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Opinión: 'El enigma de las toses'. Por Juan José Silguero

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13 de junio de 2018

El enigma de las toses

   Por Juan José Silguero
   El sonido debe estar envuelto en silencio; debe reposar en él, como la piedra preciosa en su estuche de terciopelo.

   H. Neuhaus

   Llevo treinta años entrando y saliendo, con mayor o menor regularidad, de ese antro de ego llamado “Auditorio Nacional”, y puedo decir que he sufrido un ataque de tos en una sola ocasión, recientemente además, en compañía del excelente pianista y crítico musical Álvaro Menéndez Granda, y en un concierto largamente aguardado. O, para ser más exactos aún, lo sufrí solo en su primera parte, pues en el intermedio me convidaron al consabido caramelo y pude disfrutar de la segunda sin mayor problema.

   Confieso que en un principio lo pasé mal... incluso utilicé mi abrigo como sordina y hasta estuve a un paso de abandonar la sala, avergonzado.

   Por cierto que el sistema del abrigo funciona, y dudo mucho que mi molesta cacofonía se proyectase más allá de un par de metros a la redonda.

   Una vez… una sola vez, en treinta años.

   Lo que quiero decir es que es estadísticamente IMPOSIBLE que acontezca cada día puntualmente, entre las siete y media y las nueve y media de la tarde, que decenas de personas tengan ataques de tos al mismo tiempo (¿cuántos ataques de tos tiene una persona en su día a día?), y revela algo más que modismo o esnobismo, costumbre o desahogo…

   Revela gilipollez.

   Y es aquí donde entramos de lleno, una vez más, en el enigmático y nunca suficientemente documentado terreno de la estupidez humana.

   ¿Qué buscan esas larvas?

   Su propio protagonismo.

   Existe gente así, doy fe. Personas que desean, o más bien necesitan tener la influencia que sea y al precio que sea, por ejemplo haciendo campar sus respetos por encima de los de todo el mundo. Psicológicamente no es muy diferente del que lleva la música en el coche a todo trapo, y baja las ventanillas en invierno para que los demás lo oigan. Allí donde no pueden ser oráculos, como decía Nietzsche, se convierten en bufones, incluso aunque sea de un modo grotesco y ridículo, como el vecino que se enorgullece y se jacta de la pringada de ser presidente de la comunidad.

   “Es compulsivo” aseguran otros. Podría ser. A mi hija le tengo que decir a menudo que, por favor, deje de dar golpecitos en la mesa mientras cenamos. Y entonces lo hace todavía más.

   Pero mi hija tiene cuatro años.

   La consolidación y el crecimiento descontrolado de esa estólida caterva de “desconsiderados” –llamémoslos así por el momento– que se dedican a toser en los conciertos a pleno pulmón y sin miramiento alguno ha pasado de enervante a intolerable, y da lugar a un permanente estado de crispación y enfado en el espectador común que hace aún más difícil la concentración que tanto se requiere, por no hablar de la evidente falta de respeto hacia el trabajo del artista.

   Es cierto que al artista suele ser a quien menos le importa todo esto (salvo alguna que otra honrosa excepción “para la galería”, como la de Barenboim en su último concierto, por ejemplo, que igualmente se agradece). Bastante tienen con domar a La Musa... como para prestar también su atención a este tipo de miserias. Pero las consecuencias para el oyente ordinario, en cambio, son notables: la concentración, el clima, la magia que tanto cuesta encontrar se envilece, se corrompe y finalmente se rompe –como la aguja pinchando el globo de la ilusión común– ante tan estúpida como egoísta costumbre que no se distingue gran cosa de si se dedicasen, por ejemplo, a dar cuenta de sus flatulencias.

   Es la irrupción de lo mundano entre lo sublime, el cuervo entre los cisnes,  la fugaz y abominable impresión de ultraje que experimenta el soñante al que despiertan violentamente.

   Y hay demasiados cuervos como para que sea casual.

   Al final no es más que una cuestión de modales… Basta recordar que tiene que sonar un móvil por los altavoces del auditorio dos veces en cada concierto para rogar al público que controlen sus teléfonos.

   Y, aún así, siguen sonando en mitad de cada actuación.

   Uno se termina preguntando: ¿De qué sirve ir a conciertos “elevados” si luego lo básico –los modales, la educación, aquello que nos debería diferenciar mínimamente– brilla por su ausencia? Un artículo como éste no debería ser ni siquiera necesario, tal y como no deberían ser necesarios los carteles de “prohibido tirar basura” en las inmediaciones de un río.

   Pero lo es. Y más en España, ese estrafalario país en el que el ministro de cultura presentaba programas de televisión basura hasta hace dos días, en el que el fútbol ocupa casi la mitad del telediario, y Eurovisión es líder de audiencia, y los vendemotos de un nivel irrisorio llenan las salas de concierto habitualmente (normal que se queden hasta a vivir, flipando en colores imagino).

   Esto último tiene su miga por cierto, pues el argumento de que estos parásitos “hacen mucho por la música clásica” acercándola al nivel denigrante del público se repite, lo cual es como decir que Luis Cobos hizo mucho por la música en su momento, con su orquesta “Supermambo”.

   La consigna no pudo quedar más clara que en las admirables palabras de Sartre, pronunciadas hace ya demasiado tiempo:

   “La libertad de uno termina donde empieza la de los demás”.

   Pues bien, mi libertad, y la de muchos otros, está siendo pisoteada por estos imbéciles en cada concierto, que se precipitan en tutti al menor atisbo de silencio, y están a todo menos a la música.

   No lo descarto… puede ser que exista algún tipo de virus desconocido y contagioso que se reproduce descontroladamente sólo en los conciertos, y hasta es posible que esté siendo profundamente injusto con mi artículo…

   Es posible.

   Pero, igualmente, permítanme señalarles algo: la puerta está atrás, al final del pasillo, en dirección contraria al escenario, y franqueada habitualmente por un acomodador al que imagino a estas alturas tan abochornado como indiferente.

   Tómenla, y lárguense.

Autor:Juan José Silguero
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