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Crítica: La Orquesta de Filadelfia vuelve al Carnegie Hall de Nueva York con 'El lago de los cisnes' y 'El castillo de Barbazul'

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12 de marzo de 2017

ÉXITO ROTUNDO

    Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall  7-III-2016. Orquesta de Filadelfia. Michelle De Young, mezzo-soprano. John Relyea, bajo. Director musical: Yannick Nézet-Séguin. Selección de El lago de los cisnes de Piotr Ilich Tchaikovski. El castillo de Barba Azul de Bela Bartok.

   Yannick Nézet-Séguin y “su” Orquesta de Filadelfia, con la que acaba de renovar hasta el final de la temporada 2025-2026, nos dio el pasado martes un concierto de los que son difíciles de olvidar. Dos obras de enorme nivel e importancia, tan distintas entre sí, que me atrevo a asegurar, es la primera vez que se dan juntas.

   El concierto empezó con una selección del ballet “El lago de los cisnes” de Piotr Ilich Tchaikovsky. La obra, el primero de los grandes ballets del músico ruso, fue un encargo del Teatro Bolshoi, y en nuestros días goza de un reconocimiento y popularidad del que careció en el pasado. Compuesto entre 1875 y 1876, fue estrenado el año siguiente con poco éxito. El compositor, consciente de que el gran nivel musical de muchas de sus partes, propuso al editor el adaptar una Suite para las salas de concierto. Sin embargo, nunca lo hizo y la que hoy en día se interpreta – la Op 20a –, que contiene seis movimientos, fue publicada años después de su muerte, sin que se sepa claramente quién los eligió.

   Yannick Nézet-Séguin se olvidó de la Suite e hizo su propia selección compuesta por números de los Actos II, III y IV. Empezó con la famosa Escena del Acto II y terminó con la Escena final del Acto IV. Entre medias, varias pertenecientes a los Actos III y IV y cuatro de las danzas: la Española, la Napolitana, la Rusa y la de Los pequeños cisnes. A priori, la Orquesta de Filadelfia, con su suntuosa cuerda, se antojaba ideal para esta música. Sin embargo, lo oído en el concierto superó todas las expectativas. La calidez y la calidad de su sección de cuerdas es difícilmente superable hoy en día por cualquier orquesta del planeta. En la primera escena pudimos ver un anticipo de lo que venía. El sonido rico, pleno, sedoso, de una calidez y una suntuosidad exacerbada nos subyugaba. En la Danza española, perfectamente marcada, con un gran sentido del ritmo y del baile destacaron el clarinete de Ricardo Morales y toda la percusión. En la Danza napolitana, fue el turno de las trompetas lideradas por David Bilger, y el fuego casi salvaje de la Danza rusa fue interpretado de manera ejemplar por el concertino David Kim, que sacó de sus cuerdas toda la sensualidad que la obra requiere. Sin dejar tiempo para respirar, tuvimos una cautivadora Danza de los Pequeños Cisnes, y una impresionante Escena final, donde Nézet-Séguin puso la directa y la orquesta volvió a responder a un altísimo nivel, con un fraseo increíble y un empaste de los que rara vez se alcanzan.

   Tras el descanso dejamos los ritmos de danza y la suntuosidad orquestal, por el misterio y el drama de tintes propios de Alfred Hitchcock, de la única ópera de Bela Bartok, El castillo de Barbazul.

   La obra compuesta en 1911 y revisada ligeramente en 1912 y en mayor detalle en 1917, se estrenó en mayo de 1918 en la Opera Real Húngara. El libreto del poeta húngaro Bela Balasz se basa en el drama simbolista Ariadna y Barbazul de Maurice Maeterlinck y tiene sus orígenes en el cuento de Perrault.

   La música es subyugante y misteriosa, con una percusión que resalta miles de matices, y con una base orquestal en que podemos escuchar hasta tres líneas diferentes en las cuerdas, que le permite alcanzar todo tipo de efectos: seductores y arrebatadores por un lado y espeluznantes y aterradores por otro.

   El drama psicológico cuenta la relación entre los dos únicos personajes, Barbazul y su nueva novia, Judith, cuya curiosidad por saber que hay detrás de cada una de las puertas secretas del castillo, le lleva compartir el macabro destino de sus tres esposas anteriores.

   Yannick Nézet-Séguin ha dirigido varias óperas en Nueva York. En el MET ha dado versiones flamígeras de Carmen, Don Carlo, Fausto, La traviata o Rusalka, y suya fue la “openin gnight” de la temporada pasada con el Otello verdiano. Sin embargo, ésta ha sido su primera ópera en la ciudad tras conocerse el verano pasado su nombramiento como Director Musical del MET a partir de la temporada 2021-2022.

   Tras la excelente interpretación del martes, creo que la titularidad del canadiense promete anticipar grandes veladas en el coliseo neoyorquino. Su lectura fue reveladora, atenta a cada matiz, y con el nivel de tensión necesario en cada momento. Combina con precisión los clímax dramáticos y los momentos de relajación. Fue significativo escuchar como resaltaba las segundas y terceras líneas de las cuerdas, con lo que el magma orquestal llegaba intenso y empastado, y es también reseñable su gran habilidad para construir los crescendos – impresionante el de la apertura de la 5ª puerta, el reino, para el que situó a parte de los metales en los anfiteatros de la sala – donde a la contención necesaria le añade una claridad meridiana a la hora de diferenciar los planos sonoros. La orquesta, soberbia en sonoridad e intensidad, le respondía de la mejor manera posible, y salvo algún desajuste puntual, todo rodó sobre ruedas.

   Los dos protagonistas, Michelle DeYoung como Judith, y John Relyea como Barbazul, tienen experiencia en sus respectivos papeles. Tanto que cantaron ambos sin partitura y semi-escenificando alguna de las escenas. La mezzosoprano americana tiene un material importante. Va bien en todos los registros y su volumen es suficiente para enfrentarse a la orquesta. El agudo es brillante e intenso, y se las arregló para marcar la evolución psicológica de una jovencita ingenua que paso a paso, con una curiosidad insistente, se va metiendo ella sola en la boca del lobo, aun consciente de que puede ser su final.

   La voz del barítono canadiense John Relyea es estentórea, de gran volumen e imponente por momentos. Sin embargo, el timbre no es atractivo y la emisión es heterogénea, con un registro grave enteramente desguarnecido y con el agudo bastante engolado. Pero lo que es un hándicap en papeles de ópera italiana, no lo es tanto aquí, donde la oscuridad de la voz le permite realizar una interpretación bastante convincente. Su caracterización del personaje de Barbazulmostró la clara evolución de un caballero encantador con su nueva novia, que paso a paso va tornándose más depresivo según va intuyendo que ésta correrá la misma suerte que las anteriores.

   En resumen, velada excepcional con claro protagonismo para orquesta y director, con solistas a muy buen nivel, y que a pesar de lo chocante que parecía juntar el ballet de Tchaikovsky con la ópera de Bartok, se ha saldado con un rotundo éxito.

Autor:Codalario
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