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Opinión: '¿Por qué los pasapáginas odiamos al pianista?' Por Juan José Silguero

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26 de junio de 2017

¿POR QUÉ LOS PASAPÁGINAS ODIAMOS AL PIANISTA?

A fin de cuentas, eres lo que eres. Aunque te pongas pelucas de millones de rizos, y calces tus pies con suelas de una vara: siempre serás lo que eres.

                    Fausto, J. W. Goethe

Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia.

                    Don Quijote de la Mancha, M. de Cervantes

   Por Juan José Silguero
   No es por su permanente aire de superioridad, su calculada afectación o su imponderable arrogancia. Tampoco por sus impredecibles gestos para que se le pase la página desde más o menos cualquier momento de la mitad de la segunda hoja en adelante (y que se supone que debemos entender), sus exhortaciones susurradas apresuradamente, como si balbuceara obscenidades por lo bajo, o sus consecuentes (e hirientes) suspiros y meneos de cabeza, repletos de desdeñosa condescendencia. Ni por esa épica pose que nunca le abandona, como si no existiese nadie en el mundo más digno, sus furibundas miradas de soslayo –henchidas de odio, de desprecio– o sus desmesurados gestos. Como tampoco lo es por el simple hecho de ser requerido para tan ingrata actividad solo para que, a la hora de la verdad, ni siquiera se digne a mirar al papel, demasiado arrebatado como para dar algún valor a nuestro miserable cometido…

   En realidad, es por mucho más y por mucho menos que todo eso.

   El Coliseo de Roma, el Moby-Dick de Melville, el Concierto de Busoni son cosas sutiles y livianas al lado de la aparatosa parafernalia emocional que manifiesta el artista sobre el escenario –ese contumaz visionario–, como si su suprema actividad condicionase de algún modo el orden de todas las cosas. Su mero deambular por el entarimado (levitar más bien) tiene ya algo de grandilocuente que repele por sí mismo, como si la misma condición de carne y hueso fuese una vulgaridad.

   La desaforada danza de apareamiento del pavo real ante su hembra es una cosa sosa y discreta frente al despliegue de egocentrismo que desata el artista frente a su público. Toda la tontería, el capricho, la falsa modestia y la falsa gloria del hombre se encuentran justo ahí, al alcance de conciencias ajenas.

   ¿Qué tendrá esa masificación silenciosa, ese abismo habitado por ojos para extraer siempre lo más soberbio y lo más falso de aquel al que tanto admira?

   Desde el mismo momento en que aparece en escena, su rutilante presencia parece incluir un callado desprecio hacia la raza humana en general y hacia su desdichado pasapáginas en particular –ese engorroso indigente–, al que, de toda evidencia, le resulta igual de molesto ignorar como prestar atención. Y una impresión de indefinible pero latente peligro frente a su público, como el lobo deambulando cerca del rebaño…

   Quizás por eso la inmensa mayoría prefiere tocar de memoria, y renunciar así al millón de detalles que contiene cualquier partitura; malgastar sus energías en tan descomunal como desnaturalizado esfuerzo por retener lo que, en definitiva, está escrito, como si esa prodigiosa demostración de memoria incluyese algún tipo de riqueza para la música, o para el público, como si tuviese alguna relevancia para el arte. No es así por cierto, y es bien sabido que la capacidad de retentiva del intérprete no contiene ningún tipo de valor añadido para el oyente, aunque sí para la estúpida e insaciable vanidad del Narciso que tienen delante.

   Normalmente, cuando alguien desea ver cosas dificilísimas y absurdas –esto es, cosas para niños– acude al circo. Pero, desde Liszt en adelante, tanto público como artistas parecen entusiasmados con tan irrisoria manifestación de arrogancia, precisamente en uno de los pocos oficios en los que, por definición, ésta debería encontrarse del todo ausente.

   Digámoslo una vez más: el intérprete no es más que un medio, un mero conducto encargado de establecer un contacto entre el autor de la obra y el oyente.

   La personalidad o idiosincrasia de ese conducto carece de la toda importancia.

   Claro que el público tantas veces actúa de un modo extraño… como cuando se vacía aplaudiendo al artista independientemente de cómo haya tocado, solo para recoger (mendigar más bien) su miserable ración de propinas (así pasa, que, a fuerza de escuchar ovaciones inmerecidas, tantos “artistas” terminan por no saber ni siquiera cuando han tocado bien); o como cuando insiste (la observación se repite una y otra vez, así que alguna verdad incomprensible debe contener), con fanático fervor, en que “se le notaba en la cara el sentimiento que ponía…”.

   Yo, que estoy tan cerca, observo cómo se le eriza el pelo mientras toca, cómo se revuelve como una fiera acorralada, cómo se inflama por momentos, como las ascuas avivadas por el huracán; cómo le destacan los tendones, como si le fueran a estallar de un momento a otro, cómo le tiembla la boca… O cómo, de pronto, comienza a jadear, cuando su nariz parece exhalar azufre, y sus ojos relámpagos; o se olvida de respirar, o lo hace al tiempo que la propia música…

   Y me estremezco.

   Esa concentración de energía, ese millón de voltios bajo el control de una sola persona, pero, sobre todo, esa íntima influencia que es capaz de ejercer sobre los demás, como si pudiese verter en cada oído el veneno del Hamlet, tiene algo de terrible, de irremediable, como la inesperada irrupción de Mefisto en el estudio de Fausto.

   Un aura sublime y azulado lo rodea; si lo rozas, crepita. Su carisma es casi tangible. Y un humilde servidor, en realidad más humilde que nunca, se descubre del todo insignificante sentado a su izquierda, concentrado en no perder una sola nota; miserable, pendiente de voltear la página del modo más eficiente posible…

   ¿Por qué tengo yo que padecer todo esto?

   Y, a lo largo del concierto, su permanente contacto con lo prodigioso parece írsele impregnando de algún modo, como el polvo de viruta al carpintero. Y un manto de divinidad termina envolviéndolo, como si su condición no fuese humana, como si no fuese aire lo que respira…

   Pero el peor momento de todos es cuando termina de tocar y se dispone, ufano, a revolcarse en el hediondo lodazal del aplauso –esa deslumbrante baratija– con tan mal fingida humildad, como si además de tocar como un Dios fuese también una excelente persona, un tipo extraordinario y simpático, y se sorprendiese mucho ante tan excesivo homenaje. O como si se encontrase ya tan habituado a convivir con su evidente grandeza que no le importase cargar de nuevo, con resignada indulgencia, con el desproporcionado fervor de todos esos ruidosos mortales…

   En esos sublimes momentos los desharrapados pasapáginas deberíamos esfumarnos directamente, volatilizarnos, desaparecer como los gusanos que somos entre cualquier rendija del escenario. Cualquier otra cosa –levantarnos o quedarnos en el sitio, sonreír o ni tan siquiera pestañear, aplaudir o no– resulta siempre fuera de lugar.

   Señores inventores, por favor, abandonen por un momento sus palos selfies con pajarito integrado, sus tablets interactivas desactiva-niños, sus pulseras medidoras de las veces que se va al baño…

   ¿Para cuándo un pasapáginas mecánico eficaz?

   Aquel que ofrezca semejante patente al mundo contará con el agradecimiento de cientos de músicos serios que, como un servidor, preferirían evitar compartir escenario con aquel cuyo ego distorsiona tanto –como el cuerno al rinoceronte– cualquier atisbo de normalidad, de sencillez, existente entre el mundo de los vivos y su supuesta grandeza.

Autor:Juan José Silguero
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