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Opinión: 'El maestro inflexible'. Por Juan José Silguero

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7 de julio de 2017

EL MAESTRO INFLEXIBLE

   Por Juan José Silguero
Hamlet: ¿Queréis tocar este caramillo?

Guildenstern: Señor, no sé.

Ham: Os lo ruego.

Guil: Creedme, no sé.

Ham: Os lo suplico.

Guil: Señor, desconozco del todo su manejo.

Ham: Es tan fácil como mentir; pulsad estos agujeros con los dedos, dadle aire con los labios, y el instrumento exhalará la más elocuente música. Mirad; éstos son los registros.

Guil: Bien; pero no sé hacerle expresar ninguna melodía. Carezco de habilidad.

Ham: Pues mirad entonces qué cosa indigna hacéis de mí. Queréis tocarme; tratáis de aparentar que conocéis mis registros; intentáis arrancarme lo más íntimo de mis secretos; pretendéis sondearme, hacer que emita desde la nota más grave hasta la más aguda de mi diapasón; y, habiendo tanta abundancia de música y tan excelente voz en este pequeño instrumento, vosotros, sin embargo, no podéis hacerlo hablar…

                     Hamlet, Escena II del Tercer Acto. W. Shakespeare

   Hay muchos tipos de maestros. Tantos como tipos de personas.

   Los hay severos, dialogantes, indiferentes, apasionados, concienzudos, autoritarios, lacónicos, chistosos, distantes…

   Pero existe uno en concreto que se repite en las aulas una y otra vez, y que suele ser temido y aborrecido por los alumnos a partes más o menos iguales; detestado por la mayoría en todo caso, y hasta compadecido por unos pocos. Pero que, en el mundo de la enseñanza musical, resulta sencillamente una figura grotesca:

   Es el inflexible.

   En el universo del arte, allí donde no se puede dar nunca nada por sentado, en ese fascinante lugar en el que hasta su propio lenguaje no es más que algo aproximado, y donde el alumno más indisciplinado e irreverente puede ser el más talentoso de todos… la figura del profesor inflexible resulta tan ridícula e imposible como la del amante misántropo.

   De hecho, se trata de una contradicción en sí misma, siendo la música, como es, el arte más abstracto de todos.

   Pues… ¿Qué puede existir más dúctil que lo abstracto?

   El profesor inflexible tiende a mostrarse conservador, tanto en su ropa como en sus hábitos, y nada le repele tanto como lo subversivo, que asocia instintivamente al desorden y al caos.

   Pero… ¿Qué hay más subversivo que el arte?

   Lo subversivo hace peligrar todo aquello en lo que él cree y lo que representa, ese hierático tótem cimentado con toneladas de aburrimiento, consolidado año tras año mediante perezoso prejuicio y adornado con todos los clichés imaginables, para poner sobre el escenario, a cambio, lo nuevo y lo desconocido, esto es, lo peligroso.

   El templo sagrado de ese tótem es el conservatorio.

   Lo subversivo no tiene demasiado que ver con la edad por cierto, sino con el conocimiento. Muchos jóvenes que apenas conocen aún nada se muestran, con frecuencia, sorprendentemente conservadores en sus gustos y en sus opiniones.

   En cierta ocasión, un tal John Cage dijo:

   “No entiendo por qué la gente se asusta de las nuevas ideas. A mí me asustan las viejas”.

   Evidentemente, con ellos fueron rígidos e intolerantes, tal y como revela su actitud severa e intransigente.

   Pero eso no justifica la saña que emplean con algunos alumnos.

   Existen dos tipos de maestros (y de personas): los que a lo largo de su vida acomodan los golpes como pueden, tratando de aprender con cada uno de ellos y esforzándose más tarde por evitárselos a otros, y los que utilizan a los demás, particularmente a los más débiles, para desquitarse de lo injustos que fueron con ellos.

   A estos últimos, en otro contexto, se los llamaría “sádicos” con toda naturalidad.

   Existen personas así, fanáticas, inexorables, cuya obsesión, en realidad, anida tras el complejo; se enrocan, y asumen su inesperado rol hasta sus últimas consecuencias. Si toman contacto con el ISIS se inmolan; si lo hacen con la desigualdad se vuelven ultrafeministas; o ultramachistas. Pero la determinación sin flexibilidad pierde su capacidad de adaptación, y degenera en simple estupidez, y en sufrimiento.

   Su imaginación siempre escasea, su creatividad siempre está ausente, sus ideas se convierten, enseguida, en obcecaciones.

   Aunque lo que mueve al inflexible, en verdad, es la cobardía. O, mejor dicho, la cobardía hace que se mueva lo menos posible. Lo desconocido le asusta, tal y como le asusta la mera posibilidad de que su talentoso alumno refleje su mediocridad, y, si está en su mano, hace cuanto puede por evitarlo. Cuando trata con él se siente igual que si manejara dinamita, y eso le pone nervioso.

   Pero es que lo complejo siempre es inestable.

   Aplica la programación didáctica hasta en el recreo, escucha a Brendel cuanto puede, venera a Hanon y digita hasta el pedal. Todo lo que escapa a sus graníticos esquemas mentales le resulta disparatado, o carente de relevancia, y es capaz de llegar a las últimas consecuencias con tal de ser ecuánime, independientemente de las circunstancias personales de cada alumno (lo que constituye siempre la mayor injusticia de todas). Es todo lo contrario al artista, y le torpedea siempre que puede.

   Pero resulta que, sin él mismo saberlo, le suele hacer un favor. Se olvida de que a aquel que se siente capaz de resolver todos los enigmas de la humanidad, nada aviva tanto como la adversidad; ignora su utilidad de yunque, contra el que el artista de talento forjará su carácter; desconoce la monomanía, la paz interna que goza aquel que, sencillamente, sabe que alcanzará su cometido.

   Y es que existe un estadio aún más elevado que el de alcanzar lo que uno se propone.

   Saber que va a alcanzarlo.

   Su microscopio echará humo antes de averiguar donde encasillar a su estrafalario alumno, ése que tan bien podría pasar por su aro si quisiera, pero que, por algún incomprensible motivo, realiza justo al revés cada fraseo que le indica.

   Entonces lo tilda de inconsciente, ignorando que lo que propicia su atípico comportamiento suele ser, precisamente, un exceso de conciencia.

   La necesidad de sistema es una falta de honestidad.

   En el mundo del arte, perfección es imperfección.

   Las grandes conciencias ignoran la letra pequeña; las diminutas, en cambio, siempre andan con la lupa en la mano. Como no son de fiar, están convencidas de que el resto del mundo tampoco lo son. Muchos de ellos terminan orientando su carencia de instinto musical a lo que podríamos llamar “el papeleo del arte”, musicólogos y demás administrativos, todos esos que viven convencidos de que la actividad forense tiene muchísima utilidad para la música.

   Las identidades pequeñas cubren sus ojos con gafas oscuras; el exceso de luz los daña.

   Las grandes echan relámpagos.

   El Taj Majal de la India es pobre al lado de la conciencia de Melville cuando escribió su Moby-Dick.

   La interpretación resulta siempre maleable, ese estrambótico lugar en el que el artista se encuentra obligado a adaptarse a un millón de circunstancias diferentes a cada momento, que le rodean y le condicionan inevitablemente: la acústica de la sala y del instrumento, su propio estado anímico –esto es, su acústica interna, siempre variable, siempre cambiante–, el mismo clima emocional del auditorio… Nada escapa a la sensibilidad del artista, aquel al que, como decía Bach, le toca ir por el mundo con una capa menos de piel que los demás.

   El radar del Nautilus es un instrumento tosco a su lado.

   En cambio, aquellos que se distinguen de los demás tanto por su sensibilidad como por su consecuente rebeldía; aquellos que se niegan a pasar por el mediocre aro común de la “normalidad”; aquellos, en suma, que fueron creados para hacer más bello el mundo que todos habitamos, deberán ser evaluados, juzgados y condenados por los que nada aportan, por todos esos para los que dos más dos suman cuatro indefectiblemente.

   Nada importa.

   El artista siempre se abre camino, como la incontenible fuerza de la naturaleza que, de hecho, es. Pero será necesario esperar al consenso de la mayoría –esa que tan fácilmente se manipula a corto plazo, pero que nunca se equivoca en las distancias largas– para que el maestro inflexible se apresure a proclamar su paternidad de la criatura, ante la absoluta indiferencia del que realmente pone su vida al servicio del arte. Se trata de la misma perentoria necesidad del que, hasta entonces, lo ignoraba, y se precipita ahora a añadirlo a su currículum en lugar de honor, por efímero que haya sido su contacto con él. O la misma que, una vez alejado del éxito, hará que sea olvidado por todos en primer lugar.

   Nada, nada de todo esto importa.

   Su cometido se halla en otro lugar, en ese que subyace bajo un millón de notas imprecisas, y que el foco del escenario no conseguirá alumbrar jamás. Se trata del mismo impulso que guía al que realmente cree en sí mismo, y que, como el enamorado sincero, no necesita mostrárselo a los demás para estar convencido de su rutilante existencia.

   El mismo, en definitiva, que lo elevará finalmente sobre la masa, mientras su inflexible profesor continúa analizando y clasificando el material del que está hecho su trampolín, ese que, para su incomprensión, lo proyecta tan lejos, allí donde su exiguo telescopio no vislumbrará nunca más que la difusa reminiscencia de una inalcanzable estrella fugaz.

Autor:Juan José Silguero
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