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Crítica: Pedro Halffter dirige 'Die Schweigsame Frau' en Múnich

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29 de octubre de 2014

A VUELTAS CON EL SILENCIO IMPUESTO

Por Alejandro Martínez

25/09/2014 Múnich: Bayerische Staatsoper. Strauss: Die Schweigsame Frau. Franz Hawlata, Brenda Rae, Daniel Behle, Tara Erraught, Elsa Benoit, Okka von der Damerau, Nikolay Borchev y otros. Pedro Halffter, dir. musical. Barrie Kosky, dir. de escena

   Cuando todavía no se ha decidido su continuidad o no al frente de la Orquesta Sinfónica de Sevilla, Pedro Halffter tomaba la batuta en Múnich como director invitado para hacerse cargo de una tanda de representaciones de La mujer silenciosa de Richard Strauss, una obra que ya dirigió en Sevilla allá por 2009, con una producción de Marco Arturo Marelli. EStamos sin la menor duda ante una obra a reivindicar, aunque su suerte a lo largo del siglo XX haya sido tan desigual.

   Y es que grandes y a veces crueles paradojas tiene la historia, por cierto: hubo de caer casi en un completo olvido precisamente una obra que gira sobre un libreto del malogrado Stefan Zweig, a la sazón con un argumento acerca del silencio y la música. De algún modo esta partitura de Strauss, como tantas otras de otros compositores, la mayor parte de ellos judíos, cayó en el olvido tras la condena que impuso sobre ellas el régimen nazi. Bien es cierto que no fueron prohibidas las partituras de Strauss pero sí fue Zweig un autor sancionado y no en vano hubo de suicidarse éste exiliado en Brasil, en un final desasosegante como pocos. Se estremece pues el oyente cuando escucha entonar a Sir Morosus aquello de “Wie schön ist doch die Musik, aber wie schön erst, wenn sie vorbei ist!”, que podríamos traducir por “Qué hermosa es la música, qué hermosa es sobre todo cuando se termina”. Terrible paradoja, si pensamos en el final silencioso al que Zweig se vio condenado.

   Sea como fuere, estamos ante una obra con una clara vis cómica. No es sino una comedia de enredo, pero con ese singular poso straussiano, esa rara habilidad, tan bien predispuesta por el libreto de Zweig, para llegar a cuestiones muy hondas (el tema del silencio no es nada baladí) a través de desarrollos de apariencia más ligera e informal. La música de Strauss es en todo momento brillante y apenas le penaliza un tanto el relativo tedio de algunos momentos declamados en exceso. Brillan con luz propia multitud de instantes, como el primer monólogo de Morosus, su intervención en el segundo acto y su escena final, que es gloriosa en su escritura musical. También destacan los concertantes, tanto un espléndido sexteto al final del segundo acto como otro semejante hacia el final de la obra. Genial asimismo el minuetto que introduce al notario en escena.

   En conjunto estamos pues ante una música inteligente, irónica, con la dosis justa de chispa y frescura, pero al tiempo melancólica y capaz de emocionar con hondura. No falta asimismo una sutil y continuada parodia de la ópera italiana y sus códigos, ni tampoco una exigentísima parte para el tenor, como es marca de la casa en Strauss, incluso en sus partituras menos frecuentadas, como esta Schweigsame Frau o Daphne. El enredo que se va desarrollando recuerda también por momentos al que encontramos en torno al barón Ochs en Der Rosenkavalier. Una comicidad fácil, sí, pero que puede resultar fresca si cae en manos de un buen director de escena, como es el caso de Barrie Kosky, cuya producción estrenada ya en 2010 bajo la batuta de Nagano se reponía ahora.

   Kosky convierte la representación en un verdadero y brillante jolgorio. Posee su trabajo el tono exacto para dar lugar a situaciones de una comicidad franca e hilarante, pero sin perder de vista ese doble juego tan típicamente straussiano entre lo serio y lo cómico que antes apuntábamos. Maravilla ya esa forma tan genial de presentar en escena a la compañía de ópera que trae consigo Henry a casa de su tío. Kosky no dispone otra cosa que un desfile de una veintena larga de los principales personajes del repertorio: vemos así una Valquiria y junto a ella a Rigoletto, a Butterfly, a Escamillo, a Traviata, a Tosca, a Falstaff, a Otello ¡y hasta un cisne!. Brilla también la caracterización de las pretendientes que son presentadas a Morosus en el segundo acto. Y es hilarante toda la resolución del tercero, convertida la casa de Morosus y Aminta en el típico apartamento de un nuevo rico con un gusto horrendo. Kosky adereza todo con una esmeradísima dirección de actores, lo que redunda en una constante e inspirada comicidad. Estamos sin la menor duda

   Halffter mostró con su trabajo que es un director con oficio, un punto rutinario, seguramente, pero capaz de sacar adelante su trabajo con equilibrio, sin estridencias y con un resultado global muy convincente. Falta en su batuta la personalidad de los grandes pero tiene a cambio la virtud de una solvencia pocas veces falible. A su dirección le faltó ironía y mordacidad, de cara a lograr una mayor complicidad con la escena. Brilló mucho más su acompañamiento en las páginas de lirismo más inflamado y melancólico, esto es, el segundo acto y el final de la obra. A nuestro juicio, suceda lo que suceda con él en Sevilla, Halffter debiera abundar en este perfil de director invitado en grandes teatros en lugar de encasillarse en España, sin más ambición que mantenerse inamovible en una plaza. Seguramente a quien menos bien le haga seguir en Sevilla sea a él, si es que aspira a una trayectoria internacional de cierta ambición. Como era de esperar la orquesta titular de la Bayerische Staatsoper respondió con un sonido de lujo, verdaderamente brillante y de una riqueza en la textura de las cuerdas que pocas veces se escucha hoy en día. Esta orquesta brinda exactamente el sonido que hace todavía más grande la música de Strauss.

   Franz Hawlata, que ya protagonizase esta ópera con Halffter en Sevilla, siempre ha sido un solista de emisión imposible, con un timbre entre lo plebeyo y lo ingrato. Pero tiene oficio y en escena sabe resolver su papel con sobrada y convincente desenvoltura. Se trata además de una parte, la de Sir Morosus, con constantes pasajes hablados o declamados, lo que permite poner entre paréntesis su habitual inconsistencia vocal. En cualquier caso, nos sorprendió lo bien que entonó su última y hermosa escena, el “Wie schön ist doch die Musik”, con una linea cuidada y una emisión más redonda y firme de lo habitual en él.

   Brenda Rae es una cantante muy completa y a la que convendría seguir la pista: no sólo es una muy convincente actriz sino que además posee un instrumento grande, bien timbrado y extenso, que maneja casi a placer. No en vano sirvió con absoluta solvencia y convencimiento a la exigente parte de Aminta, una parte que recuerda por momentos a la escritura vocal de Zerbinetta. No es de hecho el único parentesco entre esta Schweigsame Frau y Ariadne auf Naxos, dos obras que requieren prácticamente la misma plantilla orquestal y que trabajan con un mismo código de orquestación y una común paleta de colores. Rae respondió a las exigencias infalible y afinadísima en el sobreagudo. Encontramos en ella mucho más que a la típica cantante de sobreagudos sin línea ni sensibilidad más allá de cuatro notas muy bien timbradas arriba. Conviene recordar que fue Diana Damrau quien estrenó en 2010 esta misma producción.

   Irregular el desempeño del tenor Daniel Behle, esforzado aunque con evidentes tensiones en el extremo agudo, donde se mueve constantemente su parte. Actor algo taimado, convenció tan sólo por momentos por el medido lirismo de algunas de sus intervenciones, aunque a su faena faltó por lo general firmeza y desahogo. Todo un lujo contar con Tara Erraught, Elsa Benoit y Okka von der Damerau entre el equipo de comprimarios, bravísimas en su actuación las tres. El colofón, de algún modo, a una representación muy redonda, homogénea en todos sus frentes y que la Bayerische Staatsoper ofrecerá en Streaming el domingo 5 octubre a las 18 horas a través de su web.

Fotos: Wilfried Hösl

Autor:Alejandro Martínez
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