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Crítica/Audio: Plácido Domingo protagoniza «Nabucco» de Verdi en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

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8 de diciembre de 2019

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Viva Verdi y Forza Plácido Domingo

Por Raúl Chamorro Mena
Valencia. 5-12-2019. Palau de les Arts «Reina Sofía». Nabucco (Giuseppe Verdi) Plácido Domingo (Nabucco), Anna Pirozzi (Abigaille), Riccardo Zanellato (Zaccaria), Arturo Chacón Cruz (Ismaele), Alina Kolosova (Fenena), Sofía Esparza (Anna). Coro y Orquesta de la Generalitat Valenciana, titulares del Palau de les Arts. Dirección musical: Jordi Bernácer. Dirección de escena: Thadeuss Strassberger

   Plácido Domingo volvía a subirse a un escenario en España, esa España cuyo nombre ha paseado por el Mundo, después de las acusaciones en que se ha visto envuelto en los últimos meses. «Lei é Messicano» le inquiría el locutor de la RAI aquel 7 de Diciembre de 1969 con ocasión de su debut en el Teatro alla Scala con Ernani. «No, sono spagnolo natto a Madrid» fue su contundente respuesta. También ha difundido nuestra música, pues ha llevado el género lírico nacional por todo el orbe. Por encima de filias y fobias, virtudes y defectos, todo esto es un hecho incuestionable, como lo es que estamos ante un mito de la Ópera, de cuando aún el género se escribía con mayúsculas. Artista incombustible, una auténtica fuerza de la Naturaleza, de una longevidad inusitada, con unas energías y capacidad de trabajo inaudita para su edad, parecía un tótem inabordable. 

   Pues bien unas acusaciones, la mayoría anónimas, de supuesto acoso sexual y abuso de poder por unos sucesos presuntamente ocurridos hace 30 años han hecho tambalear el mito. Desde luego, el que suscribe está totalmente en contra de cualquier acoso sexual y abuso de posición dominante. No puede haber algo más deleznable y debe ser perseguido y erradicado con todo rigor. Eso sí, hemos de reflexionar también, si una sociedad moderna, un estado de derecho del siglo XXI puede soportar la secuencia acusación en prensa, inmediata condena implacable sin proceso judicial alguno y con desprecio absoluto por la presunción de inocencia, principio básico de un Estado democrático en el que debe imperar el orden legal, verdadera base de un Estado democrático de Derecho, por encima de votar cada cierto tiempo. ¿Se puede acabar con una inmensa reputación labrada durante 50 años en un suspiro, sin pruebas ni proceso judicial alguno? O, al menos, con una investigación de los teatros sería, rigurosa, con contradicción entre las partes y pruebas tangibles. Reflexionemos todos. Si pueden acabar con todo un Plácido Domingo, cualquiera puede ser presa fácil de una caza de brujas. Afortunadamente, en Europa aún se mantienen unos principios y garantías.


   Después del fallecimiento de su esposa y dos hijos, un Giuseppe Verdi abatido y a punto de tirar la toalla consigue con Nabucco el relanzamiento de una carrera deslumbrante, fundamental en la ópera italiana y Mundial, pues con el tiempo, el genio de Le Roncole llegó a convertirse en el músico que más evolucionó en más de 60 años de gloriosa trayectoria artística. Nabucco (Milán, Teatro alla Scala, 1842) pertenece a un género tradicional como el trágico-sagrado, pero resultó un éxito apoteósico y se asoció enseguida, en principio sin pretenderlo el autor, - pero lo aprovechó y se «dejó llevar»-, especialmente el coro de esclavos hebreos «Va pensiero», en un elemento esencial del movimiento Risorgimentale.

   Domingo ha sido fiel al proyecto lírico valenciano del Palau de les Arts desde su inauguración, capiteando, además el centro de perfeccionamiento para jóvenes cantantes líricos. Desde su primera frase «Di Dio che parli?», pudo apreciarse un timbre aún sorprendentemente íntegro, que ha perdido algo de pujanza, pero totalmente reconocible, con notas bellas, de color tenoril, por supuesto, porque nunca será un barítono, sino Plácido Domingo cantando papeles de dicha cuerda. La personalidad, los acentos, esa autoridad en escena (se arrodilla, se lanza al suelo...) asisten a un Domingo sin aire a sus casi 79 años de edad, con una gran habilidad para resolver las largas frases verdianas con un aliento cada vez más mermado. Más apurado en «Chi mi toglie il regio scettro?», magnífico, sin embargo, en lo dramático y vocal, con esa musicalidad innata de siempre, en el gran Dúo del tercer acto con Abigaille, en el que las frases del cantabile «Oh di qual onta aggravasi» tuvieron la intensidad requerida.

   Después de un vibrante recitativo («Son pur queste mie membra»), el hermoso cantabile spianato que es el aria «Dio di Giuda» cantado por un Domingo en posición horizontal sobre el escenario, una pieza con frases largas, notas mantenidas, la falta de aire, el fiato alicorto del veterano divo tuvo como consecuencia irremisible una línea de canto dislocada. Hubo momentos que parecía que la emisión iba a colapsar, pero no, esa fuerza de la Naturaleza se resistió a claudicar, finalizó el aria y obtuvo una ovación estruendosa del público. En fin, un fenómeno insólito, que fue ovacionado de manera entusiasta por el público soberano, no sólo como desagravio y agradecimiento a su fidelidad con Les Arts, sino por lo que aún es capaz de ofrecer sobre un escenario.


   Con el temible papel de Abigaille, Giuseppe Verdi no sólo acaba con la vocalidad de la soprano angelicato típica del romanticismo, si no que abre camino a una serie de papeles de su producción temprana, Elvira, Lucrezia Contarini, Odabella, Lady Macbeth..., con los que da una vuelta de tuerca a la vocalidad soprano assoluto o drammatica d'agilitá. La escritura vocal de Abigaille es onerosísima, trufada de tremendos saltos interválicos, incluido uno de dos octavas en el recitativo «Ben Io t'invenni» previo a su aria del segundo acto. A ello se suma abundante coloratura di forza, largos periodos de fraseo en la zonas extremas de la tesitura y en las que tiene que enfrentarse a una orquestación copiosa y agresiva, así como expresión fiera, aguerrida, con unos acentos que se acercan a la masculinidad, todo ello, por supuesto, sin olvidar el canto legato, la morbidez y flexibilidad, así como los momentos de canto elegíaco y expresión patética. Su salida «Prode guerrier!», y el cantabile encendido, vibrante, molto agitato «Io t'amava...» es ya un ejemplo de la temible exigencia de este papel.

   Anna Pirozzi cuenta con una voz de calidad, caudalosa, bien timbrada, con centro ancho y corposo, grave desguarnecido y buena extensión en la zona alta, aunque el agudo extremo acusa cierta acidez y estridencia. Canta correctamente, pero al fraseo le faltan matices, incisividad y variedad, así como la ausencia de calor, de temperamento y grinta es sorprendente para una cantante italiana. Destacar, cómo no, la valentía en la cabaletta «Salgo già del trono aurato», de la que Pirozzi cantó las dos estrofas con tremendos ascensos al sobreagudo, un punto forzados y abiertos, pero atacados con determinación. Desde luego hay que valorar una Abigaille cantada con solvencia y una voz de calidad, pero en mi opinión un tanto aburrida, falta de garra y carisma.


   Riccardo Zanellato no es bajo ni en sueños, luce un instrumento modestísimo, pobretón, por lo que su Zaccaria carece de la autoridad consustancial a este líder fanático. Su mejor momento lo encontró en el aria «Tu sul labbro». Muy interesante el material de Alina Kolosova al servicio de una Fenena sensual y de exultante juventud. Arturo Chacón Cruz y su voz justita de caudal y timbre grato se adaptó bien al secundario papel de Ismaele.

  El montaje de Thadeuss Strassberger, una coproducción de varios teatros norteamericanos, recrea una representación de la época del estreno de Nabucco. El ujier enciende las lámparas de aceite, los soldados austriacos, la nobleza y militares de alta graduación situados en los palcos de proscenio permiten evocar el paralelismo entre la situación de los hebreos en Nabucco y los italianos del Norte bajo dominio austríaco, así como la presencia ostentosa y amenazante del ejército invasor y aristocracia austríaca en La Scala del momento del estreno. Cartón piedra, papeles pintados con un incipiente sentido de la perspectiva y vestuario espectacular de época nos retrotraen al estreno y nuestra vista lo agradece. En los saludos finales los artistas rechazan las flores que les ha arrojado la nobleza austríaca, mientras el coro repite el va pensiero (se escuchó con nitidez a Domingo atacando la pieza) con ánimo liberador y exhibición de banderas italianas que llevan la inscripción Viva Verdi. A pesar de un movimiento escénico somero y poco elaborado, el montaje funciona.

   Aparatosa, bandística y pasada de decibelios  la dirección musical de Jordi Bernácer, como si esa fuese la manera de resaltar la tinta sanguigna de la obra y el fuego Verdiano. Bien es verdad, que al menos, supo recoger la orquesta - situada esta vez en un foso más bajo que en las pasadas Bodas de Figaro- en los momentos apropiados para permitir que fluyera el canto. Magnífico el coro, protagonista en esta ópera y que supo aprovechar para el adecuado lucimiento el mítico «Va pensiero» (interpretado dos veces como ya se ha indicado, aunque no de forma consecutiva como suele suceder en la Arena de Verona), inmortal «aria para coro», convertido en su día en un himno del Risorgimento y que desde hace mucho, compite con el himno oficial de Mameli como emblema de Italia.

Foto: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Autor:Raúl Chamorro Mena
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