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Crítica: La Orquesta de Cadaqués y Jaime Martín estrenan dos nuevas orquestaciones de Jesús Rueda de 'Iberia' de Albéniz en Ibermúsica

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19 de marzo de 2018

Interpretación orquestal algo caótica

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional.14-III-2018. Temporada de abono de Ibermúsica. Gabriela Montero, piano. Director musical, Jaime Martín. Orquestaciones de Eritaña y Rondeña de la Iberia de Isaac Albéniz de Jesús Rueda. Concierto para piano y orquesta n°2 en do menor de Sergei Rachmaninov. Sinfonía n.°3 en mi bemol mayor de Ludwig van Beethoven.

   Dos grandes atractivos nos presentaba el concierto del Ciclo de Ibermúsica del miércoles 14 en el Auditorio Nacional. Volvíamos por un lado a las orquestaciones de la Iberia de Isaac Albéniz, por parte del madrileño Jesús Rueda, compositor residente del ciclo. Por otro, teníamos la presentación en el Ciclo, y hasta donde yo sé en Madrid, de la pianista venezolana Gabriela Montero con una de las obras más emblemáticas del repertorio: el Concierto para piano y orquesta n° 2 en do menor de Sergei Rachmáninov.

   La suite Iberia, obra cimera del piano español y una de las páginas más increíbles de la literatura pianística de todos los tiempos, ha fascinado desde su estreno a músicos de todo el mundo. Y esa fascinación, basada sin duda en el intenso colorismo de la obra, la facilidad para describir y recrear entornos, y la complejidad técnica que la pone al alcance de muy pocos, se ha traducido en numerosos intentos de orquestación. Tras el imponente trabajo que Maurice Ravel realizó con los Cuadros de una exposición de Modest Mussorgsky, parece que hubiera sido el candidato ideal. De hecho, tras conocer la partitura, estuvo muy interesado en llevarla a cabo. Sin embargo, los herederos de Albéniz concedieron los derechos al director de orquesta madrileño Enrique Fernández Arbós. Él realizó la primera orquestación de cinco de sus doce piezas. El éxito quetuvo en el público, impulsó aún más si cabe a músicos de primer nivel a ponerse manos a la obra. El mítico director londinense Leopold Stokowsky orquestó el Corpus Christi en Sevilla a finales de los años 20, mientras el también londinense hizo lo propio con Eugene Goosens Eritaña. Pero fue el barcelonés Carlos Surinach, quien completó las siete piezas restantes, aunque con una calidad muy inferior a la de Arbós.

   En la última década del siglo XX, el mundo musical se vio sorprendido por la noticia de que el recordado músico jienense Francisco Guerrero aceptaba el reto de conseguir la que prometía ser la orquestación definitiva. Su lenguaje moderno y su proverbial sentido de la tímbrica casaban de maravilla con el colorido de la obra. Su repentina muerte en 1997 truncó el proyecto con solo seis piezas terminadas: Almería, El Albaicín, Corpus Christi en Sevilla,  El Polo, Málaga y Jerez. Sin embargo, tras el encargo de la Orquesta de Cadaqués para completar la orquestación de Triana, su discípulo Jesús Rueda cogió el toro por los cuernos y se dispuso a terminar las seis obras restantes. Tras una discreta Triana, años después subió el nivel con una extraordinaria y a la vez divertida Lavapiés y una tremenda e impactante Evocación. Las tres piezas fueron presentadas con bastante éxito en Ibermúsica por la propia Orquesta de Cadaqués dirigida por Gianandrea Noseda en marzo del año 2007.

   Desconozco si la idea original de terminar solamente las piezas no orquestadas por Guerrero continúa, ya que en las notas al programa de mano firmadas por Cosme Marina, se afirma que hasta la fecha se ha completado la mitad de la obra, y que tanto Rondeña como Eritaña son “los últimos jalones de este monumental empeño”.

   Tras la escucha detectamos que la orquestación de Jesús Rueda, con toda su complejidad, está muy orientada a una orquesta clásica, de pequeñas dimensiones. Prevalece la armonía y el respeto a la complejidad técnica del piano, aun a costa de carecer en parte de la riqueza tímbrica de la orquestación de Guerrero. Eritaña sonó rara, con una presencia continuada de los metales, que no tuvieron su mejor día. La danza no estuvo del todo contrastada, y la falta de peso en las cuerdas nos privó del gran colorido de la misma. Con mimbres similares, Rondeña fue más rica e intensa, y maderas y cuerdas hicieron algo más de justicia a la brillantez de la pieza. Sin embargo, en ambas obras, ni hubo claridad de exposición ni diferenciación de planos sonoros, por lo que la interpretación sonó algo caótica, y nos queda la duda de si con mejores condiciones, hubiéramos apreciado más ambas obras.

   La presencia como solista en el Concierto en do menor de Sergei Rachmáninov de la pianista venezolana afincada en Barcelona, Gabriela Montero era a priori una garantía. Montero deslumbró con un pianismo de gran clase, una digitación segura, y un sonido más atractivo en la parte alta del piano que en la grave, donde sin que se abrieran las notas, el sonido no quedó tan redondo. Pero para sobresalir en un concierto como éste, necesitas un punto superior de brillantez y expresividad, que Montero atisbó en bastantes momentos pero no llegó a alcanzar de manera global. Su versión, bien construida, fue más controlada de lo que un servidor la visto en ocasiones anteriores, y bien pudo verse debido de nuevo a un acompañamiento no demasiado feliz por parte de  orquesta y director. El amplio tejido orquestal y la brillantez innata que exige Rachmáninov están lejos de lo que la Orquesta de Cadaqués pudo ofrecer. Daba la sensación de que si Montero hubiera “descontrolado” algo más, la orquesta no hubiera podido seguirla.

   Fuera del corsé de la orquesta, la pianista brilló con luz en la obra fuera del programa. Gabriela Montero es conocida por su gran facilidad para la improvisación. Micrófono en mano, se dirigió al público solicitando algún breve tema sobre el que improvisar. Tras varios dimes y diretes, entre los que rehusó el Alma llanera porque “solo la conocen los venezolanos”, un espectador del patio de butacas le propuso improvisar sobre nuestro himno nacional. El espectador solo canturreó los dos primeros compases de la Marcha real, y Montero, tras tocar la melodía en el piano, se sumergió en una larga improvisación, cercana a los 10 minutos, donde jugando con los modos mayor y menor, nos llevó desde los ritmos barrocos de Juan Sebastian Bach a los tangueros de Carlos Gardel, atravesando un sinfín de ritmos latinos. Fue realmente admirable y provocó numerosas ovaciones y aplausos.

 En la segunda parte del concierto tuvimos la Sinfonía heroica de Beethoven. Hace ahora dos años, reseñábamos en Codalario el concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York donde Esa-Pekka Salonen interpretó la Sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen. En la charla previa,  Salonen encuadraba a la Sinfonía heroica como una de las cinco obras que “han trascendido a lo Universal” –junto a la Sinfonía fantástica de Berlioz, el Tristán e Isolda de Wagner, la Consagración de la primavera de Stravinsky y la propia Sinfonía Turangalila- , obras que marcan un antes y un después en la historia de la música.

   Tras escuchar la interpretación de Jaime Martín y la Orquesta de Cadaqués, nunca hubiéramos podido estar de acuerdo con esta afirmación. Martín, director más impulsivo y vigoroso que ordenado y refinado, nos ofreció una versión de planteamiento muy clásico –podríamos decir que casi barroco–, muy a la “Harnoncourt”, con sonidos secos y velocidad endiablada. Hubo poco orden y momentos de gran confusión. La orquesta tiene la obra rodada pero aun así, hubo desajustes por doquier. La cuerda se mostró débil, mortecina, con poca presencia y sonoridad escasa. Los metales con los problemas mencionados anteriormente, y un volumen algo excesivo de los timbales, no fueron un ejemplo del buen hacer que hemos visto a esta orquesta en otras ocasiones.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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