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Crítica: Les Siècles y François-Xavier Roth cierran el primer fin de semana del Festival Internacional de Música y Danza de Granada

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29 de junio de 2018

La excepcional agrupación francesa, con su brillante director al frente, ofrece un magnífico cierre al primer fin de semana de esta 67.º edición del gran festival granadino.

Reinventando modelos

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Granada. 24-VI-2018. Palacio de Carlos V. 67.º Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Obras de Claude Debussy, César Franck y Camille Saint-Saëns. Jean-Efflam Bavouzet • Coro de la Orquesta Ciudad de Granada • Les Siècles | François-Xavier Roth.

Los compositores no se atreven. Tienen miedo de ese ídolo sagrado llamado «sentido común», que es la cosa más terrible que conozco –después de todo, no es más que una religión fundada para justificar la ubicuidad de los imbéciles–.
Claude Debussy.

   A tenor de lo manifestado por el autor francés en esta misiva –muchas de estas cartas fueron editadas, en 1987, por François Lesure y Roger Nichols–, autores como los que comparten con él el presente concierto deben ser parte de ese porcentaje de compositores aterrados por ese ídolo sagrado llamado «sentido común». Sea como fuere, hay un par de aspectos que me parecen especialmente relevantes de este concierto, ofrecido, una vez más, por la orquesta gala Les Siècles, en el Palacio de Carlos V y dentro del marco del 67.º Festival Internacional de Música y Danza de Granda –ahora con su director y fundador François-Xavier Roth en el podio–. El primero de ellos es, precisamente, la importancia histórica y musical de Claude Debussy (1862-1918) como un revolucionario de la escena musical europea del momento. Si bien el lenguaje orquestal ya estaba siendo modificado notablemente con anterioridad, y a la par, por autores como Richard Wagner, Franz Liszt y Richard Strauss, lo que Debussy plantea en su tratamiento de los colores, al difuminar la melodía para convertirla casi en una bruma sonora, en desarrollar de una manera tan fascinante la capacidad para sugerir, en transitar por unos caminos modales y de evaporación de la tonalidad, supondrá una magnífica senda por la que transitarán muchos de los que vendrán después.

   Del genial autor de Saint-Germain-en-Laye se interpretaron tres descomunales ejemplos de su capacidad como orquestador, comenzando por la breve Marche éccossaise, sur un thème populaire, L 77, primigenia composición para piano a cuatro manos (1897), posteriormente orquestada (1908), y que fue un encargo de un general y diplomático estadounidense de ascendencia escocesa, con el que pretendía honrar a su clan –los Lords of Ross–. Como destaca Leisure, la versión pianística es lo suficientemente caleidoscópica en sus cambiantes estados de ánimo, pero Debussy subvierte aún más la continuidad en la versión orquestal, cambiando constantemente de una combinación de instrumentos a otra en muy pocos compases. Continuó la primera parte Jeux, L 126, la última obra orquestal de Debussy y un excepcional logro creador. Creada como un poème dansé, fue un encargo de los célebres Ballets Russes, con coreografía e interpretación de Vaslav Najinsky. La complejidad rítmica, la increíble cantidad de indicaciones agógicas –cambios de compás permanentemente, casi cada par de compases– y el asombroso trabajo motívico hacen de esta una obra de perfección formal fascinante.

   Para cerrar la primera parte, un trabajo de César Franck (1822-1890), un autor absolutamente distante de la órbita de Debussy, al que este último no parecía tener desde como un referente. El trabajo aquí interpretado del compositor belga, sus Variations symphpniques, Op. 46, data de 1885, siendo completada entre el verano y principio de diciembre del mismo año. Se trata de una pieza en la que la imbricación de la escritura del piano solista y la orquesta parece tener más importancia que el propio virtuosismo pianístico, en un lenguaje por otro lado que nos acerca más al pleno Romanticismo centroeuropeo. Aun con ello, el piano encuentra pasajes de notable exigencia interpretativa, quizá carentes de expresividad, pero sí de una sonoridad plena para alzarse sobre un planteamiento orquestal de imponente sonoridad. Magnífica labor de Jean-Efflam Bavouzet, que tocó de memoria y supo aportar una digitación poderosa, solvente técnicamente y muy lúcida, por más que la obra no parece desplegar una genialidad como si exuda cada compás de la música de Debussy. Por poner un único pero, y sobre todo por estar Les Siècles sobre el escenario del Palacio de Carlos V, qué bonito hubiera sido presenciar una interpretación en un fortepiano de la época y no en ese moderno Steinway.

   Para la segunda parte, una nueva composición de Debussy, sus maravillosos Nocturnes, personalmente una de sus obras orquestales que más me seduce, quizá por el añadido en su último movimiento, Sirènes, de esas voces femeninas tan sugerentes con solo unas vocalizaciones. Debussy, que desde su juventud ya había tratado la voz cantada como un instrumento más, integrándola en la orquesta –véase Printemps, donde escribió: «la parte coral es sin palabras y tratada, más bien, como una sección de la orquesta»–, concibe estas Sirènes para dieciséis voces de mujeres, que se involucran como una sección orquestal más, comparando este tipo de construcción con «las diversas relaciones que un solo color puede producir en la pintura». Aquí es necesario destacar el interesante aporte de las 16 mujeres seleccionadas del Coro de la Orquesta Ciudad de Granada, que dirige Héctor Eliel Márquez, y que bajo la atenta mirada de Roth llevaron a cabo una delicada y ondulante versión, con algunos pequeños desajustes rítmicos –nada importante– y algún aislado y excesivo uso del vibrato. Bien adaptadas a las indicaciones dinámicas, especialmente en el trabajo por planos, además del juego estereofónico, al situarlas a ambos lados y entre la orquesta, unas entre los primeros violines y otras tras los segundos violines. Sin duda se logró un hermoso sonido, pero sobre todo adaptarse a esa concepción colorista de la voz, que no ha de verse de otra forma que como una sección orquestal más, de ahí que no haya texto cantado, sino esas simples vocalizaciones.

   Se cerró la velada con otro brusco salto, ahora hacia Camille Saint-Saëns (1835-1921), autor con el que Debussy tampoco encontró una buena sintonía –sentimiento recíproco, por otra parte– y del que se interpretó la agitada Bacchanale de su ópera Samson et Dalila, Op. 47, probablemente el pasaje orquestal más destacado de toda la obra, absoluta orgía rítmica y tímbrica, que la agrupación francesa asumió con una notable energía y un poderío sonoro que no hace echar de menos, ni por un instante, esa supuesta evolución de los instrumentos modernos.

   Poco puede añadirse a lo ya dicho acerca de Les Siècles en la crítica de su primer concierto en esta 67.º edición de «los festivales» granadinos. Sí cabe, sin embargo, destacar aquí el otro aspecto fundamental sobre el que reflexionar de la velada, y no es otro que la posibilidad de un cambio de modelo de las orquestas sinfónicas actuales en aras de una visión más especializada, como la que presenta este conjunto, algo que por otra parte ya viene sucediendo en otros países europeos –en Francia con Les Musiciens du Louvre | Marc Minkowski, por ejemplo; en Alemania, con Freiburger Barockorchester; en Bélgica con Collegium Vocale Gent | Philippe Herreweghe o Anima Æterna | Jos van Immerseel; en Inglaterra con English Baroque Soloist y Orchestre Révolutionnaire et Romantique | John Eliot Gardiner; o en Rusia con MusicÆterna | Teodor Currentzis–, esto es, un modelo de orquesta de amplio espectro que pueda acometer prácticamente cualquier repertorio entre los siglos XVII y XXI con el mismo nivel de exigencia, estándares de calidad y adecuación estilística a cada programa, haciendo uso de los instrumentos y las técnicas que cada momento histórico requiere. Por otro lado, un modelo de orquesta nacido a la imagen y semejanza de su fundador y director, que sin bien puede adecuarse al trabajo con otros directores, y con buen resultado –como ya vimos en su colaboración con Pablo Heras-Casado–, sí tenga una cabeza visible a lo largo de toda su trayectoria, evitando así el ir y venir permanente de titulares y de directores que lo mismo pueden estar en una orquesta de Chicago que en una de París o Sydney, y no necesariamente en momentos distintos. El resultado de esta visión, tanto con Franck como con Saint-Saëns es notablemente satisfactoria, pero lo es especialmente en Debussy. ¿Por qué no buscar lo mismo con autores del Barroco, el Clasicismo, el Romanticismo y la contemporaneidad, sin tener que recurrir a distintas formaciones para ello? Otra realidad es posible, como así lo demuestran conjuntos como este, y especialmente figuras como la de François-Xavier Roth, un auténtico fuera de serie, una mente brillante, dotada de una capacidad analítica fabulosa, que resulta especialmente adecuado en este repertorio francés de la transición entre siglos y de la primera mitad del XX. Su Debussy no tiene parangón en la actualidad, así de sencillo. Su gesto, sin el uso de batuta, es animoso, a veces danzarín, e incluso un punto desconcertante, pero mostrándose siempre atento, minucioso y pulcro al milímetro. Sabe bajar de la generalidad estructural al detalle de forma inteligente y tremendamente satisfactoria en el resultado final.

   Como colofón, y tras un breve discurso en el que elogió la capacidad de España para atesorar la importancia de la multiculturalidad y la asunción de todo aquello que viene de fuera, por lo beneficioso que esto resulta para la cultura de un país, ofreció un extraordinario regalo a los asistentes: una lectura embriagadora, delicada al extremo, hermosísima y casi subyugante del Adagietto de L’Arlésienne [suite n.º 1], de Georges Bizet (1838-1875), un momento absolutamente mágico y que vuelve a demostrar que otra visión es posible, devolviendo a estas partituras su prístina sonoridad, esa que tanto se ha alterado con la visión de la música en la segunda mitad del siglo XX. Ojalá sirva para que otros muchos tomen buena nota...

Fotografía: Festival de Granada/José Albornoz.

Autor:Mario Guada
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