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Crítica: Ricardo Llorca estrena en el Teatro de la Zarzuela su ópera «Tres sombreros de copa»

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18 de noviembre de 2019

«Es que… tú no serás la novia»

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 15-XI-2019, Teatro de la Zarzuela. Tres sombreros de copa (Ricardo Llorca). Jorge Rodríguez-Norton (Dionisio), Rocío Pérez (Paula), Emilio Sánchez (Don Rosario), Gerardo Bullón (Don Sacramento), Enrique Viana (Madame Olga), Irene Palazón (Catalina), Anna Gomà (Valentina), Boré Buika (Buby Barton). Coro y Orquesta titulares del Teatro de la Zarzuela. Director musical: Diego Martín-Etxebarría. Director de escena: José Luis Arellano.

   Tres sombreros de copa de D. Miguel Mihura es una de las grandes obras del teatro español, particularmente una cumbre del teatro del absurdo, en la que su autor demuestra una habilidad proverbial para combinar la comedia, la cáustica comicidad con el elemento patético-sentimental mediante un satírico retrato del mundo burgués -rígido, encorsetado, anodino e hipócrita- (en el que se va a integrar totalmente el gris Dionisio y tan bien representa su futuro suegro Don Sacramento) y el vivaz, genuino y desenfadado de los artistas ambulantes (clases bajas), que representa Paula. Dionisio descubrirá en ella el verdadero amor, pero será un amor imposible y deberá cumplir con las convenciones, verse abocado a una existencia mediocre y casarse, tal y como está previsto, con alguien que no ama. Demasiado avanzada y renovadora para 1932, Tres sombreros de copa no se estrenó hasta 1952, si bien los años más duros del regimen franquista y del nacional-catolicismo no constiuían tampoco el ambiente más adecuado, por lo que su estreno se produjo, casi clandestinamente, en una única función en el Teatro Español a cargo de la Compañía del TEU (Teatro Español Universitario) bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig. Su presentación en el teatro «comercial» distó mucho de entusiasmar al público habitual de la época.


   El Teatro de la Zarzuela. dentro de su loable iniciativa de dar a conocer creaciones líricas españolas contemporáneas. ha ofrecido el estreno en Europa de la creación del compositor español Ricardo Llorca basada en la comedia de Mihura y que fue estrenada mundialmente en Sao Paulo en 2017. Llorca, que denomina de forma expresa e insistente a su obra, Zarzuela -lo que, a pesar de resultar un tanto discutible desde el punto de vista formal o estructural, uno celebra porque demuestra no participar en los injustos prejuicios que pesan sobre el género- mantiene el texto original en los abundantes diálogos e introduce uno propio en las partes cantables. Asimismo, suprime algunos personajes y añade algún otro, además de realizar un cambio importante, como es que la compañía de cabaret de Buby Barton, a la que pertenece Paula como bailarina, al igual que gran parte de los personajes, se convierte en el «Circo italiano de Buby Barton» lo que influye notablemente en la música, pues, el autor manifiesta haber usado «como fuente de inspiración temática elementos tomados de la música del Sur de Italia». De este modo, se escuchan «Nina nanne», «Tarantelle», -además de vals, conga, Charleston-… y, asimismo, abundante referencia a la música de las bandas, también asociada al mundo del circo, del mismo modo que la importante presencia en la composición de un instrumento como el acordeón.

   Como ya he indicado otras veces, la música actual tiene diversas vertientes, incluidas la más estrictamente vanguardista y aquella que mira más a la tradición pensando que la vanguardia ha llegado a un callejón sin salida con un absoluto divorcio del público y complaciéndose en gustar a una selecta minoría de elegidos. Asimismo, dichas posturas defienden que contemporaneidad no es sinónimo de vanguardia y que, como afirma el propio Llorca y así consta en el programa de mano «La música contemporánea ha ido por un lado y el resto de la sociedad por otro», «Creo que mi trayectoria musical ha evolucionado al margen de las vanguardias...».


   Estamos ante una música tonal, por supuesto, que, desde luego, es de agradable escucha y bien recibida por cualquier oído habituado al repertorio musical más tradicional. Una música ecléctica, que deja la sensación de formar una especie de pastiche un tanto deslavazado, en el que predomina la intuición en la mezcolanza de diversos elementos sobre el sólido oficio y la inspiración. Asimismo, se escuchan solistas de violín, trompeta, piano y acordeón asumidos, respectivamente, por Juan Salas, Francisco Gaspar Tomás, Leonardo Milanés y Aarón Carrión, que cumplieron su cometido, sino con especial brillantez, con correción y profesionaldad.

   La obra, con una duración de 105 minutos y que se ofreció sin descansos, es, desde luego, de agradable escucha, y nos proporciona una manera distinta de disfrutar una obra maestra del teatro como es Tres sombreros de copa, pero, por citar dos obras líricas contemporáneas españolas que uno tiene recientes en oído y retina [La casa de Bernarda Alba de Miquel Ortega y Je suis narcissiste de Raquel García Tomás -ambas cosecharon grandes éxitos en el Teatro de la Zarzuela y en el Español, respectivamente, la pasada temporada-], en las mismas, la música, además de atesorar mayor enjundia y riqueza lograba, en ambos casos, una mejor imbricación dramático-teatral.

   Muy apropiada resultó la puesta en escena de José Luis Arellano apoyada  en una muy funcional escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, que se basa en un decorado único giratorio (que representa el modesto hotel de una capital de provincia del Norte de España donde transcurre la acción), en el que se desenvuelven bien los personajes, especialmente en toda la parte en que la troupe circense penetra en la habitación de Dionisio y allí (bien movidos por la dirección de escena) se desenvuelven, festejan y divierten.

   Entrega, entusiasmo y convicción no le faltaron a Diego Martín-Etxebarría en su dirección musical. Tradujo bien los abundantes pasajes rítmicos y polirrítmicos, así como los danzables y festivos, además de acompañar bien a los cantantes y concertar correctamente los muchos momentos solistas instrumentales, aunque al sonido orquestal, un tanto borroso, le faltó refinamiento y transparencia.


   En el reparto brilló la soprano Rocío Pérez que compuso en lo interpretativo una Paula de libro. Juvenil, desenvuelta, vital, sensual, soñadora… En lo vocal, estamos ante una soprano ligera de gran lozanía vocal, caudal limitado y centro débil, que gana brillo y timbre en la zona alta. Cantó e interpretó bien, con soltura y desparpajo, el vals de la balarina. Por su parte, el tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton, después de su paso por Bayreuth en verano y su reciente intervención en El caserío, demostró su variedad de registros y repertorios, así como su profesionalidad en un ajustado Dionisio, al que quizás le faltó algo de nitidez en la articulación del texto. Cumplidor en lo vocal, aunque se mostró incómodo con la escritura desmesuradamente aguda de su aria «Canta la cicaleta» sobre texto popular italiano. El veterano Emilio Sánchez, impecables sus tablas y sentido del decir que se impusieron sobre el desgaste vocal, me llevó a gratos recuerdos de mi etapa adolescente, en la que interpreté a Don Rosario en una función del instituto. Igualmente recordé al gran Luis Prendes, al que pude ver en teatro encarnar a Don Sacramento, personaje espléndidamente interpretado en la función que aqúi se reseña por Gerardo Bullón, magnífico en la faceta actoral, pero es que el barítono madrileño, además canta y muy bien, con una voz sonora recia, de noble pasta baritonal y atractivo timbre. Por su parte, Enrique Viana como la barbuda Madame Olga montó su habitual show, cada vez más excesivo e histriónico, en su participación, que incluye la intepretación de le tarantelle «Yo soy la gran atracción», lo cual pareció tomar al pie de la letra. Con todos los respetos y siendo consciente que tiene su público, al que firma estas líneas le resulta muy cargante.

Foto: Domingo Fernández Camacho

Autor:Raúl Chamorro Mena
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