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CRÍTICA: RICCARDO MUTI DIRIGE 'DON PASQUALE' EN EL TEATRO REAL DE MADRID. Por Alejandro Martínez

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17 de mayo de 2013
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Foto: Todd Rosenberg
MUTISMO

Don Pasquale (Donizetti).Teatro Real, 13/05/2013

       La RAE define el "mutismo" como un "silencio voluntario o impuesto". Sin embargo, cabría sugerir una segunda acepción, emparentada con ésta: "dícese del estado de consenso que genera cualquier representación dirigida por Muti". Y es que siempre que Riccardo Muti ejerce en el foso nos quedamos con la sensación de que la representación ha sido tomada en serio, de que se ha ejecutado música sin contemplaciones, naderías o rutinas. Y al mismo tiempo, esa sensación disuade a la hora de matizar y criticar éste o aquél extremo de la representación. Muti genera tal sensación global de satisfacción que cuesta atreverse a matizar cada uno de las individualidades, todas ellas, paradójicamente, lejos de cubrir con creces con las demandas de sus respectivas partituras. Este Don Pasquale que ha presentado el Teatro Real es un ejemplo paradigmático de este singular mutismo. La batuta de Muti dirige todo con firmeza, claridad y sentido, pero, ¿hubo algo más aparte de la batuta de Muti? Francamente, muy poco. Y es que el equipo de cantantes dispuesto por el propio director napolitano quedó lejos de satisfacer las, por otro lado, exigentes demandas de una partitura de engañosa ligereza.
      Comenzando por el protagonista, Nicola Alaimo, al que habíamos escuchado ya como Ezio en el Attila que Muti dirigió en Roma el año pasado. Alaimo posee un instrumento leñoso, sin empaque y ajeno por completo al lenguaje de esta partitura. Su Don Pasquale fue esforzado en lo teatral, pero insuficiente a todas luces en el sillabato y bastante primario en el fraseo. Echamos mucho de menos al gran Chausson, en una página que domina a placer. Tampoco Korchak, al que recientemente escuchamos en un estimable Lenski, satisfizo plenamente en su recreación del papel de Ernesto. Estamos ante una escritura vocal comprometida, siempre sobre el pasaje, con una escena de gran demanda al comienzo del acto II, el "Cercherò lontana terra", coronada además por una cabaletta de esforzada recreación. La voz de Korchak se adecua al rol, por naturaleza tímbrica, pero su técnica adolece de una general inconsistencia para el canto ágil, ligero y a un tiempo romántico que demanda la parte. La esporádica belleza de algunos sonidos no compensa ante la irregularidad general, con no pocas tiranteces, sonidos abiertos y sonidos caprinos. El belcantismo de esta partitura demanda una técnica mucho más en regla que la que Korchak mostró en el estreno. Sin duda su mejor desempeño tuvo lugar en el "Com´e gentil" y en el bien empastado dúo posterior con Norina, el "Tornami a dir". Quedó en conjunto algo desdibujado su Ernesto, pues, por una técnica irregular e insuficiente para esta parte.

 

      Algo semejante cabe decir de Eleonora Buratto, que fue sin duda la voz más en regla de cuantas componían este reparto. Estamos ante una ligera de timbre agradable y maneras teatrales, si bien expresivamente convencionales. Técnicamente adolece de una coloratura más bien aproximativa. El instrumento brilla en el agudo, aunque a veces sorprende con sonidos fijos y no del todo colocados, irregulares. Buratto busca una consistencia que no tiene en el grave, exagerando de forma innecesaria algunos sonidos. En todo caso, es siempre musical y comunicativa, aunque un tanto superficial en lo dramático. Compuso una Norina esmerada, pero poco más. Nos gustó más el año pasado en el Mercadante. Digno aunque sin alardes el Malatesta de Alessandro Luongo.
      Muti comandó la dirección musical, como es costumbre en él, con dos marcas genuinas: la supresión de cualquier agudo no escrito en la partitura y la apertura de todos los cortes, lo que dio lugar, por ejemplo, a la inclusión de variaciones en la citada cabaletta de Ernesto. Si por algo destacó este Don Pasquale, a nivel orquestal, es por la frescura y naturalidad que Muti obtuvo de la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, una formación joven, esmerada y suficiente, aunque sin especial personalidad. Ofrecieron, en todo caso, un sonido siempre fluido, musical, rico en dinámicas, teatral, siguiendo una batuta, la de Muti, convincente e impecable en la concertación con las voces, como quedó patente en cada número de conjunto de los varios que jalonan la partitura de Don Pasquale. Impecable su labor, por tanto, desde el foso, elevando el nivel de la representación, que de otro modo habría pasado por algo mucho más gris y rutinario. Espléndido asimismo el desempeño del Coro Intermezzo en su breve intervención.
      Dejamos para el final la decepcionante producción con dirección de Andrea de Rosa, con escenografía de Italo Grassi. Casi digna de una representación de provincias a cargo de las huestes de José Luis Moreno. Manejando un código escénico absolutamente demodé, apenas cabe hablar de una dirección escénica propiamente dicha. Tampoco hubo una escenografía digna de comentario, más allá de una parca decoración, poco más que un escueto atrezzo. Muy decepcionante, pues, este Don Pasquale en su apartado escénico, de un convencionalismo gris y nada ambicioso.
      La partitura de Don Pasquale merece también un comentario específico. Muti calentaba el ambiente en la rueda de prensa previa al estreno indicando que "quien dice que Don Pasquale es de segunda es un cretino". No es un título de segunda, en efecto, pero seguramente tampoco es la obra maestra, redonda, perfecta e inmaculada que algunos han sostenido en torno a estas representaciones. La ligereza y naturalidad de esta comedia esconde dosis altas y geniales de sarcasmo y refinamiento, no hay duda. Pero no es menos cierto que su enredo es primario, su libreto es peregrino y, a la postre, si por algo se sostiene Don Pasquale en repertorio, es por la mimada orquestación de Donizetti y su inspirada escritura vocal. Además, conviene no olvidar, como señalaba José Luis Téllez en sus charlas introductorias previas a la representación, que el día antes de su estreno allá por 1843 tenía lugar la primera representación en Dresde de El holandés errante, lo que nos permite hacernos una idea precisa del marco compositivo del que Don Pasquale se ha dicho, con justicia, que es el último canto de cisne. No es una ópera de segunda, pero seguramente tampoco sea una genialidad. Es complicado, de nuevo, escapar al mutismo.
      Este Don Pasquale sustituía a la inicialmente prevista Rappresaglia de Mercadante. Los problemas de salud y de agenda de Muti obligaron a un cambio un tanto convencional, dando lugar a estas representaciones del título de Donizetti, con apenas una semana de ensayos a sus espaldas, lo que se dejó notar en algunos momentos de la representación. Ciertamente la presencia de este título, y más con una producción como la comentada, en el marco de la presente temporada rompe con el proyecto artístico sostenido por Mortier, al que imaginamos que se le tuvo que indigestar bastante la representación de este Don Pasquale, donde poco brilló más allá de Muti.
 
Foto: Todd Rosenberg
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