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Opinión: «El manto del armiño». Por Juan José Silguero

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29 de junio de 2020

El manto del armiño

Por Juan José Silguero

   No pido riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda. Todo lo que pido es el cielo sobre mí, y un camino a mis pies.

     R. L. Stevenson

   La mayoría vive vidas de tranquila desesperación.

     H. D. Thoreau

   El cuadro es típico, y sintomático: depresión respiratoria, ansiedad, mirada perdida, contemplando un universo que nadie más puede ver, insatisfacción patológica, horas de trabajo incomprendido, madrugones, lágrimas ocasionales, cabreos frecuentes, alternados con estados de euforia pasajera, tres palabras apenas susurradas que su cónyuge conoce mejor que nadie: "no me hables...", más miradas perdidas...

   El artista tiene un ideal, que es su obra, y ese ideal lo angustia tanto que solo desea librarse de él. Hasta que eso ocurra no descansará. No está muy seguro si son ángeles o demonios los que le impulsan, y tampoco le importa demasiado.

   Está hechizado...

   Y su desdén hacia todo lo demás es absoluto.

   Su vanidad también es suprema, por cierto, e íntimamente está convencido de que nadie sabe lo suficiente como para darle consejos. De hecho él es el primero en no entender su obsesión. No hay motivos de peso –al menos motivos inteligibles–, argumentos razonables o fines coherentes que justifiquen de algún modo las incontables horas que invierte en ello. Y, si los hay, desde luego estos no provienen del ordenado mundo de lo equilibrado. Es consciente de que su esfuerzo lo hace crecer, eso sí, y de que su perseverancia le permite conocer aún mejor los entresijos de su profesión... pero eso solo son razones accesorias, secundarias.

   Se siente impulsado a hacerlo.

   Eso es todo.

   Y subordina el resto del mundo a ese impulso.

   Ningún incendio, catástrofe natural o visita de la suegra le hará interrumpir un momento de inspiración, y prefiere pasar por las secuelas de todo ello que apartarse un minuto de su itinerario. Su tren se desplaza por rieles de acero. Su egoísmo es tan hermético como un candado, y la mayor parte de su fuerza proviene precisamente de ahí. Es el mismo que le impele no solo a buscar su espacio –como ya hacen muchos–, sino también a encontrarlo, por muy desfavorables que puedan ser sus circunstancias previas. Así, ese a quien la desgracia parece haber elegido para sí misma, y que asegura no poder crear debido a importantes dificultades económicas o personales; ese que se debate ante la agotadora empresa de sostener un matrimonio extenuante y desgraciado, que, según dice, le impide encontrar un estado de ánimo adecuado; ese a quien los problemas de salud agobian, o afirma padecer la tiranía de una familia problemática y numerosa que le imposibilita llevar a cabo aquello para lo que ha sido elegido...

   Ese... no es un artista.

   Su vida personal siempre es algo secundario.

   Esto es triste, pero también es deslumbrante.

   Las montañas que mueve la fe son insignificantes frente a las que mueve la inspiración.

   El auténtico artista carece de principios. O, más bien, estos son intercambiables, negociables, desde el preciso momento en que así lo requieren las necesidades de su verdadero objetivo, que no es otro que el de materializar su obra. Su vida entera se rige por esas tres palabras, «materializar su obra», y no se detendrá ante nada hasta conseguirlo, entre otras cosas porque es incapaz de hacerlo. Por eso precisamente ha sido elegido. Para eso ha sido programado. Y así como el tordo no puede dejar de cantar, aunque eso suponga su descubrimiento y su muerte; así como el armiño se niega a manchar su piel atravesando el fango, por mucho que de esa manera logre escapar de sus perseguidores y salvar su vida... el artista no dejará de crear, porque hacerlo le supondría morir de un modo mucho más cruel.

   No existe nada más estimulante en el mundo que ese impulso.

   Ni más peligroso.

   Regresar de semejantes latitudes a la trivialidad del mundo cotidiano no siempre es fácil, por cierto, y, cuando lo hace, se suele sorprender de encontrar a su familia en bastante buen estado.

   Esa dualidad entre ficción y realidad, entre ensoñación y pragmatismo, definen su vida. Y, a menudo, le hacen aborrecerla.

   Dejad en paz al artista. Bastante tiene ya. Además, no necesita gran cosa, y aún menos de vuestro empeño en introducir nimiedades, intereses y egos en sus ruedas, que de tan poco le sirven. No lo juzguéis tan duramente por tener otros fines en la vida que los de pasar sus próximos cuarenta años pagando una hipoteca, por ejemplo. Y, si lo hacéis, mientras escucháis con vuestros ridículos auriculares el fruto de aquello que tanto desdeñáis, tened al menos la decencia de hacerlo en silencio.

   La humanidad entera, todos vosotros seréis los beneficiados.

   Decía Mann que el tiempo es lo más íntimo, lo más personal que se puede dar.

   Pero el artista prefiere dárselo a su obra.

   Así pues, acordaos de todo esto el día que tengáis la desgracia de entablar cualquier tipo de relación con ese tipo encorvado y ausente de la esquina; ese que parece tener algo raro en los ojos, y estar envuelto en una especie de bruma que solo le afecta a él. El mismo que prefiere mil veces pasar en soledad sus mañanas –que, digan lo que digan los románticos, es el mejor momento del día para trabajar– antes que quedar con el mejor de sus amigos para hacer lo que sea, mientras asegura tranquilamente no tener tiempo nunca, sobre todo cuando no tiene nada más que hacer...

   Respirad hondo, tratad de mantener la compostura, y, ya que estáis, demostrad también un poquito de consideración.

   El artista está trabajando.

Autor:Juan José Silguero
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