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Opinión: «La gran estafa». Por Juan José Silguero

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22 de agosto de 2019

La gran estafa

Por Juan José Silguero

   Existe una ley de la belleza que es importante no olvidar. Pese al esfuerzo de algunos, parece que caminamos hacia ese olvido, hasta tal punto la mediocridad, monstruo de mil cabezas, ha conseguido fieles en las sociedades modernas. Por esto, es necesario reunir a todas las buenas voluntades dispersas en un impulso de invencible fuerza que destruirá sin piedad las barracas donde presentan sus espectáculos los exhibidores de la siniestra Nada.

     C. Debussy

   En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos.

     A. Warhol

   Hace poco más de cien años, un artista y ajedrecista francés llamado Marcel Duchamp ponía patas arriba la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York al exhibir su obra «Fuente», la cual consistía en un simple orinal de uso común, que ni siquiera había fabricado él.

   Duchamp firmaba su enigmática obra como «R. Mutt», y tenía perfectamente preparada su explicación sobre el valor específico de la misma:

   Si el señor Mutt no hizo la Fuente con sus propias manos no tiene importancia. Él la eligió. Tomó un artículo ordinario de la vida y lo ubicó de tal forma que su significado utilitario desapareciera bajo un nuevo título y otro punto de vista, creando un nuevo pensamiento para tal objeto.

   Estas pocas palabras, aparentemente inocentes, iban a revolucionar el mundo del arte tal y como hasta entonces había sido entendido, influyendo a generaciones enteras de nuevos creadores y señalando, por primera vez en muchos años, un nuevo itinerario para las bellas artes.

   Después del neoclasicismo, el cubismo o el expresionismo, Duchamp acababa de inaugurar un nuevo estilo creativo:

   El charlatanismo.

   Un estilo que llegaba para quedarse.

   Pocos años después, un tal John Cage «componía» su célebre 4.33 inspirado por una exposición de lienzos en blanco que había visitado recientemente. 4.33 es, como todo el mundo sabe, una obra musical formada íntegramente por silencios, en la que el intérprete, cronómetro en mano, «toca» en el instrumento que sea (es una obra válida para cualquier solista o formación musical)  sus tres movimientos sin emitir un solo sonido.

   La obra directamente no existe.

   El traje nuevo del emperador se hacía realidad ante los ojos de un mundo atónito.

   Si les hubiesen dicho a sus propios autores que la ocurrencia les iba a dar para largo tiempo, ellos mismos se habrían quedado asombrados. Pero quien iba a imaginar que la ocurrencia fuese a seguir plenamente vigente más de un siglo después.

   Hace unos días saltaba la noticia: el gobierno español, presidido por Pedro Sánchez, subvencionaba a la artista feminista Itziar Okariz para representar a España en la prestigiosa Bienal de Arte de Venecia con nada menos que cuatrocientos mil euros, gracias a los cuales la artista vasca podrá mostrar a la humanidad, hasta el próximo veinticuatro de noviembre, su incomparable capacidad de mear en diferentes lugares del mundo.

   El objetivo fundamental de la obra, según las palabras de su propia protagonista, consiste en «cuestionar las normas de convenciones sociales, meando de pie».

   Junto con esta creación que «perfora y vacía», en el pabellón español de Venecia se podrá contemplar a la misma artista respirando «oceánicamente», manteniendo conversaciones con estatuas y otros extraordinarios talentos naturales.

   Cuatrocientos mil euros…

   Los artistas actuales se mean en las subvenciones que pagamos todos. Literalmente.

   Aunque parezca imposible, dentro de la llamada «Música Clásica» el extravío es aún mayor, y se podría resumir perfectamente en las palabras del actualmente promotor de disc jockeys Gabriel Prokofiev (nieto, a su vez, del famoso compositor) y creador del sello musical Nonclassical:

   Ahora, más que nunca, la clásica es música alternativa, y la clásica contemporánea es una alternativa dentro de esa alternativa.

   Las nuevas tendencias dan fe de las opciones mencionadas por Prokofiev (cielos): se incorporan los sonidos de los teléfonos móviles a las orquestas sinfónicas, los robots sustituyen a los humanos a la hora de componer, y las últimas corrientes incluyen sonidos marcianos en sus grabaciones discográficas.

   Y es aquí donde entramos de nuevo en el vasto y nunca suficientemente documentado terreno de la gilipollez humana. Es cierto que la impostura, la estupidez y el mínimo esfuerzo predominan en las creaciones artísticas desde hace ya demasiado tiempo. Lo arbitrario, lo caprichoso, la ocurrencia es infinitamente más celebrada, apoyada y promovida que lo elaborado y bien hecho, distribuida a toda velocidad gracias a la perfección de los medios, y compartida gozosamente por todo el mundo. YouTube, las redes sociales o la televisión mueven la estulticia a una velocidad de vértigo, y cada nuevo hito parece dejar atrás al anterior a las pocas horas de aparecer.

   Caer de pie, vivir del cuento… a eso parece reducirse todo.

   El más imbécil es el más aplaudido.

   El gilipollas es el rey.

   El caso es que el acceso a la información nunca ha sido lo relevante, sino que la clave radica, como todo el mundo sabe, en su procesamiento. Pero ese acceso se encuentra ahora más tamizado que nunca, mediante la cortina de humo de la perfección de los medios.

   Y nada confunde como eso.

   ¿Qué habita detrás de esa cortina?

   La conspiración.

   Una conspiración miserable, mezquina y funesta para todos.

   Y es que, aunque la estrategia del sastre es ya conocida por todos, lo cierto es que sigue funcionando igual de bien que hace cien años, dado que el complejo y la tontería de la gente no caduca nunca. La capacidad humana alcanza mucho más allá de lo que podemos ver, de lo que podemos escuchar… pero esto también lo saben los vendedores de crecepelo. Apelan a la innata inseguridad del ser humano, ese incansable explorador, para hacerle creer sencillamente que se pierde algo sublime, y que si no lo percibe es por falta de sensibilidad, o de inteligencia.

   Y a nadie le gusta parecer tonto.

   La realidad es que lo único que habita detrás de una habitación tapizada de excrementos es la jeta y la desvergüenza, y ellos son los primeros en saberlo.

   No hay un contenido oculto, no habita un significado profundo… es un simple insulto al sentido estético y a la razón.

   Existe una marea uniforme y pesada que nos arrastra a todos, haciendo de nuestro sentido común algo sospechoso, y convirtiendo nuestro libre albedrío en una especie de títere sin cabeza.

   Es el consenso.

   El consenso, ese arraigado prejuicio colectivo, es capaz de convencer al mundo de que Andy Warhol es un gran pintor, y Philipp Glass un gran compositor.

   Por un solo motivo.

   Porque lo dicen todos.

   El consenso hace visible el traje nuevo del emperador… y lo convierte en una obra maestra.

   Y las obras maestras se pagan.

   Pero el consenso puede ser teledirigido.

   A nivel comercial, el artista siempre ha sido una especie de anomalía para el intermediario, un irritable peaje que pagar. Un bicho raro, esquivo… cuya prioridad, inexplicablemente, no es la de ganar dinero, y al que ni siquiera parece importarle gran cosa lo que piense el público.

   Poder prescindir de él… sería maravilloso.

   Constató hace ya tiempo que el público traga con todo, salvo con la cancelación, e implantó aquello de que «el espectáculo debe continuar». Acto seguido, evaluó la naturaleza genuinamente abstracta de la creación, y descubrió que, bajo las luces del entarimado, la lógica no era imprescindible para tener éxito.

   Al fin y al cabo no es necesario, ni posible, «ver» la obra de arte...

   Poned a un mono sobre un escenario, y tendréis la mitad del trabajo hecho. Hacedlo mear sobre un barreño de lunares y tendréis un mono excéntrico, es decir, un artista.

   Es más que suficiente.

   Y lo mejor de todo: el mono es intercambiable.

   Ofreced una copa de champán a ese público y se convencerá de estar asistiendo a un espectáculo extraordinario. Y si a alguno se le ocurre protestar ante la basura que contempla, serán los demás los que lo llamen ignorante.

   En un mundo promovido por los que no aportan nada, por los parásitos… el desenlace es inevitable.

   Pondremos otro ejemplo.

   El próximo trece de septiembre actuará en el Auditorio Nacional de Madrid el londinense James Rodhes, un pianista del nivel aproximado de un alumno flojito de cuarto, y del que dentro de unos años nadie habrá oído hablar. Pues bien, el Auditorio Nacional lo presenta como una especie de oportunidad irrepetible, un artista (textualmente en su página web) «reverenciado por la crítica», y otras tonterías por el estilo. El público, como es natural, confía en el criterio supuestamente honesto de sus instituciones, y paga religiosamente para ir a ver a semejante manta contando sus penas sobre el escenario.

   Es una falta de respeto inmensa, al público y a los verdaderos artistas, aunque también un fraude, un engaño que cualquier profesional de la música conoce de sobra, pero que, eso sí, sirve para que el Auditorio pueda vender sus miserables entradas de un modo masivo, agotadas, de hecho, desde hace ya varios meses.

   Los impostores parasitan las instituciones con total impunidad, esquilman las subvenciones, dilapidan los recursos comunes y utilizan para ello el argumento más desvergonzado de todos:

   El público no entiende.

   Los únicos que entienden son ellos.

   Trincan por todos lados… especulando con obras y exposiciones irrisorias, lampando del dinero público y llenando aún más las arcas con sus Malikians y sus Einaudis.

   Si a esto añadimos que a día de hoy la censura es mayor que nunca, tendremos un cuadro de manipulación perfecto.

   Un concierto dedicado a mujeres compositoras, por ejemplo, sencillamente no se puede criticar, por malo que sea, pues inmediatamente te convierte en un enemigo del feminismo. En lugar de orientar el criterio del público de un modo responsable y honesto –como siempre ha hecho, como debe hacer– la crítica actual se solidariza con la presión social, por cómoda cobardía, por desvergüenza y por interés; y el público, que en realidad no sabe nada, se dedica a alabar con entusiasmo lo bien que le cae el nuevo traje a su monarca.

   Es el sueño dorado de cualquier sastre sin escrúpulos. Y hay más sastres que nunca.

   Cuando uno profundiza un poco más se encuentra con algo sorprendente: ese público, en realidad, anhela ser engañado. Lo único que necesita es creer. Y allí donde no pueda introducir su lógica, lo hará su simplicidad. Por una triste herencia religiosa, asocia su fe a la ignorancia, y para poder creer en algo necesita no tener evidencia de nada. Son como el niño al que no importa nada el origen y la razón de ser de los Reyes Magos, mientras sigan viniendo cada 6 de enero.

   Incluso cuando lo saben les da lo mismo, aunque se les vea la barba postiza desde lejos.

   Es Un mundo feliz asumido, un 1984 asimilado…

   Confunden la fe con la superstición, y se muestran encantados de regresar a los tiempos de la inquisición y la brujería. No conciben nada más grande que lo imaginario, nada más excelso que lo que nunca han visto. De hecho, no quieren saber nada de la verdad, pues bastante dosis de realidad tienen ya en su día a día. Así que se decantan por algo más hermoso que alcanzar su ideal estético:

   No alcanzarlo nunca.

   Perseguir sombras, quedar siempre insatisfecho… nada estimula como eso.

   ¿Y qué deja aún más insatisfecho que el arte?

   Solo una cosa.

   El dinero.

   Ese público está convencido de poder paliar su carencia intelectual y su embotamiento con el mejor engañabobos del mundo, el dinero, e, inconscientemente, no alberga duda alguna de que lo más caro es lo mejor, mucho más allá de lo que le muestre sus ojos.

   El engaño no es tal cuando su víctima está encantada de padecerlo.

   Hubo una vez un circo… un circo hermoso, impredecible, significativo, que no exigía el pago previo de la muerte para poder contemplar maravillas sobrenaturales. Nadie sabía lo que encontraría allí cada noche; creaba ilusión, y, por eso mismo, ponía nerviosos a muchos. Era como deben ser todos los circos: rutilante, irreverente, emocionante, y sus trabajadores se hallaban promovidos por algo en lo que creían con todas sus fuerzas.

   El público pagaba su entrada, exultante, porque sabía que la pesca que arrastraría a su orilla sería determinante para el devenir de sus vidas, mientras aguardaba pacientemente a que llegase su turno.

   Desde entonces, el dueño del circo ha espabilado mucho. Descubrió que el empeño global por democratizar el arte, ese sentir generalizado de que lo que hacen todos puede ser valioso, de que cualquiera puede ser un creador, podía ser muy lucrativo, lo que dio lugar a la impostura y la mediocridad del artista.

   Abrazó esa mediocridad, la promovió, y se erigió dueño también de ella, pues era justo lo que necesitaba para llevar a cabo sus mezquinos fines.

   Detrás de todo este disparate habita algo mucho más terrible que el hecho de que unos cuantos llenen sus bolsillos, y es que la ignorancia penetra, gota a gota, en el sustrato más sensible y más determinante de todos, que es el de la educación. Hace ya tiempo que los trabajos de fin de carrera de los estudiantes, o de fin de máster, se orientan hacia lo absurdo, lo grotesco, animados por el afán de tener éxito al precio que sea, apoyados por profesores irresponsables, e impulsados por el descaro propio de la juventud. Al tiempo que los cuatro artistas honestos que aún quedan son arrinconados y vilipendiados sin piedad, lo que, a su vez, da lugar a la desaparición de la exigencia y de la maestría.

   A menudo se dice que ya no surgen artistas como los de antes, pero no se trata de eso. Sino que ya no los promueven, ya no los exponen y ya no los subvencionan. Solo se promociona al que interesa al intermediario, al impostor. Los artistas ya no surgen, ahora se diseñan, y se fabrican en serie. La figura relevante ya no es la del compositor, el escritor o el pintor, sino la del organizador del evento, la editorial o lo que en el mundo de las bellas artes se llama el curador o comisario.

   La consecuencia de todo esto es que el arte de verdad ha sido ya prácticamente destruido.

   La figura del genio, en cambio, hace ya mucho que se extinguió.

   El artista legítimo ha dejado de ser el salvavidas del público para convertirse en su lacayo, en un lujo innecesario, borrando de un plumazo la dignidad y la jerarquía que un tal Beethoven le otorgó hace ya más de doscientos años. El creador actual se dedica a enviar sus obras a diestro y siniestro y a mendigar que lo programen para, en el mejor de los casos, poder hablar sobre ella a auditorios conformados por cuatro gatos.

   Desde aquellos tiempos en los que se encontraba a cargo de un gran señor y comía con los criados, la figura del artista, y más concretamente la del músico, nunca ha estado tan devaluada como ahora.

   Aunque, bien pensado, al menos en aquella época recibía cobijo y alimento.

   Es sabido que el ser humano acostumbra a comportarse igual que un virus: explota sus propios recursos hasta que los agota, hasta que los desintegra. Solo entonces se detiene, confuso por un momento, para reorientarse hacia una nueva mina.

   Pues bien, cuando damos a los intermediarios nuestro dinero les estamos dando algo mucho más valioso que eso: les estamos dando el poder. El poder de decidir, el poder de orientar, el poder de manipular…

   Es exactamente lo mismo que sucede con los bancos, donde hace ya mucho que los monos son intercambiables.

   El artista está muy por encima de esos miserables…

   Su integridad es innegociable.

   Por eso mismo está a punto de extinguirse.

Fotografía: @MovidaDeArte.

Autor:Juan José Silguero
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