otro gran legado –probablemente más importante que el discográfico e interpretativo– ha sido el pedagógico. Bylsma es reponsable de dar vida probablemente a las mejores generaciones de violonchelistas barrocos que se han visto. Cientos de ellos son los que viene, de manera directa o indirecta, de sus manos. Sus clases magistrales han sido un caldo cultivo permanente para intérpretes a lo largo y ancho del mundo. Podemos decir, quizá con cierto riesgo, pero no faltos de intención, que Bylsma es el violochelistas barroco más influyente de las últimas décadas. Como estudioso, tanto en su estancia en Harvard como en períodos posteriores, su acercamiento a la obra de Bach ha resutado esclarecedor y una referencia absoluta para intérpretes y musicólogos. Especialmente con su estudio Bach, The Fencing Master, About Mrs. Anna Magdalena Bach's Autograph Copy of the 6 Suites for Violoncello Solo senza Basso of Johann Sebastian Bach logró alterar la visión que se tenía de esas composiciones, revisando los manuscritos y ofreciendo una visión razonada y exhaustiva del uso de las cuerdas de tripa, los arcos barrocos, las articulaciones y el fraseo que consideraba más adecuados estilísticamente. Una revolución de la que Bylsma es, por fortuna, muy culpable, pero despojándose en ella de toda la radicalidad y de los prejucios existentes sobre los términos «autenticidad» o «historicismo». Una de las cosas más geniales de aquellos pioneros es que lograron defender una idea con argumentos muy sólidos, pero evitando todo sesgo dictatorial al respecto. Se es, sin duda, más radical en la defensa de la corriente historicista hoy que entonces.

   Dotado de una exquisita sensibilidad, su arco fluía con una naturalidad maravillosa, con una capacidad excepcional para la afinación pulcra al extremo, y su mano izquierda era un dechado de agilidad, expresividad y elegancia. Pero, sin duda, el mayor regalo de Bylsma estaba en su mente, una realmente analítica, reflexiva, imaginativa, despierta, curiosa y tremendamente exigente. Solo desde esa perspectiva se puede legar la inmensidad «bachiana» que el holandés construyó a lo largo de una cerrera larga y fructífera. Resulta imposible escuchar aquella –aparentemente ya muy lejana– versión de las suites de Bach y no emocionarse ni sentirse realmente muy pequeño ante su escucha. Un genio como hubo pocos.

Fotografía: Sallie Erichson.

Autor:Mario Guada
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