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Opinión: 'La prisión de las palabras'. Por Juan José Silguero

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28 de julio de 2017

 LA PRISION DE LAS PALABRAS

Resulta que, de pronto, ya no debemos tener ningún tipo de percepción ni de experiencia estética al contemplar una obra de arte. En el momento en que tú eres un espíritu crítico y dices: “pues yo no veo lo que tú estás diciendo”, es que no entiendes. Si no te gusta es que no entiendes. Las virtudes de las obras han dejado de ser “visibles” para ser verbales. Ya no se “ven” esas virtudes. Ahora te las tienen que explicar. Lo que hay detrás es un montón de retórica, un montón de argumentos para dar un valor ficticio a la obra y sustentar así un negocio en el que puedes vender objetos de lujo sin que el objeto en sí tenga el más mínimo valor; más aún, sin que el objeto prácticamente exista.

Es el sueño dorado del marketing.

El mercado ha acabado con la salud de las personas; ha acabado con la ecología… ¿Por qué no iba a acabar con la inteligencia humana?

A. Lesper

En el mundo del arte, sentir significa entender.

 K. Stanislavski


   

   Por Juan José Silguero
Las palabras condicionan el pensamiento. En cambio, el milagro musical no requiere ni una sola de ellas para conmover e influir como ningún otro arte. Ése es, posiblemente, el mayor prodigio de la música, que te traslada directamente –como decía Beethoven– al estado anímico del compositor. Siendo, como es, el arte más abstracto de todos (sin palabras, sin imágenes), es capaz de sugestionar al público por encima de los demás. Y lo hace sin filtros, sin artificios de ningún tipo. Un simple instrumento artesanal es más que suficiente para introducirse en el subconsciente de cada uno, saltarse cualquier tupida barrera de prejuicios y hasta influir en la voluntad del oyente. Es la telequinesis del alma, la embriaguez lúcida, el sueño consciente del ser humano. Y encuentra su origen y su razón de ser en esas fascinantes regiones que realmente desconocemos, pero que todos intuimos.

   Por todo esto, y mucho más, la música es el arte supremo.

   La expresión “donde terminan las palabras comienza la música” (Goethe) define con precisión la no–correspondencia entre uno y otro lugar, pero también la superior condición del segundo sobre el primero. Porque ningún medio puede haber más limitado que aquel que osa sintetizar el aspecto del mundo en un simple concepto; aquel que se atreve a etiquetar cuanto le rodea, lo visible y lo invisible, y hasta pretende aferrarlo solo por eso; aquel, en suma, que establece, enjuicia y condena mediante el ilusorio crisol de un término.

   La conjunción entre palabra y música supone el imposible encuentro entre sueño y vigilia, consciente y subconsciente, y, precisamente por eso, representa un contrasentido en sí misma.

   Pero las palabras forman frases, las frases pensamientos, y éstos, por simple inercia, desembocan en convicciones.

   Y ningún prejuicio es tan poderoso como las convicciones.

   De aquí parten muchos de esos por los que tantos se dejan influir, musicólogos y demás oficinistas empeñados en clasificar lo inclasificable, en señalar lo invisible, y en que, además, nos lo creamos. Su lúgubre actividad se asemeja a la de aquellos forenses que, abriendo los cuerpos y no encontrando las almas, decidieron que ésta no existe, pero sacaron provecho de los órganos muertos. Etiquetando lo anecdótico, calificando lo accesorio… e ignorando lo trascendente.

   Los mayores despropósitos suelen ser los más complejos.

   La palabra, en efecto, es limitada, pero la música no lo es. Se muestra capaz de alcanzar allí donde aquellas no llegan, allí donde el pensamiento no puede llegar. Toda enseñanza es impostura, pero la enseñanza musical todavía más. Pues el elemento más importante de todos, aquel que precisamente diferencia la música de cualquier otro arte, escapa al simple contacto con el pensamiento. Y, por más que el autor pretenda conmover con ellas a las mismas estrellas, éstas seguirán siendo como incoherentes balbuceos al lado del misterioso e inasible mundo de los sonidos.

   No obstante las palabras son siempre las que son. La música, en cambio, es ideal, indeterminada. Y mucho más allá de sus elementos meramente accesorios –instrumentos, intérpretes, estilos, su propio lenguaje–, su contenido, cuando es honesto, resulta incomparablemente más convincente y certero que cualquier declamación retórica.

   Al fin y al cabo, ¿quién puede dar exacta medida de sus necesidades, de sus conceptos esenciales, de sus pasiones mediante anodinas, incoloras palabras? Tal privilegio pertenece a la música, incluso aunque se sea un Flaubert de la pluma.

   En cierta ocasión, Alfred Cortot dijo:

   “De la comprensión cada vez más íntima del misterio profundo del arte, nacerá tal vez, en algún momento sagrado de sus estudios, ese estremecimiento interior que hace presentir la proximidad de la verdad artística”.

   Ese “estremecimiento interior” es la intuición.

   La importancia que otorgan los propios artistas a este elemento ya debería invalidar por sí mismo cualquier intento de análisis, y, por lo tanto, de dogma (¿y qué ciencia no se sustenta en el dogma?). En cambio, en “la vida real”, se suele tomar la intuición como algo “caído del cielo” o poco menos. No goza de gran consideración por parte de casi nadie en cualquier caso. Pero lo que llamamos “intuición” viene a ser la suma de inteligencia, de experiencia… y de algo más. Los mismos oyentes se encuentran mucho más habituados a confiar en aquello que pueden ver, en aquello que pueden “entender”, que en eso otro que solo pueden atisbar de soslayo. Su escurridiza sustancia (al igual que sucede durante el sueño) se asemeja a las Górgonas de la Mitología Griega, aquellas que convertían en piedra a los que osaban mirarlas; esa suerte de luz indirecta con la que es preciso acostumbrarse a vivir cuanto antes, pero asumiendo que no es posible aferrarla, tal y como se convive con el mismo hecho de saber que algún día moriremos.

   O despertaremos.

   Si pudiéramos definir la fe como la creencia en algo de lo que no tenemos evidencia alguna, quizás veríamos que no existe actividad humana que requiera tanta dosis de ella como la música, esa que tanto nos afecta y condiciona aún sin entender absolutamente nada. La misma palabra “fe” (del latín “fides”, fidelidad) supone la convicción en aquello que “no ha sido confirmado por la razón, demostrado por la ciencia, ni corroborado por el análisis”.

   Es la antítesis perfecta del pensamiento –ese celoso carcelero–, la representación fehaciente del absurdo, la quintaesencia del sinsentido. Y, aún así, sin un solo argumento lógico, se introduce, convence y arrastra a millones de personas.

   El científico jamás tendrá ese privilegio, por más elocuentes que sean sus teorías.

   “Lo bello vale tanto como lo útil; tal vez más” dijo Hugo.

   Y tenía razón.

   Pero no hay religión sin fetichismo; y sin pastores. Los artistas y sus instrumentos se erigen sobre la masa con el infinito atrevimiento de su inconsciencia, y hasta consiguen influir en ellos a su antojo. En cambio, y por rutilante que sea su actividad, no está en sus manos hacer que ésta sea menos incomprensible.

   Ni en la de nadie.

   El artista es capaz de alcanzar mucho más allá de lo “irrefutable”, la palabra sagrada de la ciencia, mientras que el científico encuentra en lo irrefutable el límite de su actividad. Solo por eso el uno estará siempre por encima del otro. Y casi se podría decir más bien que “allí donde termina el científico comienza el artista”.

   Pero ciertos “científicos de la música”, llamémoslos así, tildarán algunas de estas ideas como “románticas”, por ejemplo, porque surgieron durante lo que establecieron –otros, no los artistas– como “periodo romántico”; y, solo por eso, su invalidez les parece evidente, en función de extrañas fechas de caducidad que también establecen ellos. Como si no fuese aquello que perdura en el tiempo la mayor prueba de su validez. Como si el progreso artístico dependiera de etiquetas, y no de su contenido trascendente. Simplifican. Todo lo nuevo es mejor; también lo disparatado. Lo conservador no solo es sospechoso, sino erróneo. Nada importa que doscientos años más tarde tantos de sus conceptos continúen plenamente vigentes (y lo seguirán estando mucho después de que sus tochos acumulen polvo en recalcitrantes bibliotecas), sino que llegan al punto de elogiar casi a cualquier “artista” que presente basura, siempre que ésta sea “novedosa”.

  Para todos ellos, lo novedoso es necesariamente valioso.

   Durante el Romanticismo se gestaron, es cierto, muchos de los principios de libertad e independencia del artista que perduran hasta nuestros días, tal y como se introdujo el doble escape en los pianos. Sea. ¿Siendo hoy ambas cosas igualmente válidas deberíamos desecharlas? Bienvenida la prolongación en el tiempo de lo mejor, el mantenimiento y el perfeccionamiento de lo válido, de lo evidente. ¿Y qué mayor evidencia puede haber que la de aquello que soporta el paso de los siglos? El subjetivismo… ¿característica romántica? La libertad, la pasión… ¿atributos románticos? Valores universales más bien, humanos, que encontraron su camino –el de todos– catapultados por las consecuencias de 1789 hasta nuestros días; entidades necesarias, y accesorias, en rigor, para todo el mundo. ¿Qué surgieron en el Romanticismo? Concedido. En algún momento debían hacerlo.

   El verdadero progreso no exige una novedad permanente. Lo que sí reclama tantas veces es una mejora y un perfeccionamiento de lo ya conseguido, como el pulido posterior de la obra de arte. Y una reflexión libre de prejuicios. Y no el pollo sin cabeza de lo perpetuamente novedoso.

   No deja de ser curioso que todos esos que tanto se aferran a sus irrefutables sumas y restas no comprendan que no existe evidencia mayor, que no existe teoría más irrefutable que la de la inmortalidad. Ni deja de ser paradójico su desdén hacia todo lo anterior, cuando debería ser precisamente al revés. Pero es que para su exiguo bisturí no existe pecado mayor, ni mayor impostura –independientemente de su tamaño real– que semejante pequeñez, la de aquella obra que peque de “continuista”.

   Pero esto no es nuevo. Rachmaninoff, asombroso e incansable creador de belleza, siempre fue denostado por los mismos, por “no aportar nada nuevo”. Al igual que un tal Johann Sebastian Bach, a quien, aún en vida, ya tildaban de “viejo peluca”.

   Por ser riguroso me gustaría señalar también los casos contrarios, aquellos a los que encumbraron injustamente. Pero, sencillamente, no los conozco.

   Nadie los conoce.

   ¿Qué sentido tiene? ¿Adónde conduce tan alocada carrera? ¿Cuál se supone que es la meta final? ¿Le aporta algo a la música tanta denominación, y, sobre todo, tanta consecuente exclusión? ¿No sería más lógico hablar de contenido, de contenido significativo, trascendente? Al fin y al cabo la novedad permanente no existe. Lo hecho hoy mañana está desfasado. Lo inmortal, en cambio, perdura. Y el motivo es evidente: la calidad permanece. Rachmaninoff es Rachmaninoff; Bach es Bach. Y lo seguirán siendo, por mucho que cacareen los del bisturí. Objetivo o subjetivo… razón o emoción… ¿A quién le importa? Invenciones, palabras, que no contienen nada en sí mismas. Y, cuanto mayor es el peso de la palabra en cuestión (por ejemplo “Impresionismo”), más inamovible resulta el prejuicio. ¿Por qué motivo lo “novedoso” ha de tener un mayor valor artístico? ¿Porque se parece más a nuestra vida actual, a nosotros mismos? No tiene sentido alguno. ¿Románticos tardíos? ¿Neoclasicistas? ¿Eso qué es? Clasificaciones miopes, enunciados para los libros escolares de los niños. Y para todos esos que se dedican a leer a “los entendidos”, en vez de dedicarse a escuchar música.

   Todo es subjetivo, por el simple hecho de que somos sujetos y no objetos. Podrán manipular al público en las distancias cortas, como llevan haciendo toda la vida, pero nunca a la larga. A largo plazo se muestran tan impotentes como siempre, todos esos que nunca han podido condicionar mínimamente el transcurso de la historia, al menos de la historia trascendente.

   Tampoco deja de ser curioso verles menospreciar el pensamiento y la subsecuente opinión de los creadores, de aquellos que realmente aportan algo valioso. Deben pensar que son máquinas de componer, y que eso les excluye de hacer nada más, por ejemplo pensar. No es así por cierto, y el criterio de los que sienten y padecen por encima de los demás no suele ser fortuito (al igual que su obra), sino que se sustenta en una visión del mundo, muy diferente, eso sí, a la que puedan tener aquellos que se dedican solo a escribir desde la aparentemente imperturbable tranquilidad de su estudio. Diferente, digo, por fuerza, la de aquellos que no solo hablan, sino que también crean; la de aquellos que no solo dicen, sino que, sobre todo, hacen. Y, por supuesto, el valor de sus palabras también es otro. Los unos se asemejan a los que disertan sobre África porque han visto muchos documentales por televisión. Los otros han estado allí, conocen en primera persona de lo que hablan.

   Lo que muchas veces le sucede al artista (al igual que a los que viajan, después de escuchar tantas veces eso de “¡si yo veo por la tele lo mismo que tú!”), especialmente cuando trata con aquellos que se atreven a hablar de música sin saber hacer un sol con un canuto, es que sabe, conoce, que la impresión sensorial de la experiencia no se puede explicar con palabras. Así que, la mayoría de veces, ni siquiera lo intenta.

   Precisamente por eso viaja.

   Pero no hay que olvidar que cada año salen de nuestras universidades cientos de alumnos de Musicología, o de Historia y Ciencias de la Música que no saben ni abrir el atril del piano, ni de cualquier otro instrumento. Son los mismos que más tarde enseñarán, escribirán y hablarán de música sin haber hecho música en su vida. Los mismos que solo conocen la teoría de una actividad eminentemente práctica.

   Cuando uno recuerda tan sorprendente dato… comprende muchas cosas. Por ejemplo que no tengan la menor idea de lo que estoy hablando.

   Lo cierto es que, cien años después, el mundo continúa conmoviéndose con la música de Rachmaninoff, y bostezando con la de Schönberg, por más que –según los “entendidos”– la trascendencia musical de este último sea infinitamente mayor.

   Es el eterno cuento de “El traje nuevo del emperador”. Nadie se atreve a señalar lo evidente.

   Conmoviéndose también con la del “viejo peluca” por cierto, y con la de tantos otros que nunca se vieron mancillados por el pernicioso influjo del Romanticismo.

   Conmoviéndose, sí.

   ¿Por qué?

   Quizás porque el amor siempre será amor, y la belleza siempre belleza, mucho más allá de etiquetas impostadas, e imbuidas de arbitrarias fechas de caducidad. Quizás porque a lo mejor –solo a lo mejor– habría que asumir con un poquito más de humildad que no es posible aferrarlo todo, y menos aún con las burdas herramientas del laboratorio. O quizás, más humildemente aún, porque el ser humano es lo que es y sus pasiones son las que son, muy por encima de palabras invisibles, inertes, condenadas a marchitarse desde el mismo momento de su gestación.

Autor:Juan José Silguero
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