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Crítica: Pierre Dumoussaud dirige a la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
31 de enero de 2017

"DI PASSAGGIO"

   Por Beatriz Cancela
Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia 27-I-2017. Concierto de temporada. Real Filharmonía de Galicia. Director: Pierre Dumoussaud. Viola: Yuval Gotlibovich. Obras de Mendelssohn y Berlioz.

   Cuántas obras inspiraron aquellos grandes viajes que fueron tan habituales entre los artistas románticos. En el caso del concierto de esta pasada semana de la Real Filharmonía de Galicia (RFG) fue Italia la gran protagonista, nexo de unión y epicentro de las obras que configuraron el programa.

   Roma sería el lugar donde se conociesen dos de los grandes románticos que fueron Mendelssohn y Berlioz. El primero, alemán, músico completo, profundo humanista de carácter comedido y prudente, tendente a aquel estilo cómodo y hogareño acuñado como Biedermeier, que impregnaría el centro de Europa. El otro, francés, formado a sí mismo y criado en una familia de claras ideas liberales, opuesto a los dogmas clásicos de orden y moderación y tildado como el primero de los románticos franceses. Dos opuestos aunque no por ello irreconciliables. Berlioz mostrará admiración por Mendelssohn, con el que pasaría gratos momentos en la capital italiana: "Él ha sido mi guía en todo. Todas las mañanas iba a buscarlo, me tocaba una sonata de Beethoven, cantaríamos Armide de Gluck (...). Mendelssohn es una de esas almas puras que se encuentran muy raramente".

   Pero por encima de todo ambos fueron las figuras más representativas de este período en lo que concierne al tratamiento de la orquesta. Desarrollarían importantes carreras como directores y, aunque la historia a veces se muestra demasiado superflua, recordará a Mendelssohn como uno de los primeros en asir una batuta, aunque el nieto del gran filósofo Mosés Mendelssohn aplicaría a la orquesta grandes matices, técnicas y conceptos que aportarían gran precisión. En el caso de Berlioz su contribución fue de mayor efectismo, ampliando en gran medida el número de músicos, como indicaba el crítico Oscar Comettant, su música era grandiosa, desbordante de poesía, dotada de una gran originalidad para tratar los acentos de una melodía voluptuosa, fantástica, brillante, ardiente o apasionada pero siempre bajo la sombra del genio.

   El francés Pierre Dumoussaud fue el encargado de encarrilar esta tournée que discurría por una Italia vista desde dos prismas diferentes aunque coetáneos. Su incipiente carrera como director está localizada en Francia principalmente con alguna incursión a los Países Bajos, Hungría y ahora a España. Y pese a su juventud entró con paso firme, mostrando elegancia, soltura y clase en la dirección, aunque quizá el hecho de tratarse de obras tan conocidas y universales en el repertorio romántico, echamos en falta cierto riesgo a la hora de afrontarlas. Dumoussaud parecía sentirse cómodo con la orquesta y su complaciente sonoridad y optó por quedarse en un estadio de confort y seguridad sin aprovechar la oportunidad de ofrecer un tratamiento diferenciado en cada una de las obras, resultando una velada lineal.  

   La Sinfonía número 4 en La mayor, op. 90 "Italiana" (1833) de Mendelssohn pertenece al grupo de obras en las que la RFG se siente desahogada, por ello destiló en todo momento armonías plenas bajo un tempi cómodo en el que perspicaces violines discurrían unidos, sugestivos violonchelos y contrabajos concurrían con sus notables juegos de ostinatos y pizzicatos y las trompas, con una sonoridad nítida y cálida enfatizaban con suavidad los acordes más llenos. Quizá echamos en falta cierta animación, especialmente en el último movimiento, Saltarello, inherente al propio título.

   Y reemplazando a Tasso Adamopoulos, que según informaba a mediados de semana el Auditorio de Galicia había sufrido un accidente durante los ensayos, el viola Yuval Gotlibovich se disponía a ejecutar Harold en Italia, op. 16 (1834) de Berlioz, que no habría terminado de convencer a Paganini en su momento. Siguiendo el vínculo con el país mediterráneo, es también en Roma donde Berlioz se aproxima a Las peregrinaciones de Childe Harold de Lord Byron, que posteriormente sugerirá la obra. El viola israelí nos dejó momentos de un dramatismo sublime principalmente con unas cristalinas melodías en un frágil pianísimo o discurriendo parejo al arpa logrando un efecto de gran belleza. Aún así, y suponemos que a causa del escaso tiempo de ensayo, hubo momentos dubitativos y ciertas desavenencias con el fagot o incluso con el director, que por momentos semejaba olvidarse del solista que quedaba sepultado sobre la orquesta.

   El propio Berlioz ante la adición de músicos a la orquesta se defenderá diciendo que "el prejuicio vulgar, afirma que las grandes orquestas son ruidosas, pero si están bien equilibradas, bien entrenadas y bien dirigidas, y si ejecutan música auténtica, más bien debe afirmarse que poseen mucha fuerza". En definitiva, se trata de un complejo engranaje donde todos los elementos son esenciales para el correcto funcionamiento, aunque en el caso de la música también tenemos que añadir el elemento expresivo y el carácter artístico o personalidad del propio director, algo que echamos en falta en los últimos conciertos de la RFG.

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