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Opinión: 'Retrato de un coloso'. Por Juan José Silguero

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12 de julio de 2018

Retrato de un coloso

   Por Juan José Silguero
El arte confiere hermosura y nobleza, y todo lo que es noble y bello tiene un poder de atracción.

     K. Stanislavski

   Era grande, fuerte, y se paseaba por el conservatorio como si fuera suyo; una especie de término medio entre un oficial de la KGB, un galán de los de antes y un matón ruso. Me llevó algún tiempo comprender que lo que aquella insólita apariencia protegía era, en realidad, una inteligencia inusual, y una sensibilidad fuera de lo común. A su paso, las voces callaban, y las cabezas se agachaban visiblemente. Si te miraba dejabas de respirar; o, más bien, comenzabas a boquear, como un pez fuera del agua. Se paraba a hablarte… y te hacía feliz.

   Porque cada palabra suya era una lección inolvidable.

   Siempre me recordaba el aforismo de Nietzsche: “El privilegio de la grandeza consiste en hacer felices a los demás dándoles poco”.

   Pero Anatoli daba mucho.

   Era noble, franco, y absolutamente reservado al mismo tiempo.

   Era bueno…

   Y, para mí, no existe mayor muestra de grandeza.

   En la azarosa tarea de vivir, uno se encuentra, de cuando en cuando, con unas pocas personas capaces de inundar el tenebroso escenario habitual de una luz refulgente y reveladora, como estampidos en una tormenta, de tal forma que, si bien no es posible convertir tan inquietante nido de contrariedades en un lugar menos confuso –más inteligible, menos inhóspito, menos aterrador–, son capaces al menos de hacerlo más límpido y más noble, más hermoso, en definitiva, y, en consecuencia, mucho más tolerable.

   Anatoli, sin ninguna duda, era una de estas personas.

   Conducía al máximo de velocidad posible, o un poco más rápido todavía, mientras conversaba tranquilamente en cualquier idioma al teléfono, y su dóberman Gould rebotaba en los asientos de atrás. En clase era imperturbable. No exigía nada; nunca daba una “charla”, ni mucho menos te avergonzaba o afrentaba en modo alguno, como tantos supuestos “maestros” que he conocido a lo largo de mi carrera. Te respetaba… y, por eso mismo, todos lo respetábamos, como sucede siempre. Ni siquiera te exhortaba a estudiar; y, si alguna vez ibas a clase sin haberlo hecho (cosa rara), se limitaba a mostrarte la más profunda indiferencia.

   Hacía algo mucho más útil que todo eso: te inspiraba.

   Y, a cambio, conseguía que amases la música con todas tus fuerzas.

   En efecto, reencarnaba como nadie las palabras del gran Stanislavski: “En el arte uno solo puede inspirar a los demás, pero nunca darle órdenes”.

   Anatoli te inspiraba, porque deseabas ser como él.

   Lo recuerdo particularmente en su casa, en su sótano, donde podías encontrar desde una batuta que había pertenecido a Safónov, fotos caseras de Van Cliburn, de Richter, de Oistrakh (con su padre), o una máscara mortuoria real con la efigie de Beethoven.

   Allí me recibía, sobre las 8 de la mañana, enfundado en una inmensa bata y con esa impresión de “estar en su casa” que resulta tan imposible de describir. Y se pasaba gritándome las cuatro horas siguientes, especialmente cuando Gould apoyaba su enorme cabezota en mi pie, y trastocaba mi pedal completamente. Entonces comenzaba a despotricar en ukraniano, y la cosa podía ponerse fea. “¡¡Sheldom!! ¡¡Sheldom!!” me gritaba, y yo, que en realidad no tenía ni idea de lo que me quería decir, me limitaba a tocar con más carácter, y solo entonces conseguía apaciguarlo fugazmente.

   En otras ocasiones me repetía: “Pachimóo…”; o bien “¡Pachimóo!”; o, lo que era mucho más inquietante: “¿Pachimóo..?” y entonces sí había que andarse con ojo (aunque, al menos en este caso sí que sabía lo que quería decir: ”¿Por qué…?”).

   Con Beethoven, la cuestión se repetía con demasiada frecuencia:

   “¿…Pachimóo…?”

   Y, mientras me preguntaba, me miraba fijamente, con unos ojos sombríos, imbuidos de una sabiduría infinita.

   En cambio, si te exhortaba con los ojos inyectados en sangre, y comenzaba a deambular de un lado a otro como un león enjaulado, cada vez más agitado, realmente había que tener mucho cuidado:

   “¿¿PACHIMÓO..??”

   “¡¡¡SHELDOM!!!”

   Siempre sospeché que Sheldom era “hijo de puta”.

   Nunca me cobró nada, ni una sola vez. Al revés, me invitaba al Bernabéu con regularidad, donde seguía insultando en ukraniano.

   Me hablaba mucho de Odessa. De joven, solía ir a escuchar estudiar al gran Richter, pues conocía el local en el que lo hacía. Una vez me contó que lo escuchó estudiar un trino… durante dos horas.

   “¿Dos horas seguidas estudiando un trino?” le pregunté, atónito.

   “Sí, eso es”, me respondió. “Dos horas…”.

   Otra vez me contó que el día que murió Prokofiev no había nadie en su casa, velando el cuerpo.

   Nadie.

   Todo el mundo estaba en la calle, por la muerte de Stalin.

   Hablaba poco, pero sentía todo, y las lágrimas acudían a sus ojos con regularidad. Y, cuando esto sucedía, la expresión de su rostro permanecía inalterable, pétrea. Si lo que oía le conmovía especialmente (y esto era algo que sucedía a menudo) le temblaba el mentón. Es algo que no he vuelto a ver nunca en nadie. Se le adelantaba levemente la mandíbula inferior, y, sencillamente, le temblaba, a toda velocidad.

   Era como si tiritase.

   En mi examen de Premio de Honor, Anatoli era el presidente del tribunal, y, detrás de su mítico termo, pude ver cómo se le caían las lágrimas con mi Rachmaninoff…

   Y ese es el mayor homenaje que he recibido hasta la fecha.

   Decía que tocar en público era como estar en la camilla del hospital.

   También decía que “un pájaro no puede nacer en el aire”.

   Precisamente cuando nació mi hija, su mujer Lydia y él le regalaron un CD y un cuento infantil sobre la Flauta mágica de Mozart. Tres años después, Cosette ya se lo sabía de memoria.

   Insistía en que Mozart es muy importante para los niños, por una cuestión de equilibrio.

   En vida me hizo un solo elogio, y ni siquiera estoy seguro de que lo fuera. Fue justo después de una –memorable, todo hay que decirlo– interpretación de Liszt. Entre la maraña habitual de alabanzas, un solo hilo de oro quedó prendido en mi memoria y en mi espíritu para siempre. Y, por supuesto, fue el de Anatoli:

   “Demasiada inspiración…”.

   1996 fue un año complicado para mí, lleno de problemas, algunos realmente importantes. Por aquel entonces me encontraba cursando el Superior con Anatoli, en El Escorial, y no daba pie con bola.

   En una de aquellas clases, particularmente desastrosa, me preguntó:

   “¿Qué te pasa?”

   Y yo, que también era reservado, solo dije:

   “Nada. He tenido algunos problemillas…”.

   Anatoli, tan imperturbable como siempre, me respondió:

   “Liszt tuvo problemas toda la vida… y nunca dejó de trabajar”.

   Nadie me ha ayudado nunca tanto con tan pocas palabras.

   Lo que te decía tenía más valor que lo que te dijese cualquier otro. Por un solo motivo: sabías que te decía la verdad.

   Y es que los jóvenes desean, o más bien necesitan, ser estimados.

   Pero aún más necesitan conocer la verdad.

   Tuve el honor de tocar en su concierto homenaje junto a su mujer y otros reputados artistas como Luis Fernando Pérez o Ignacio Prego. Y, mientras ascendía las escaleras de mi querido escenario del Conservatorio de El Escorial, y me acomodaba frente a su foto, que presidía el acto, tuve un fogonazo, una extraña revelación, algo en lo que no había reparado nunca antes, ni siquiera en los más de veinte años de relación que a él me unieron: me senté frente al piano como él no quería que me sentase, solté el brazo como se suponía que no debía hacerlo, e interpreté a Bach como él jamás lo hubiera hecho. Y, en ese preciso momento, comprendí que lo más importante de todo era aquello que precisamente nunca me había dicho, y que yo había tenido que resolver por mí mismo; aquello que, para bien y para mal, había hecho de mí lo que hoy soy.

   Y no creo que exista mayor muestra de lo que define a un verdadero maestro.

   Anatoli Vasilievich Povzun…

   Gracias.

   De todo corazón.

Autor:Juan José Silguero
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