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Opinión: «El artista perfecto». Por Juan José Silguero

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13 de enero de 2020

El artista perfecto

Por Juan José Silguero

  En un antiguo monasterio, el monje jardinero llevaba varias semanas preocupado. El abad de otro cenobio, cuyo jardín era reputadísimo, había anunciado su visita, e importaba no desmerecer ante sus ojos. Así que el monje se dedicaba a perfeccionar el microcosmos de su jardín repasando cada día, una y otra vez, las ondas de arena finísima que representaban el océano, tallando sin descanso el boj delimitador, aclarando el musgo y los líquenes que envejecían la roca central, símbolo de la montaña sustentadora del cielo, etc, etc.

   La víspera de la anunciada visita, su propio abad acudió a felicitarle. Pero el monje se sentía inquieto ante su jardín: algo faltaba.

   De pronto tuvo una inspiración. Se acercó al cerezo que descollaba entre los arbustos y, sacudiéndolo con cuidado, logró desprender de una rama la primera hoja del otoño. La hoja osciló suavemente en su caída, y se convirtió en una mancha amarillenta sobre el verdor impoluto del césped.

   El monje sonrió. El jardín perfecto quedaba completado con la imperfección. Ahora sí representaba el cosmos.

     Leyenda japonesa.

   Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad.

     Séneca.

   Todo artista se encuentra tarde o temprano con la misma disyuntiva: cómo conjugar el placer, el entusiasmo infantil que le proporciona tocar un instrumento, o pintar un cuadro, o escribir un libro, con el desmesurado trabajo que ello conlleva.

   En principio pueden parecer elementos irreconciliables, contrarios incluso, como si la naturaleza monótona y necesariamente repetitiva de la práctica hiciese imposible la espontaneidad que las grandes obras requieren.

   Pero es justo al revés.

   El País de las Maravillas tiene una puerta de acceso, y el trabajo es su llave.

   Solo que no es la única.

   La calidad artística no es igual al número de horas invertidas. No depende del dominio del medio, ni de su perfeccionamiento, ni de su maestría. De hecho no hay nada que garantice la calidad artística. Las vivencias, la capacidad personal, pero sobre todo la práctica son aprovechables para el profesional (quien, por cierto, tanto más suele trabajar cuanto mayor es su talento), pero no garantiza absolutamente nada. Esto desconcierta a los más sacrificados, que tantas veces se encuentran con que cuanto más se esfuerzan, mayor es su extravío.

   Los estudiantes se lamentan a menudo:

   Pero si antes sonaba bien…

   Ese lamento da al traste con muchas carreras brillantes.

   Los grandes, en cambio, insisten en no sobrepasar las tres horas de estudio diarias, mientras que los más pequeños gustan de repasar hasta el último momento, sobre el mismo escenario si es posible.

   El exceso de práctica da lugar a la automatización, que es el enemigo número uno del artista, y puede llegar a convertirlo en un extraño ante sus propios movimientos.

   Todo hábito hace nuestra mano más hábil y nuestro ingenio más torpe, decía Nietzsche.

   Y tenía razón.

   El alma, en suma, no consiente el abuso por parte de los sentidos de carne, meros intermediarios al fin y al cabo, y se rebela así de un modo aparentemente caprichoso, como un monarca autócrata y consentido. La espontaneidad, la intensidad, la capacidad sugestiva exigen el descanso del cuerpo, como si éste fuese condición del estado creativo, que lo reservase para el fragor de la batalla. ¿A quién no le ha pasado entusiasmarse practicando la mañana del concierto solo para tocar tres veces peor por la tarde?

   Por otro lado, la obsesión y la compulsión instrumental terminan dando lugar a resultados indeseados, «enlatados» se podría decir. Véanse, por poner solo dos ejemplos, Zimerman o Kissin, fantásticos instrumentistas los dos pero absolutamente carentes de interés artístico, a quienes da lo mismo escuchar en disco que ir a verlos al Auditorio.

   El interés del artista depende de lo gastados que tenga los ojos con los que mira al mundo. Es antes un explorador que un historiador… Su influencia se define por su actividad, y no por la lógica de sus actos.

   Y es que el artista es un hombre de acción.

   Pero el especialista, el teórico, el erudito, desde su extremo opuesto, insiste en demostrar lo contrario, como si el simple hecho de explicar algo con elocuencia bastase para tildarlo de verdadero. Desde su incurable complejo se afana en equiparar el arte a la ciencia del modo que sea, con certificados y titulitos a ser posible, esos que decretan de forma inequívoca el verdadero tamaño de cada uno. Su inmadurez es flagrante, pero no tanto como su soberbia, atreviéndose a establecer paradigmas solo porque sus experimentos pretenden el infalible sello de lo irrefutable.

   Hay cosas que sencillamente no se pueden demostrar, por ejemplo el interior del alma humana.

   Para eso precisamente está el arte.

   El artista enciende la linterna, y se dedica a alumbrar al mundo con ella. El científico se empeña en desmontarla y entender su funcionamiento, sin conseguirlo nunca.

   El teórico es el que pone las etiquetitas y limpia el laboratorio.

   Pero se ha pasado tanto tiempo enumerando y clasificando que ha terminado creyendo que el que alumbra es él.

   Esas larvas son las que más daño hacen al verdadero progreso, porque dedican su tiempo a lo único que el primero no hace, esto es, a parlotear y a establecer paradigmas, al tiempo que le presta su atención como la portera al vecino misterioso: de soslayo.

   Ellos, en cambio, le resultan al artista completamente indiferente.

   La esencia del arte escapa al mero contacto con el pensamiento empírico, y se mofa de su portador, empeñado en describir el color del viento. No es tarea del artista definir lo que ve con la precisión del científico, sino con la incertidumbre del idealista. El teórico puede desechar la composición musical solo porque consta de tres acordes y una melodía sencilla, pero luego aparece Chopin haciendo una obra maestra con esos mismos medios, y se desconcierta.

   ¿Dónde reside la explicación lógica, científica de algo así?

   No la hay, no existe.

   En cambio, ahí está, como un imposible milagro.

   Y el oyente común, sin formación, es capaz de entenderla.

   Y cuanto menor sea la relevancia de sus estudios y la necesidad de sus teorías, tantas veces adulteradas en función de miserables intereses; cuanto mayor sea su empeño en demostrar la validez de sus paradigmas, con profusión de colorines y powerpoints; cuanto más incapaz se muestre, en definitiva, de crear nada, más introducirá su inconformismo y su desdén ante la desigualdad de los elegidos, y más pruebas documentales aportará para justificar la necesidad de sus teorías y las condiciones de la creación, cuando la única verdad es que la obra de arte no requiere de explicación alguna.

   Se explica por sí misma.

   En caso contrario, su valor es escaso.

   Pues bien, todos estos administrativos, cuya aportación al mundo de las artes es nula, han revestido al artista de un manto tan sospechoso de culpabilidad como el de un gato. Porque detrás de todos esos movimientos aparentemente inofensivos habita algo nocivo, irresponsable y muy miserable, que encuentra su libre cauce a través de unos medios de comunicación plagados de intereses. La aspiración de aferrar, decretar y etiquetar la manifestación artística nunca ha sido casual ni caprichosa. La ciencia siempre aspira al control, y muestra una particular devoción por el desarrollo de la tecnología. Y es sabido que el objetivo fundamental del progreso tecnológico –al igual que el de los medios de comunicación– es el de restringir todo lo posible la libertad humana.

   La tecnología aplicada a las artes representa un oxímoron espeluznante.

   El arte se encuentra a otro nivel, por mucho que los de los colorines se llamen «doctores» y expongan su osadía en las universidades. Su objetivo es justo el contrario. La libertad del artista, solo comparable a la libertad del niño, se coarta bajo el peso asfixiante de las imposiciones. Su esencial tarea no se gesta en el laboratorio, sino en su exterior, al aire libre. Confinado en un tubo de ensayo palidece, se asfixia, y finalmente se muere, por grandes que sean los conocimientos de sus inquisidores.

   Pero resulta que en algún momento de nuestra más reciente historia, el papel secundario de los intermediarios se ha convertido en primario, llegando a eclipsar incluso el del artista, por sospechoso, e introduciéndose y parasitando gradualmente todo: currículums oficiales, leyes, decretos, programaciones… pero también editoriales, galerías, teatros, discográficas, organizadores de conciertos, curadores, críticos, radio, televisión, revistas especializadas… todo, absolutamente todo, y con un fin último que cada día resulta más evidente:

   Acaparar el poder.

   Lo han conseguido, por cierto, y a día de hoy su influencia es infinitamente mayor que la de cualquier artista.

   Sus consecuencias son múltiples, y espeluznantes: los instrumentistas mediocres llenando los teatros reales, los vendemotos reseñando los programas de mano, los bufones con violín atestando los estadios de fútbol…

   Dinero, dinero, siempre dinero. El gran público es descaradamente manipulado y teledirigido para que consuma lo que conviene en cada momento, mientras que los verdaderos protagonistas son arrinconados y vilipendiados sin piedad, en un complejo entramado cuyo objetivo final no es otro que el de envasar y vender el mayor número posible de «obras de arte».

   Venderlas.

   Solo que su valor especulativo nada tiene que ver con su valor real.

   Este es el mundo cultural que se nos ha impuesto. Este es el legado de los intermediarios, de los espabilados y de los farsantes.

   La función del artista, no obstante, no ha cambiado lo más mínimo…

   El futuro sigue estando en sus manos, como lo ha estado siempre.

   Así que permítaseme decir algo: aquellos que os dedicáis a componer o a pintar indiferentemente de que os programen o no; aquellos que os negáis a pagar a las revistas especializadas para que os entrevisten, o para que pongan vuestra jeta en su portada, en virtud de algo llamado decencia; los que os aferráis a vuestros principios y a vuestro credo mientras los mediocres se comen la tostada en vuestras narices, y, ya de paso, os toman por gilipollas; los que exigís que se os pague lo que os corresponde aún sin ser nadie o, sencillamente, os negáis a actuar, y no a medrar y a prostituiros con tal de ser reconocidos; aquellos, en definitiva, cuya única prioridad es la de desarrollar vuestra actividad (esa que os ha elegido, a vuestro pesar muchas veces) con toda la concentración y  honestidad que os es posible…

  Tenéis toda mi admiración.

  Hay algo más importante que el reconocimiento de todos, y es el reconocimiento de uno mismo. No está recogido en ningún decreto, pero su influencia es, a la larga, mucho mayor que la de cualquier burócrata, por carecer del yugo que soportan los más pequeños, esos que viven persuadidos de que su sumisión es imprescindible para alcanzar la gloria que tanto anhelan.

  Su influjo es soberano; su nombre es el más hermoso de todos…

  Se llama dignidad.

Autor:Mario Guada
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