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Crítica: Philippe Jordan dirige «Los maestros cantores de Núremberg» de Wagner en el Festival de Bayreuth 2019

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9 de agosto de 2019

El tendido del 7 también bravea y aclama toros inválidos y afeitados

Por Pedro J. Lapeña Rey
Bayreuth. 31-VII-2019. Festpielhaus. Los maestros cantores de Núremberg (Richard Wagner). Michael Volle (Hans Sachs), Günther Groissböck (Veit Pogner), Emily Magee (Eva), Klaus Florian Vogt (Walther von Stolzing), Daniel Behle (David), Wiebke Lehmkuhl (Magdalena), Tansel Akzeybek (Kunz Vogelgesag), Johannes Martin Kränzle (Sixtus Beckmesser), Armin Kolarczyk (Konrad Nachtigall), Daniel Schmutzhard (Fritz Kothner), Paul Kaufmann (Balthasar Zorn), Christopher Kaplan (Ulrich Eisslinger), Stefan Heibach (Augustin Moser), Ralf Lukas (Hermann Ortel), Andreas Hörl (Hans Schwarz), Timo Riihonen (Hans Foltz), Wilhelm Schwinghammer (un sereno). Orquesta y coro del Festival de Bayreuth. Dirección Musical: Philippe Jordan. Dirección de escena: Barrie Kosky.

   Bayreuth. De nuevo Bayreuth. Hacía nueve años que no iba a la Colina Verde. Recuerdo la imponente visión del Festspielhaus en su alto, al bajarte del tren. No fue así esta vez. Obras y construcciones diversas lo impidieron. Signo inequívoco del paso del tiempo.

   No hace falta decir que las visitas a la Colina Verde son una especie de peregrinación. Cualquier wagneriano de pro aspira a ir allí al menos una vez en la vida. Con los años, incluso es más sencillo. Mi primera vez tardé diez años en conseguir la dichosa carta en la que «te premian» con poderte gastar una media de 200-300 € por entrada para asistir al rito. Las nuevas tecnologías y la omnipresencia de Internet han hecho las cosas más fáciles y hoy en día, si te lo propones, es relativamente fácil el conseguir entradas.

  Aun así, Bayreuth no deja de ser un festival incómodo, al menos cuándo viajas desde la península Ibérica. A los consabidos aviones y trenes qué hacen que en el mejor de los casos tardes 7 u 8 horas en llegar, se le suma que una vez allí, vives casi en exclusiva para el festival. Bayreuth es una ciudad de provincias dónde hay pocos planes alternativos. Una vez has cumplido con las visitas a Wahnfried, al teatro de los Margraves, a la fábrica de pianos Steingraeber & Söhne, y al palacio del Eremitage, poco más queda que hacer. Si quieres visitar alguna de las ciudades atractivas de los alrededores cómo Bamberg o Ratisbona tienes que pegarte un buen madrugón, porque hay que coger el tren de vuelta a la 1 de la tarde como límite, para no perderte la función. Así las cosas, la “peregrinación” se reduce a las funciones, por lo que si en cualquier viaje que te planteas esperas lo mejor, aquí aún más. Sin embargo, ya sabemos lo complicado que es cuajar funciones redondas, y es lo que tuvimos aquí.


   Aunque en general, para asistir al Festival no se necesitan demasiadas razones, en esta ocasión había varias. La primera era comprobar en vivo y en directo si la producción del australiano Barrie Kosky de los Maestros cantores de Núremberg era tan buena como nos la habían pintado. La segunda era que nos encontrábamos ante la última ocasión para ver el Tristan e Isolda de Katharina Wagner, de críticas mucho peores pero que contaba con la dirección musical de Christian Thielemann. Y una vez puestos en viaje, conseguimos entradas para Parsifal -nunca hay que perder la ocasión de verlo allí- y para Lohengrin, también con el Sr. Thielemann a la batuta. Como es habitual, fue imposible conseguir para la producción que se estrenaba este año, en este caso Tannhäuser. De Parsifal y Lohengrin ya ha hecho excelentes reseñas mi compañero Raúl Chamorro, y aun habiendo visto funciones distintas con algún pequeño cambio de reparto, poco más hay que añadir. Vamos de momento con los Maestros, y a continuación con el Tristán.

   La función del 31 de julio era la segunda de las seis programadas en esta edición. A priori, el elenco era interesante, y la única alteración que sufrió fue la presencia el en papel de Eva de la americana Emily Magee, que sustituyó a la inicialmente anunciada Camilla Nylund.

   Una vez vista en directo, podemos poner claramente las cartas sobre la mesa. La producción del Sr. Kosky es la mejor producción que he visto nunca en Bayreuth. Cómica sin caer en lo grotesco, visualmente esplendorosa, con toques de ingenio por doquier, y con una tremenda carga de profundidad sobre la siempre compleja relación entre Alemania y los judíos, y que en esta ocasión, el director de escena australiano lleva mucho más allá de lo obvio. Por una vez, no fue necesario tener libro de instrucciones para ir recibiendo una tras otra todas las ideas planteadas. Por una vez, nos reconfortamos con la brillante escenografía de la berlinesa Rebecca Ringst que te transporta del salón principal de la villa Wahnfried con sus estanterías pobladas de libros, y cuadros de Beethoven, Wagner o Cosima en sus paredes y suelo, a la del Palacio de Justicia de Nuremberg, donde transcurren los dos últimos actos. Por una vez, un vestuario ecléctico como el diseñado por Klaus Bruns no te hace mirar para otro lado, sino que te va metiendo en la producción de manera irresistible a pesar de lo discutible que pueda parecer mezclar los antiguos ropajes de los maestros, con los actuales de buena parte del coro. Todo ello aderezado por la estupenda iluminación -por fin una producción que no es negra- del francés Franck Evin e imbricado hasta el más mínimo detalle -se nota el rodaje de la producción, es éste su tercer año- por la magistral dirección escénica del propio Barrie Kosky.      


   El Sr. Kosky enfrenta a Wagner con la cuestión judía a través de diversos episodios. En la propia escena inicial, un Wagner convertido en Hans Sachs, acompañado por Eva-Cosima y Pogner-Liszt, castiga a un Beckmesser reconvertido en el director judío Hermann Levi, responsable en 1882 del estreno de Parsifal. En el coral posterior, Wanhfried se transforma en la iglesia donde los asistentes regañan a Beckmesser-Levi por no arrodillarse, y en la escena de la trifulca del final del segundo acto, un globo gigantesco con la cara de un Wagner con barba, protuberante nariz encorvada y gran kippa con la estrella de David se eleva sobre la cabeza de un Beckmesser apaleado por la multitud. El punto culminante de la producción aún estaba por llegar. En la escena final, Hans Sachs no termina rodeado por el pueblo ni por el resto de los maestros invocando al noble arte alemán. Barrie Kosky desnuda el escenario - el Palacio de Justicia de Nuremberg- donde solo permanece Wagner-Sachs en el atril de los acusados. Comienza a desgranar su monologo, y cuando está terminando, de la parte posterior del escenario surge una orquesta. Instantes después, se da la vuelta y comienza a dirigir el final de la obra en una suerte de redención final. Esa música de Wagner es la que vive, permanece y hace disfrutar a millones de personas por todo el orbe. Es ella la importante y no el personaje. Es ella la que le redime. Absolutamente magistral, inteligente, con fuerza, impactante, que demuestra que se pueden hacer producciones, con toda la carga que se quiera, donde prime la belleza, y que no sean ni oscuras ni pertenecientes al «Partido feísta».


   Musical y vocalmente no alcanzamos estas cotas, bien es verdad que salvo un lunar concreto, las líneas generales fueron de lo bueno a lo realmente notable. La dirección musical corrió a cargo del maestro francés Philippe Jordan, quien nos fue administrando dosis de cal y arena a lo largo de toda la función. La obertura fue primorosa, ágil, de claridad meridiana. Sin embargo, a partir de ahí, en su lectura primó más la fluidez y el lirismo, que la carga dramática. Hubo naturalidad, los cantantes estuvieron arropados y la orquesta sonó estupenda, pero echamos en falta un poco más de intensidad y de garra, que saltaran chispas que nos movieran del asiento. El segundo acto transcurrió por parámetros similares, bien es verdad que se alcanzaron cotas más altas en la escena del dúo entre Sachs y Beckmesser, y que en la escena de la pelea nocturna, hubo el necesario equilibrio y control, legándonos un bellísimo final mientras el globo con la cara de «viejo judío» de Wagner se desinflaba. El tercer acto tuvo más nivel y fue mucho más homogéneo. El Sr. Jordan perfiló un precioso preludio en el que casi flotamos, donde el lirismo empezó a aflorar ya no con cuentagotas sino de manera continua. La preparación y el acompañamiento del quinteto fueron de primera, y de ahí al final no bajó la guardia. La orquesta rayó a un altísimo nivel durante toda la función. La cuerda tuvo fuego cuando se le pidió, lirismo y claridad de principio a fin. Enormes los metales, salvo un par de leves pifias, y claras e intensas las maderas. El legendario Coro del Festival volvió a estar sublime. Su director Eberhard Friedrich demuestra año a año que mantiene el nivel de los míticos Wilhelm Pitz y Norbert Balatsch.

   Del elenco vocal sobresalieron el Hans Sachs-Wagner de Michael Volle y el Pogner-Liszt de Günther Groissböck. De hecho, el flojo primer acto lo mantuvo éste último casi en solitario. Su canto noble y entregado, rotundo y bien fraseado, aunque con no demasiada fantasía, solo se vio penalizado por las últimas notas de su registro grave. El otro debe que a veces le ponemos, su paso al agudo apretado y escaso de proyección y sonoridad, no se nota tanto en este papel. Michael Volle por su parte, pasó de puntillas por el primer acto, pero desde el arranque del segundo emergió como un puntal. Su voz nunca ha tenido una atracción inmediata, pero siempre ha sido consistente. Según avanzaba la representación se fue soltando, ganando peso en cada frase. Su identificación con el papel fue enorme, tanto que, al cantar los dos últimos actos sin reservarse nada, llegó al «Verachtet mir die Meister nicht» final con lo justo. Daba igual. Ya nos había ganado para su causa. Algo similar a lo de Johannes Martin Kränzle, excelente actor, un gran Levi-Beckmesser, con voz suficiente, con carisma en escena y con un fraseo variado, pleno de matices.

   Si hace poco más de tres meses destacábamos el Walther von Stolzing de Klaus Florian Vogt en la Festtage berlinesa, cuando a última hora fue llamado para sustituir a un enfermo Burkhard Fritz, en este caso ha sido todo lo contrario. Por el contrario, en esta ocasión pasó por los dos primeros actos a hurtadillas. Imposible imaginar como una joven Eva pueda enamorarse de alguien así. En el tercer acto timbró alguna frase, pero el fraseo fue plano -eso sí, con una dicción alemana perfecta como se encargó de recordarme una espectadora- y sin salirse de la franja central. En su canción del premio no hubo agudos. El Sr. Vogt se limitó a marcar el último con un falsete brevísimo, estrangulado y sin proyección. Fue tan lamentable, que a su lado, un tenor pobre y discreto como Daniel Behle, responsable del rol de David, mucho mejor actor que cantante, parecía un auténtico heldentenor. Su timbre, aun siendo pobre, no es blanquecino, y suena a tenor.


   La neoyorquina Emily Magee, la Eva de la pasada edición, fue llamada a última hora para sustituir a una Camilla Nylund enferma. Su actuación fue digna, aunque poco más que discreta. Su imagen matronil está lejos del ideal que tenemos de Eva y su voz fue por los mismos derroteros. Dentro de la dicotomía que planteó el Sr. Kosky, la Magee fue más Cosima que Eva. Por su parte, la Magdalena de Wiebke Lehmkuhl, de voz consistente y expresión juvenil, fue perfectamente adecuada.

   El público siempre es soberano y no seré yo quien lo ponga en duda. Además, se supone que Bayreuth es la cátedra wagneriana por antonomasia. Algo similar a lo que es la Plaza de las Ventas en el mundo del toro. Sin embargo, todo el mito se me desplomó en unos segundos. Tuve la misma sensación que si en la Plaza de las Ventas, el Tendido del 7 hubiera ovacionado de igual manera a toros bravos con trapío que a otros afeitados e inválidos. Las esperadas y merecidas ovaciones a los Sres. Volle, Groissböck o Kränzle, fueron similares y en algún caso menores que las recibidas por el peor Klaus Florian Vogt que recuerdo. Sabíamos que éste jugaba en casa, pero en Bayreuth esperábamos un público con algo mas de criterio. Es difícil de comprender que quienes se supone que han visto y ven a los mejores cantantes del orbe wagneriano, sitúen en ese mismo nivel a una prestación tan lamentable como la de esta función. Algo similar ocurrió cuando saludó Philippe Jordan, aunque en este caso es más entendible, ya que su prestación, aun siendo discutible por momentos, tuvo solvencia y fue claramente a más durante la representación.

Foto: Enrico Nawrath

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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