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CD: Seis Sonatas Op.5, de J.C. Bach, por Van Oort.

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21 de junio de 2014

CONDENSACIÓN ESTILÍSTICA

Por Mario Guada.
Six Sonatas Op. 5. Obras de Johann Christian Bach. Bart van Oort. Brilliant Classics, 1 CD [94634], 2013. T.T.: 56:01.

   Al menor de los hijos compositores del inmenso Johann Sebastian, Johann Christian Bach [1735-1782] –llamado «el Bach de Londres», por razones obvias–, le corresponde el honor –si es que puede verse así–, o más bien diríamos la ardua tarea de vivir en un período en que los cambios estilísticos en la música eran más que evidentes. Puede decirse que le tocó el, en este caso sí infausto honor, de cerrar musicalmente toda una la saga familiar de músicos más importantes que haya legado la historia, la cual se remontaba nada menos que dos siglos atrás –aunque tras de sí todavía quedó algún Bach dedicándose a la música, es posible decir que él puso el punto y final a esos doscientos años de música. Gran viajante, pasó años en Italia, pero sobre en London –gran parte de su vida– y Manhheim. Tras la desaparición de su padre, se trasladó a Thuringia para vivir y estudiar con su hermano mayor, Carl Philipp Emanuel, pero ya en 1755 se traslada a Italia –primeramente a Milano–, donde pasó una etapa formándose con Giovanni Battista Martini en Bologna –con el que aprendió un estilo barroco más cercano ya a eso que llamamos «Style Galant». Tras pasar unos años dando saltos de una ciudad a otra de Italia, termina, tras un breve paso por Alemania, por trasladarse a London, donde permaneció desde 1762 hasta 1782, ciudad en la que desarrolló una vigorosa carrera como operista, unida especialmente al King’s Theatre, además de concertística, ligada a la figura de Carl Friedrich Abel –el último gran violagambista– con quien creó los «Bach-Abel concerts». Tras un breve período en la ciudad alemana de Mannheim, famosa por su orquesta, Johan Christian regresa a London, donde vivirá hasta el último de sus días.

   El teclado está ligado indisolublemente a la figura del «Bach de Londres», del que era un auténtico virtuoso –nada extraño entre los Bach–, pero en su caso ya más centrado casi de manera exclusiva en el fortepiano, ese instrumento creado por Bartolomeo Cristofori circa 1700, que en este momento estaba ya empezando a desbancar de manera poderosa al clave de la escena. Aunque, como se sabe, la primera colección de sonatas escritas de manera estricta para el nuevo instrumento se debe al ignoto compositor Ludovico Giustini [Firenze, 1732]; sí el posible decir que Johann Christian fue el primer compositor en defender el fortepiano en concierto, además de que su colección Six Sonatas Op. 5 [London, 1766] –que precisamente se graba aquí– es la primera en la que aparece mencionada la posibilidad de interpretarse tanto al fortepiano como al clave.

   En estas Six Sonatas Op. 5 encontramos un clarísimo ejemplo de su profunda capacidad para conjugar una diversidad estilística considerable, desde las melodías de carácter «cantábile» al más puro «Style Galant», pasando por el uso de fugas o danzas de claro corte barroquizante. Como desgrana Sylvia Berry, autora de las notas críticas, en la Sonata nº. 1 en Si bemol mayor observamos una interesante estructura en tan solo dos movimientos, el primero de ellos basado en la fórmula de la «forma sonata», mientras que el segundo es un Minuetto, ambos construidos sobre una escritura relativamente sencilla que al parecer hizo que fuese muy interpretada por los pianistas con ciertas dotes de la sociedad londinense. En la Sonata nº. 2 en Re mayor –que junto a las nºs. 3 y 4 el mismísimo Mozart arreglara en forma de conciertos para ser tocados por él mismo–, ya en tres movimientos, se puede atisbar una textura ciertamente «sinfónica» en su primer movimiento –lo que hizo más sencillo el trasvase a concierto para Mozart–, mientras que el segundo movimiento es un Andante di molto en el que se aprecia la capacidad lírica del autor, con gran cercanía a la forma del aria. De nuevo el tercer movimiento es un Minuetto con articulaciones muy marcadas en claro contraste con la sección central. La Sonata nº. 3 en Sol mayor, de nuevo en dos movimientos, en el que destaca el primero [Allegro] por sus continuos y marcados contrastes rítmicos, al que sigue un Allegretto de amable línea, que esconde la forma del tema con variaciones. De nuevo en dos movimientos se presenta la Sonata nº. 4 en Mi bemol mayor; el primero de ello desarrollado sobre una potente energía que subyace en la melodía, con un desarrollo más largo en este primer movimiento que en los precedentes, con el uso más «serio» del relativo menor en uno de sus pasajes; le sigue un segundo movimiento, que no es sino un Rondeaux: Allegretto de color mucho más clásico, en el que se explora una sonoridad más «romántica», habitualmente ligada afínales del XVIII a esta tonalidad. La Sonata nº. 5 en Mi mayor es la única de la colección que presenta una estructura más habitual en tres movimientos rápido-lento-rápido, pues aunque también termina con un Minuetto –como la 2–, se señala en la partitura como Prestissimo, lo que consigue marcar la diferencia entre ambas; destacan esos movimientos extremos por lo virtuosístico de su escritura, que contrastan absolutamente con el Adagio central, magnífico ejemplo de las posibilidades expresivas de escritura de Johann Christian –realmente se trata de un movimiento precioso–, pero también técnicas, con el audaz uso de terceras y sextas paralelas en la mano izquierda, que sotienen los recurrentes y delicados trinos de la derecha. Para la última pieza, Sonata nº. 6 en Do menor, se reserva el maestro el único uso de una tonalidad menor en toda la colección, así como la mayor variedad formal y de carácter de las seis sonatas; comienzo con un gran movimiento lento [Grave] que termina sobre una cadencia en dominante, para dar paso a un Allegro moderato que esconde en realidad una fuga al más puro estilo barroco –posible homenaje al lenguaje de su padre–, para terminar con un Allegretto, que es en realidad un «tempo de Gavotta» en el que se observa una clara influencia de la escuela clavecinística francesa.

   Las lecturas que nos ofrece Bart van Oort son, como es habitual en él, de primer nivel. El fortepianista holandés, formado durante años con los mejores maestros, lleva a sus espaldas decenas de grabaciones de este repertorio, erigiéndose, sin duda alguna, como uno de los grandes intérpretes que hay a día de hoy en el panorama mundial. Todo en su versión resulta clarividente, natural, fluido, lógico. La esencia de la música de Johann Christian está constantemente ahí, subyace en cada compás. La solvencia técnica se da por supuesta –quizá un error común–, pero en este caso es apabullante. Sin ser la escritura más enrevesada de la historia, algunas de estas sonatas presentes escollos importantes para el intérprete, pero estos son siempre esquivados con la mayor y aparente facilidad que se puedan imaginar. Además, van Oort destaca por remarcar de manera muy inteligente las elegantes  y hermosas melodías, dando el punto justo al acompañamiento que Johann Christian proporciona a la mano izquierda.

   Un disco realmente amable, con música de calibre considerable y una interpretación fabulosa. No dejen de adquirirlo, que es Brilliant…

Autor:Mario Guada
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