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Opinión: «La linterna mágica». Por Juan José Silguero

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6 de noviembre de 2019

La linterna mágica

Por Juan José Silguero

     Los lugares más oscuros del Infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral.

   Dante

     Continúo sin escalas hacia el Pacífico… porque soy feliz en el mar, y puede que también para salvar mi alma.

   B. Moitessier

   El ñu es un animal grandote, tosco y grotesco, que se desenvuelve con la gracilidad de un triceratops. Sus principales enemigos, los perros salvajes, solo ven modo de abordarlo en manada, con la peregrina estrategia de hacerlo correr hasta agotarlo. Pero el feo coloso demuestra una resistencia inesperada, y, tras la extenuante persecución, agotados ya sus perseguidores, el ñu los desconcierta demostrando además un fino sentido del humor: comienza a dar joviales saltitos a su alrededor, haciendo comprender a los temibles perros salvajes que no se encuentra cansado en absoluto, y revelándose de paso como un psicólogo sorprendente.

   Pues bien, hay ocasiones en las que el alumno brillante puede comportarse con tanta insolencia y desconsideración como el ñu… haciendo gala de una infinita soberbia, y una prepotencia sin límites.

   Y, aún así, lo sigo prefiriendo al alumno indolente.

   El alumno apático, desganado, no sirve para la tarea artística, ni casi para la humana. Un chico de quince años no tiene derecho a sentirse cansado. No existe impulso como el de la juventud, pero si ese impulso es negado de antemano por su propio portador… no sirve de nada. Resulta espeluznante la imagen de un alumno talentoso repantigado sobre su silla, esperando a que el maestro lo sirva. Ese botarate está condenado a fracasar en sus estudios y en todo lo demás, y no merece aspirar a algo tan noble como es el profesor que decide poner sus conocimientos y su experiencia vital a su alcance. Pero también incluye un monstruoso y múltiple desagradecimiento: a sus padres, a sus maestros, y a la vida.

   Es tarea del maestro inculcar sus conocimientos al alumno, y hacerlo, además, de una forma competente, organizada, y, si es posible, amena. Pero no es su tarea motivarlo. Eso no le compete a nadie más que al propio alumno. Como mucho a sus padres.

   La única exigencia que tiene cabida en el aula es la del agradecimiento.

   En cambio, a día de hoy, los alumnos están convencidos de que todo se les debe. Y nada paraliza como eso. Les pasa lo mismo que al viajero indignado que, en lugar de disfrutar del viaje, solo es capaz de ver descortesías en los empleados, retrasos en los aviones y manchas en el baño. La globalización, el entretenimiento y todas las estúpidas exigencias que ambos suponen han terminando por trasladarse al ámbito educativo, donde lo más importante es que el alumno se divierta. Avanzar más que los demás, destacar, es antes un defecto que una virtud, algo que ya nadie desea, ni los profesores, ni los padres ni el propio alumno –los unos por no complicarse, los otros por no diferenciarse–, lo que da lugar a una espantosa homogeneidad.

   Lo que habita detrás de todo esto, digámoslo claro, no es más que pereza. No hay un motivo profundo, no existe una razón compleja… La invasión del entretenimiento ha dado lugar a la desgana y la patológica apatía de todos los implicados, por no provocar en nadie una reacción orgánica, vital. Detrás de profesores desencantados, de padres que optan por eludir su labor dándoles a sus hijos una maquinita, detrás de esa apatía generalizada de los alumnos lo único que subyace es pereza, ruin y vulgar pereza, consecuencia inevitable de la disparatada oferta de ocio que nos asedia.

   La consigna «aprender de manera lúdica» representa un oxímoron monstruoso.

   La actitud no es una opción, sino un ineludible deber para todos, padres y profesores. Pero especialmente para los alumnos, aquellos para los que, en definitiva, está destinada la recompensa. La vida se emite siempre en directo, así que no queda más remedio que improvisar, como si tuviéramos que ofrecer un recital sin haber hecho un solo ensayo. Pero vale más no fallar demasiado… porque la factura suele ser abultada.

   La vagancia, aparentemente inofensiva, degenera en vicio; el vicio en brutalidad… y, finalmente, en odio.

   La maldad no es más que pereza.

   Por otro lado, nada cansa tanto como la desgana, nada debilita como la holgazanería. La indolencia agota a su portador, y le genera tanta más modorra cuanto mayor es su reincidencia. Y en eso consiste precisamente su principal cualidad, siendo, como es, la única actividad del mundo que cuanto más se practica más inútil le vuelve a uno. Por eso es la estrategia predilecta de los vendemotos y de los políticos, conocedores como nadie de que la masa entretenida es mansedumbre.

   Ahora bien, resulta que todos llevamos una linterna mágica en el bolsillo… una linterna cuyas pilas se cargan cuanto mayor es su uso.

   Libros, cultura… luz, luz a raudales.

   Es imposible orientarse en la oscuridad. El ignorante vive extraviado, y se desenvuelve a tientas porque no le queda otra. Su itinerario es ir dando tumbos, y ver si encuentra la salida casualmente.

   Plantad cara a esa triste querencia humana, pues su natural deriva desemboca en el fango. Hacedle frente, tomad esa linterna. Su luz os revelará cosas terribles, pero nunca tan aterradoras como tratar de orientarse en tan incongruente laberinto careciendo de ella. Respetad a los maestros como lo que son, la figura más importante de la sociedad, por mucho que cobren tres veces menos que los que establecen que la nota mínima es más que suficiente para acceder a sus estudios. Y acostumbrad a los niños a hacer uso de esa linterna con naturalidad.

   Tarde o temprano descubrirán qué tipo de arma llevan en el bolsillo… y se sentirán poderosos.

   Y os lo agradecerán.

   Es penoso y desolador tratar de atravesar tan azaroso viaje a oscuras.

   Libros, cultura… luz, luz a raudales.

   Tomad esa linterna… y encendedla.

Autor:Juan José Silguero
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