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'En la muerte de Pierre Boulez'. Por David del Puerto

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6 de enero de 2016

El compositor español David del Puerto escribe una semblanza muy personal de Pierre Boulez, quien en su día le encargó una obra.

EN LA MUERTE DE PIERRE BOULEZ

David del Puerto, compositor.
La noticia de la muerte de Pierre Boulez me ha sorprendido escuchando La mer de Debussy bajo su dirección. Puede ser una mera anécdota, pero revela hasta qué punto el conjunto de la obra del maestro se había convertido en terreno cotidiano para cualquier músico. De la obra de Boulez hay que hablar en plural, metiendo en la cesta su trabajo como director, como compositor, como organizador, gestor y agitador de la vida musical, y como escritor de intensos y en ocasiones iracundos textos sobre música. No es ésta la ocasión de hacer atropelladamente una revisión que el tiempo hará a la velocidad adecuada, pero sin duda estamos ante una figura de la que no es posible, ni deseable, considerar aisladamente los distintos aspectos de su trabajo. En el autor del monumento vocal y orquestal que es Pli selon pli  se tensa la misma fibra que en el director del legendario (y controvertido) Anillo wagneriano de 1976 en Bayreuth; entre las líneas quebradas de la contralto en Le marteau sans maître fluye la misma savia que hizo florecer primero el conjunto Le domaine musical, luego el Ensemble InterContemporain e inmediatamente después el superdotado centro Ircam, verdadero buque insignia de la vanguardia musical durante décadas. Su actividad infatigable, su carácter exigente hasta el límite frente a los intérpretes, suverbo incisivo hasta la ofensa, incluso su fama de autoritario, le acompañaron toda su vida - desde su juventud, en la que encarnó a la perfección el papel del enfant terrible prototípico -, hasta convertirle en una leyenda venerable. Pero este despliegue polifacético y tormentoso no ocultó de ningún modo la cara amable de un hombre de gran generosidad, siempre alerta a la juventud, a las generaciones sucesivas que se iban incorporando a la profesión musical.

   Mi contacto personal con él fue rápido, fulgurante, como lo era su persona: En el año 1987, tras la interpretación de una obra mía en Paris, seleccionada por el Ensemble InterContemporain para unas jornadas de música española, se me acercó con una sonrisa abierta, enormemente simpática y, saltando por encima de mi ataque de timidez, me declaró su interés por mi trabajo y me propuso escribir una obra nueva por encargo del EIC. La conversación fue tan cordial por su parte como entrecortada y seguramente hosca por la mía, debido a una actitud en la que se mezclaron la sorpresa, el desconcierto y la timidez (realmente era mi segunda salida al extranjero presentando mi música, y no me esperaba en absoluto semejante resultado), pero el proyecto quedó sellado. Esto fue para mí el ingreso en la élite de la música contemporánea del momento, me valió entrar de inmediato en una editorial francesa y ser rápidamente invitado a unos cuantos festivales de renombre. La obra se estrenaría en 1989, con algunos problemas de interpretación debidos a un desafortunado malentendido (que no viene al caso contar) con el director invitado, mientras  Boulez escuchaba el concierto entre el público. Conversamos después del estreno, y me fue fácil deducir que estaba al tanto de ese malentendido que había tenido lugar en el proceso de ensayo de la obra.Yo estaba, naturalmente, bastante desencantado por las circunstancias adversas, pero también lo suficientemente “entero” como para apreciar y valorar la cariñosa actitud con la que se me dirigió tras el concierto.

   Años después - mi camino se había alejado ya mucho de las ideas estéticas que habían llamado la atención del maestro en aquel encuentro -, una breve obra de Boulez, Dérive 1, vino a tocar a mi puerta y llamarme poderosamente la atención. Recuerdo algunas discusiones, de esas que duraban días, con Jesús Rueda y Javier Arias, sobre todo durante una estancia en París, con la partitura de Dérive delante… Algo encerraba aquella música que nos parecía ausente en tantas otras decenas de obras de la contemporaneidad al uso. El maestro dictaba una lección de precisa belleza que hacía creíble aquel propósito suyo de la síntesis de Debussy y Webern, y desde luego a mí me abrió el camino que me acercaba más y más al primero de los dos…

   Boulez fue un hombre en constante revisión. Él hablaba de transgresión, pero esa actitud comportaba también – o sobre todo - una rebeldía frente a sí mismo: nadie en el SXX se ha contradicho, o desdecido, tanto a lo largo de su carrera: el hombre que rechazó con virulencia sin igual la música de Stravinsky acabó siendo el más comprometido intérprete de ella; el flagelador de Janacek (compositor al que había sentenciado como carente de oficio) acabó llevando de gira con el EIC la música de cámara del maestro checo, convirtiéndose en uno de sus grandes divulgadores; si Bartok o Schoenberg fueron objeto de su ácida palabra al principio de su carrera, Boulez se convertía con los años en uno de los intérpretes imprescindibles de estos dos compositores… En fin, esta misma renovación constante de sus propias opiniones sobre todo y sobre todos, nos pone al descubierto unvolcán, a veces tan intransigente como impredecible, cuya lava se ha derramado sobre toda la música de nuestro tiempo, marcándola, literalmente, a fuego. El fuego de un espíritu imparable que nos ha dejado en la víspera de Reyes del año 2016.Creo que ahora mismo sólo cabe tributarle una buena dosis de cariño, reconocimiento y admiración. Hasta luego, maestro Boulez.

David del Puerto, 6 de enero de 2016

Autor:David del Puerto
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