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Philippe Herreweghe dirige la 'Pasión según San Juan' de Bach en el Auditorio Nacional

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9 de abril de 2015

INDISCUTIBLE (DISCUTIBLE) PARADIGMA

Por Hugo Cachero
Madrid. 29-03-2015, 19:00 horas. Auditorio Nacional de Música, Sala Sinfónica. Centro Nacional de Difusión Musical. Ciclo "Universo Barroco". Pasión según San Juan, BWV 245, Bach. Direción musical: Philppe Herreweghe. Collegium Vocale Gent. Thomas Hobbs, Tobias Berndt, Grace Davidson, Damien Guillon, Zachary Wilder, Peter Kooij. 

   La configuración del "mercado" que rodea a la interpretación de la música barroca nos brinda, tal vez más que en otros repertorios, la posibilidad de escuchar con una frecuencia apreciable en nuestro país interpretaciones que por derecho propio se han convertido en referenciales, modelos que se han erigido como paradigmas más allá de los gustos personales; la culpa, por así decir, la tienen las habituales giras que los grupos especializados realizan y que tienen a bien recalar en uno o varios puntos de nuestra geografía (y no menos culpa también de los programadores que saben, quieren -y presupuestos mediante, pueden- atraerlos). Por poner un ejemplo reciente, también en Madrid, un Vivaldi a cargo de Fabio Biondi entra dentro de esos paradigmas, y desde luego un Bach dirigido por Philippe Herreweghe es una cita a apuntar entre las imprescindibles para todo aficionado. Lógicamente, la crítica en estos casos viene a ser una cuestión de matices, porque hacer una enmienda a la totalidad sería presuntuoso (o ganas de destacarse oponiéndose al general consenso) y de difícil (imposibles hay pocas cosas) justificación con argumentos convincentes.

   Podría pensarse que esta introducción es una especie de autojustificación, como pidiendo perdón por adelantado, y algo de eso hay porque a la hora de escribir esta crítica me he sorprendido a mí mismo pensando la función del pasado día 29 de una forma que no es mero entusiasmo, reflejo del recuerdo de la misma como no enteramente satisfactoria. Nadie tenga miedo porque como digo las pegas son una cuestión de matices, que no invalidan en absoluto la versión ofrecida por el maestro belga, procedentes la mayoría de los cantantes solistas, que trataremos más tarde, pero que dentro de la labor propia del director se resumen en una interpretación un punto más que contenida, podría decirse que fría, si tenemos en cuenta la fuerza dramática que encierra la obra; en definitiva, creo que faltó teatralidad, en particular en la primera parte, la cual además por su brevedad (algo más de media hora) pedía una mayor tensión para atrapar con rapidez al espectador (cosa que nos tememos solo sucedió con muchos asistentes tras el descanso). No me refiero por supuesto al uso de efectismos o truculencias (impensables), sino la utilización de recursos lícitos que el maestro belga no desconoce (por ejemplo, la pausa sobrecojedora, de duración exacta, sin dejarse tentar por la emocionalidad fácil, que introdujo entre el Nº 31 y 32 -"E, inclinando la cabeza, expiró"-, perfecta); nos faltó algo más de esto. Reconozco sin mayor problema que esto es como se suele decir buscarle el pelo al huevo, ya que no hay otro aspecto que pueda ser atacado: una conducción con mano firme (que no autoritaria, no exite necesidad alguna) de orquesta y coro, unos tempi precisos (bien es verdad que otros directores tal vez hubieran optado por mayor rapidez en algunos momentos), contención en la ejecución dinámica... como venimos diciendo, una   propuesta convertida en paradigma.

  Donde hay lugar para pocos matices y mucho menos para pegas es en lo que respecta a la parte coral; 16 cantantes, cuatro por cuerda, fueron suficientes incluso en las grandes dimensiones de la sala para ofrecer una interpretación memorable de la partitura, alejada de la monumentalidad (con frecuencia retórica) que acompaña muchas veces a las lecturas de la obra; una lección de sincronía y articulación (sirva de ejemplo Wir haben ein Gesetz, Nº 21f, en estilo fugado). Muy bien en las diferentes corales y excepcionales sobre todo en las intervenciones en que asumen el papel del pueblo, en las rápidas frases con que preguntan con impaciencia a Pedro (Bist du nicht seiner Jünger einer? Nº 12b -"¿No eres tu uno de sus discípulos") o en la "conversacion" con Pilatos del Nº 16, la burla, maravillosamente descrita por la música, que destila Schreibe nicht: der Jüden König ("No escribas Rey de los Judíos"), del Nº 25b o el sorteo de la túnica del Nº 27b, Lasset uns den nicht zerteilen... todos ejemplos de ejecución limpia donde los planos musicales se superponen sin emborronarse. Al lado del coro, la orquesta igualmente impecable, donde debemos destacar en particular la sección de viento (muy bien en su acompañamiento a las arias Von den Stricken meiner Sünden -fagot y oboes- y Ich folge dir gleichfalls -traversos-) y mención también para el laud de Matthias Später y la viola da gamba de Romina Lischka en el continuo (la última, sensacional en Es ist vollbracht!).

 

   En lo que respecta a los cantantes solistas, en primer lugar Thomas Hobbs como el Evangelista lidió con su complicado e ingrato papel (por extensión, porque sobre sus hombros recae la parte narrativa de la obra y por carecer de arias donde poder lucirse) de manera más que satisfactoria, cumpliendo sobre todo con su cometido fundamental, que es el de "contar" la historia con una dicción clara y volumen y proyección suficientes, siendo sonoramente reconocido por el público en los aplausos finales. Su parte pues no puede ser juzgada desde un punto de vista estrictamente vocal, desligada del texto, por lo que su valoración debe por fuerza atender a lo global de su actuación; no obstante algunas frases se pueden destacar, como por poner un ejemplo en el Nº 18c ("Entonces Pilatos tomó a Jesús y le mandó azotar") con un estimable fiato; por contra, una mayor carga emocional en la narración de la crucifixión (Nº 25) habría mejorado la interpretación, aunque seguramente aquí habría que apuntar a Herreweghe, por todo lo que hemos comentado con anterioridad (intensidad sí presente en "Y he aquí que el velo del templo se rasgó", Nº 33). Y si ingrato es el papel del Evangelista, aún más lo es el de Jesús (Tobias Berndt, sustituyendo al anunciado Florian Boesch), cuya parte se caracteriza por intervenciones puntuales, frases icónicas, un papel necesario pero que en el fondo carece de protagonismo, como el del novio en una boda. Constatar la nobleza del timbre, perfectamente adecuada al personaje, y apenas en el recuerdo algún momento destacado ("Mi reino no es de este mundo", Nº 16e). El resto de solistas, que sí tienen mayor ocasión de desarrollar su canto, dejaron un regusto desigual. En la parte positiva, Peter Kooij, con una voz imponente muy adecuada para plasmar la autoridad del personaje de Pilatos, y competente en los momentos en que es más exigido por la coloratura (Eilt , ihr angefochtnen Seelen, Nº 24) aunque sus mejores momentos procedieron del aria Mein teurer Heiland (Nº 32), donde la voz se expandió más. También bien Zachary Wilder, otra sustitución, en este caso de Robin Tritschler, muy comunicativo, aunque la voz no es de una calidad especial y tiene irregularidades, se le vió muy implicado con su papel desde el principio, desarrollando un fraseo cuidado y destacando sobre todo en Erwäge, wie sein blutgefäbter Rücken (Nº 20), de tan difícil ejecución por sus frases graves, al terminal la cual fue obsequiado por un "¡bravo!" fuera de lugar. En la parte negativa, tanto Grace Davidson como Damien Guillon evidenciaron una voces pobres, de escaso volumen y aún más escasas intenciones, lo cual es de lamentar adicionalmente pues disponían de momentos de gran belleza, que desaprovecharon. En el caso de la soprano, salir sin pena ni gloria de un aria tan extraordinaria como Ich folge dir gleichfalls (Nº 9) no admite atenuantes, aunque mejoró algo en ZerflieBe, mein Herze (Nº 35), sin poder eliminar la sensación de estar más atenta al director que a cantar en sus intervenciones. De igual forma el contratenor francés tampoco dejó un recuerdo memorable, aunque por quedarnos con lo positivo, en  Es ist vollbracht! (Nº 30) pudo dejar constancia de su facilidad para subir al agudo y cantar aseadamente en las largas frases de la primera sección, lo que contrasta con los problemas con la coloratura y el acompañamiento orquestal más voluminoso en la segunda sección.

   Merecido éxito en un Auditorio Nacional al borde del lleno, éxito anticipado que es también un reconocimiento a una de esas figuras verdaderamente grandes que apesar de serlo no están exentas de crítica, e incluso puede que en su caso sea más necesaria aún, puesto que solo es posible pedir la perfección a quien se acerca a ella. Y porque todo es discutible. Incluso lo indiscutible, por suerte.

Autor:Hugo Cachero
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