CODALARIO, la Revista de Música Clásica
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Hasta siempre y gracias, Herr Nikolaus

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Autor: Mario Guada
6 de marzo de 2016

HASTA SIEMPRE Y GRACIAS, HERR NIKOLAUS

Por Mario Guada
   El paso del tiempo es inexorable, cruel. No perdona. Hace cuatro años se nos fue Gustav Leonhardt, y hace dos le siguieron Frans Brüggen y Christopher Hogwood. Ayer la interpretación histórica se quedaba, definitivamente, huérfana. Porque si algo ha sido Nikolaus Harnoncourt en su vida es un pionero, un arqueólogo musical, un hombre que ha buscado en la música algo más que la pura belleza sonora. Y con él se va, casi por completo, aquella generación de maestros –al menos la que más se ha conocido y la que ha realizado la labor más visible, aunque no es justo olvidarse de aquellos que vinieron un poco antes– que vieron en la creación musical de los siglos pasados un tesoro indescriptible que había que desentrañar y mostrar al mundo. Esa labor, una deuda histórico-artística impagable para la humanidad, fue encabezada entre otros por el maestro austríaco desde la década de los 50, cuando fundó su ya legendario Concentus Musicus Wien.

   Hoy día, cuando la información y el conocimiento se han convertido en un derecho requerido para consumirse rápido y al instante, para pasar inmediatamente a desecharse, parece que una figura como la de Harnoncourt no tiene cabida. La palabra pionero se utiliza, en muchas ocasiones, a la ligera, perdiendo su significado real, tan vasto y esencial. Él fue un pionero en la más extensa y profunda acepción del término. Y es que todo lo que ha venido tras él no puede concebirse si no es mirando con absoluta admiración y reverencia a ese pasado reciente que decidió mirar al pasado más lejano. Con Nikolaus se va una estirpe de intérpretes-estudiosos de los de verdad, que razonaban hasta la extenuación mental cada contexto, cada figura, cada obra, pasaje, cada frase, nota, silencio. Una estirpe para la que la interpretación no era sino el último eslabón de una extensa cadena en la que cada mínimo detalle importaba.

   Descubrir a Harnoncourt en la adolescencia fue descubrirlo todo en la música. Y uno es hoy lo que es, y hace lo que hace, en gran medida gracias a figuras como la suya. Sus versiones eran pasajes directos al pasado, una mirada tan sorprendente y hasta entonces desconocida que provocaba un torbellino de sentimientos siempre fascinantes. Sencillamente te enchanchaba; siempre querías más. Con él vinieron los Bach, Monteverdi, Rameau, Purcell, Fux, Biber, Vivaldi, Mozart, Haydn, Schubert… un sinfín de obras e intérpretes que las acompañaban y que forjaron a varias generaciones de músicos, estudiosos y apasionados de la música. Harnoncourt fue un padre, un maestro entre maestros y un genio para muchos de los que hoy que se dedican a la interpretación histórica. Sin duda, este es su mejor legado, aunque es irrepetible. Porque en él había un esmero y ansia por abarcarlo todo, tanto en el repertorio como en la manera de interpretar cada uno de ellos de la manera más fiel posible a su esencia, que no se volverá a repetir, casi con total seguridad, en la historia de la música. Fue, al tiempo, el historicista más y menos historicista de cuantos hayan existido. Nadie como él fue capaz de asumir y llevar a la práctica, en una sola persona, un repertorio tan amplio –desde el siglo XVII al XX– con un universo interior tan apabullante.

   Es posible que en la técnica interpretativa, el sonido o los medios de grabación se haya producido un avance cualitativo sin precedentes en los últimos sesenta años, pero lo inmenso de Harnoncourt es que aquellas primeras grabaciones, en las que la carga de experimentación y el sentimiento de caminar sobre el vacío era inherente a su existencia, son escuchadas hoy día con la admiración ante un trabajo mimado hasta el extremo, de las que se trasluce un respeto y una mirada al repertorio que nunca han vuelto a ser iguales. Es por eso que el adiós de Harnoncourt, al igual que el de Leonhardt, Hogwood o Brüggen, supone también el adiós a una forma de entender las músicas pretéritas, que nunca volverá y que se ha perdido.

   Se han ido los «ojos de la música», la energía e introspección al mismo tiempo. Herr Nikolaus se va marcando el final de una era, sencillamente nos deja huérfanos y desamparados, pues con él se va un músico global como no ha vuelto a existir otro. Y nosotros no podemos sino sentirnos tremendamente afortunados por haber coexistido con un genio.

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