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Opinión: «Sobre la dignidad del artista». Por Juan José Silguero

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14 de octubre de 2020

Sobre la dignidad del artista

Por Juan José Silguero

   Hacer todo el bien posible, amar la libertad sobre todas las cosas, y, aún cuando fuera por un trono, nunca traicionar a la verdad.

     L. v. Beethoven.

   La consigna de moda está clara, y arranca del buenismo que nos asedia y que lo envilece todo: allanad el camino, facilitad su acceso a todos, aunque sea al precio de hacer de su fruto algo irreconocible; tened en cuenta el carácter tradicionalmente restringido de la música clásica, y acercadla al gran público al precio que sea, convirtiéndola por fin en algo ameno, atractivo, accesible –también al indolente, también al apático–, de forma que todos aquellos que nunca han hecho nada para valorarla o para situarse a su altura puedan no solo disfrutarla, sino también hacerse entendidos en la materia de la noche a la mañana. Igualad a todos, a ser posible hacia abajo, aunque eso signifique situar al mismo nivel el criterio del aficionado con el del profesional que dedicó catorce años de su vida a hacer una carrera, y el resto de ella a perfeccionarla...

   La nueva tiranía ha llegado: absurda, injusta... pero masiva.

   El buenismo pretende que los que aspiramos a preservar un mínimo de calidad frente a los «integradores», frente a todos esos que aseguran que lo que hay que hacer es devaluar el producto con tal de hacérselo asequible a los ignorantes... somos los malos.

   Dejando a un lado la patente inmadurez que ello supone, resulta que tampoco funciona. Es normal. Porque quien asiste al Auditorio a ver a un Rodhes no tiene el menor interés en la música en realidad. Acude a contemplar una pantomima. Y esa pantomima es, en sí misma, enemiga de la música, por hacer más difícil, a menudo imposible, su más genuina condición: la de la abstracción.

   Pero cuando el trilero comienza a mover los cubiletes... los bobos se quedan hipnotizados.

   La fastuosidad del decorado y la efusividad de los medios terminarán de consumar el engaño, y todos ellos regresarán a sus casas a tiempo de ver su «Sábado Deluxe», aunque con cincuenta euros menos eso sí.

   Todo esto, como es natural, beneficia a los que mejor se desenvuelven en el fango: oportunistas, vendemotos, embaucadores especializados en mover las manos con habilidad y ocultar la bolita, una bolita que, de hecho, ni siquiera existe.

   El arte de calidad siempre es minoritario, y así es como debe seguir siendo. Pero no por esnobismo, por clasismo, o por tantas otras tonterías como tan a menudo y tan cínicamente se argumenta. Sino por algo mucho más vulgar y mundano que todo eso, y que nada tiene que ver con la labor de los profesionales en realidad: por pereza. Porque mola más ir a ver a un cantamañanas contando sus penas sobre el escenario, e intercalando de cuando en cuando sus intervenciones pianísticas de abominable calidad, que realizar ese esfuerzo que la música de calidad supone. O la pintura de calidad. O la literatura de calidad.

   Para eso sí pagan sus buenos cincuenta o sesenta euros, y hasta llenan los auditorios.

   Entretanto, los músicos de verdad lampando por los ayuntamientos para ser programados, con suerte, entre Ramoncín y Melendi.

   La masa es perezosa, claro que lo es, y lo ha sido siempre. Pero los tiempos han cambiado. Y lo que ha sido siempre un patente motivo de vergüenza –la incultura–, se ha convertido ahora en un discurso victimista: la opresión de los insolidarios. Esa consigna establece situar por encima del melómano humilde y devoto a quien no se ha dignado en su vida a emplear cinco minutos para acercarse a la música clásica. Más aún, por encima de la música incluso, dando lugar al intercambio entre el verdadero artista y el jeta, el medrador, el desfacedor de agravios y de músicos elitistas que, incomprensiblemente, no tienen la misma consideración que él de dedicarse a entretener al público.

   Resulta que el artista honesto no solo se niega a pasar por ese aro, sino que actúa justo al revés, al entender que su más valiosa misión consiste precisamente en elevar el nivel de ese público al suyo propio, o, al menos, intentarlo. Entre otras cosas porque, por muy mal que le parezca a la masa, resulta que ese esfuerzo sí que es necesario, o más bien imprescindible. Pues, por algún motivo sin duda desconsiderado, existe una justicia divina que reserva la basura para los que se niegan a pagar ese peaje, y la joya de la corona para los que realizan el sacrificio.

   Bendito sacrificio...

   Es entonces cuando la capacidad que cada uno se presupone finalmente cede, la imaginación se expande, el espíritu se libera y se proyecta hacia regiones inexploradas y habitualmente ignoradas por todos, para hacernos creer que una vida dedicada al arte, en efecto, es una vida bien aprovechada.

   Pero los fans de los sucedáneos quieren todo eso gratis. En caso contrario argumentarán que «para eso hay que entender». Es como si el estudiante apático, desconcertado ante su primera ecuación, resolviese el asunto decretando: «Hay que entender; para esto hay que entender».

   Música elitista...

   Ir al Auditorio Nacional los viernes, sábados y domingos cuesta un euro a los menores de treinta años.

   Un euro.

   Y las butacas comparecen tan vacías como siempre.

   Pero la culpa la tienen los músicos de verdad, qué duda cabe, obligando a las criaturas a escuchar esa música clasista, en lugar de seguir dándoles sus paraelisas y claros de luna. Menos mal que están los otros para enseñarnos a todos que existe un atajo en el que ni siquiera habíamos caído...

   Solo en España, ese pintoresco país en el que sus artistas se tienen que ir a estudiar fuera mientras a los desgarramantas se les hace leyes, un pianista que no es digno de pasarle las páginas a ninguno de ellos podría convertirse en «pianista de cabecera» del presidente del gobierno.

   Pero en realidad un Rodhes no es lo preocupante. Un buscavidas más, un piratilla convertido en producto de consumo temporal, como tantos otros. Sacará (y sacarán) toda la pasta que pueda, medrará hasta donde le dejen, y después desaparecerá para siempre, dejando a sus seguidores tan ignorantes como estaban.

   Lo que preocupa más es contemplar la farsa respaldada por ciertos profesionales... por ciertas revistas especializadas... por ciertos programas de televisión deleznables...

   Porque eso sí que hace daño.

   Que un reconocido profesor del superior, como leía hace unos días en una entrevista, elogie en su programa de radio a un Rodhes... hace daño. Que un Ara Malikian, alguien que sabe perfectamente de lo que estoy hablando, se tire por los suelos tocando Vivaldi con distorsión... también hace daño. Porque estas actitudes, aparentemente anecdóticas, son las que otorgan confianza y argumentos a los que nada saben, pero que, en cambio, ostentan todo el poder, digamos, por ejemplo, a un presidente del gobierno. Y, a su vez, los impostores también se sienten respaldados, lo que hace que se multipliquen como las setas tras la lluvia.

   Solo que en este caso lo que llueve para todos es dinero.

   Un James Rodhes, un Ara Malikian, no son «embajadores de la música clásica», sino jetas que se lucra de la ignorancia de la gente, por mucho que los que más ganan con ello, los intermediarios, llamen a eso «acercar la gran música al público».

   Ese abominable tumor degeneró en metástasis hace ya tiempo, y a día de hoy se encuentra infiltrado en todos los sustratos que conforman nuestra cultura actual: televisión, radio, discográficas, redes sociales, revistas, agencias, instituciones públicas subvencionadas... En lugar de arrinconar y desdeñar a los trileros, aquí se los promueve, se los hace visibles y hasta se los subvenciona en virtud del entretenimiento inmediato y estéril, lo que ha terminado dando lugar a algo inevitable: la gente ya no sabe distinguir al impostor del artista honesto, y un buen número de profesionales por lo visto tampoco.

   Pero resulta que el arte trascendente, el arte significativo, el arte «auténtico» no tiene como fin ser entretenido; no aspira a hacer pasar el tiempo de un modo más ágil, ni tiene nada que ver con el espectáculo a decir verdad...

   Es más bien al revés.

   Su aspiración es más noble, más humilde, menos soberbia, más grande...

   Existe una ineludible responsabilidad moral que nos atañe a todos. Se llama integridad artística, y, básicamente, se concreta en guiar a los que no saben. Porque, en última instancia, podemos despotricar todo lo que queramos contra Sánchez, contra Uribes y contra todos sus secuaces. Pero a la hora de la verdad los que estamos sobre el escenario somos nosotros. Y los que estamos en el aula, cara a cara con los alumnos, también somos nosotros. Ese privilegio nos pertenece, y es el más determinante, por ser precisamente el que conforma y optimiza el sustrato cultural del que se nutrirán generaciones enteras de futuros artistas.

   No podemos perderlo.

   No pasa nada por seguir siendo minoría. Lo que es inconcebible es que devaluemos la calidad de nuestro trabajo con tal de hacerlo asequible a los que nada saben. Porque entonces estaremos contribuyendo más que nadie a prolongar esa ignorancia, a seguir arrinconando a nuestros verdaderos artistas, y a que la gente siga creyendo que lo que hace la Pausini y la Pantoja son máster-class.

   Estamos perdiendo esa dignidad... ese orgullo legítimo que nos emparenta con una de Larrocha, con un Esteban Sánchez, con un Falla, y que solo puede provenir de la humildad y del trabajo, y no del oportunismo. Esa dignidad no puede ser negociable, porque no hay nada que negociar, y no depende de Sánchezs ni de Uribes, y mucho menos de Rodhes o Malikians...

   Depende de nosotros.

   La estamos perdiendo. O, quizás, nos la están tratando de arrebatar.

   Asunto de todos es defenderla.

   Algún día volverá a hacernos sentir orgullosos.

Fotografía: aramalikian.com

Autor:Juan José Silguero
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