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Crítica: «Rusalka» de Dvorak en la Ópera de San Francisco

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5 de julio de 2019

Gran cierre de temporada

Por David Yllanes Mosquera | @davidyllanes
San Francisco. 26-VI-2019. War Memorial Opera House.  Rusalka (Antonín Dvořák). Rachel Willis-Sørensen (Rusalka), Brandon Jovanovich (Príncipe), Kristinn Sigmundsson (Vodník), Jamie Barton (Ježibaba), Sarah Cambidge (Princesa Extranjera), Philip Horst (Guardabosques), Lauran Krumm (Pinche de cocina), Andrew Manea (Cazador). Dirección escénica: David McVicar. Dirección musical: Eun Sun Kim.

   Después de varios meses de sequía, pues sus temporadas se dividen en un período de otoño y otro de verano, la San Francisco Opera retomó su actividad este junio con tres producciones que han mostrado su mejor y su peor cara. Por un lado, tuvimos una Carmen realmente poco inspirada, desprovista de toda tensión dramática y musicalmente mediocre, así como un Orlando con un reparto que prometía más de lo que ofreció. La tercera ópera, sin embargo, ha funcionado a todos los niveles y proporcionado un broche de oro a la temporada 2018/2019.

   Se trata de Rusalka, la obra maestra de Antonín Dvořák sobre una ondina que vive en un lago del bosque pero está enamorada de un príncipe humano. Un trato con la siniestra bruja Ježibaba le permitirá visitar la tierra firme, pero acabará llevando tanto a ella como a su amado príncipe —él también desencantado con la vida que lleva— a un final trágico. Un sencillo argumento de cuento de hadas, extraído de varias fuentes y plasmado con habilidad por Jaroslav Kvapil en un libreto que escribió sin un encargo concreto. Afortunadamente para él —y para nosotros— Dvořák estaba buscando material para una nueva ópera, después de alguna decepción, y la combinación resultó mágica. Una obra de madurez, con una partitura que exhibe todas las armas de este compositor y logra un enorme colorido y carácter, además de gran carga dramática y un exquisito tratamiento vocal.

   Aún así, hubo que esperar varias décadas después de su estreno en 1901 para que Rusalka se hiciera con un firme puesto en el repertorio. De hecho, estas funciones son solo la segunda vez que esta ópera sube al escenario de la War Memorial Opera House. La anterior, en 1995, fue presentada como vehículo para la diva estadounidense Renée Fleming —quien tuvo en la ondina uno de sus principales caballos de batalla—, además de encuadrarse en los esfuerzos del director Charles Mackerras por difundir el repertorio checho. En efecto, el australiano llevó también a San Francisco varias obras de Janáček y las presentó en su idioma original y completas, en contra de la tendencia anterior a representarlas en inglés.


   En esta ocasión, el reparto, relativamente joven, estaba formado en general más por cantantes en alza que por estrellas establecidas. Y, en concreto, por muchos artistas ligados a la compañía sanfranciscana o incluso de su propia escuela. Una apuesta arriesgada, máxime siendo una ópera no del todo familiar al gran público, pero que ha salido bien, como veremos. En cuanto al equipo escénico, en contraste, han ido sobre seguro trayendo una producción procedente de la Lyric Opera de Chicago —cuyo director musical, Andrew Davis, es un gran especialista en esta obra—. De nuevo, ha sido un acierto.

   La producción de David McVicar, dirigida en esta ocasión por Leah Hausman, se entrega al carácter de cuento de hadas de la obra y crea una ambientación excelente. Buena parte del mérito se debe a la escenografía de John Macfarlane, que presenta un bosque con un conseguido halo de misterio y magia, sin descuidar un cierto aroma siniestro, y brilla especialmente en el segundo acto. En efecto, la escena en la cocina es excelente, llena de carácter y detalle, y el propio palacio, sin ser particularmente espectacular, funciona muy bien. McVicar y Macfarlane lo imaginan como un gran pabellón de caza, con unas paredes cubiertas de trofeos animales que, sin duda, contribuyen a exacerbar el hostil carácter del mundo de los humanos para una criatura del bosque como Rusalka.

   La dirección actoral y caracterización de los personajes son también buenas, aunque hay una idea en la producción que no llega a cuadrar. Se trata del recurso de presentar a Rusalka como imaginada o incluso creada por el Príncipe, un detalle que se introduce durante la obertura. Mientras suena la música de Dvořák, el Príncipe y su prometida, la Princesa Extranjera, pelean en primer plano y él acaba mirando absorto un enorme cuadro que termina por convertirse en un bosque de verdad. La idea no funciona porque no se hace absolutamente nada con ella —aparte de vestir en el segundo acto a Rusalka igual que a la Princesa durante la obertura— y en el tercer acto está totalmente olvidada. En cualquier caso, no empaña el muy buen nivel del resto de la producción.

   Este buen trabajo escénico se ha visto correspondido por un reparto sin fisuras. En primer lugar, la norteamericana Rachel Willis-Sørensen hacía su debut como Rusalka. Mis primeros contactos con esta cantante, en papeles mozartianos, me dejaron la impresión de una voz prometedora pero a la que le faltaba aún cierto pulimiento o una elección algo diferente de repertorio. Sin embargo, tras su participación como Freia en el memorable Rheingold presentado por la NY Philharmonic de Alan Gilbert en 2017 me quedó marcada como una soprano a seguir. Dos años más tarde, estas buenas sensaciones se han visto confirmadas con una interpretación más que satisfactoria. Estamos ante una voz lírica pero con cierto peso, con un centro rico al que saca un gran partido y con el que compensa una menor solidez en la zona grave. El timbre es brillante y atractivo y la técnica buena, aunque quizás se echa en falta algo más de expansión en los agudos. Tiene asimismo carisma y entrega como intérprete y crea un gran personaje en una producción muy exigente físicamente —canta su famosísima aria del primer acto trepando por unas ramas y se pasa buena parte de su incómodo tiempo en tierra firme adoptando posturas incómodas y poco naturales—. Un gran debut y una soprano en alza a la que seguir la pista.


   De una debutante pasamos a un veterano, tanto en el papel como en esta producción concreta, con el Príncipe de Brandon Jovanovich. De nuevo tenemos un cantante muy entregado, incluso ardoroso, y muy convincente escénicamente. La voz, con la que aborda con frecuencia papeles de Heldentenor, es de cierta calidad y tiene un atractivo tono oscuro. En el debe, unos modos algo rudos en el apartado técnico, aunque he notado cierta progresión positiva desde la última vez que lo vi en el papel, en el Metropolitan en 2017.

   Otra veterana de esas funciones del Met era la bruja de Jamie Barton. En este caso no caben los peros y hay que rendirse ante una interpretación realmente espléndida. Se conjugan una voz rica y sombreada con una técnica excelente, que le permite emitir también algunos agudos penetrantes. Escénicamente está en su salsa y se regodea en la maldad casi caricaturesca del personaje, con una interpretación que sabe combinar toques incluso de alivio cómico con los momentos más heladores y terribles de la obra. Este ha sido un gran año para Barton, que empezó también en San Francisco con Roberto Devereux  y en el que cabe destacar un gran debut como la hermana Prejean en Dead Man Walking con la Atlanta Opera.

   El bajo islandés Kristinn Sigmundsson encarnó a un Vodník imponente y con verdadera autoridad —a pesar de su aspecto, con un frac sucio y un maquillaje que me recordaban al Pingüino de Danny DeVito en la película Batman vuelve—. Supo alternar escenas de ternura con su hija Rusalka y de terrible amenaza con el Príncipe, a pesar de tener una voz algo desgastada. Por su parte, la Princesa Extranjera de Sarah Cambidge supuso una agradable sorpresa. Esta cantante, que hace un año era miembro del programa Adler de jóvenes artistas y estaba cantando la Tercera Norna en este mismo escenario, ha presentado una convincente candidatura para una futura carrera wagneriana. Buen trabajo, finalmente, de los comprimarios, tanto el trío de ondinas como el Guardabosques de Philip Horst y el pinche de cocina de Laura Krumm.

   La coreana Eun Sun Kim, conocida del público madrileño por haber sido asistente de López Cobos y la primera mujer en dirigir una ópera en el Teatro Real, tuvo también éxito en lo que fue su debut con la compañía. Destacó en particular por un buen pulso dramático y dirigió con seguridad, empleando tempos algo personales pero bien elegidos y precisos. Faltó si acaso un toque de fantasía para extraer todo el color de la partitura.  

   En definitiva, todo un triunfo para la SF Opera y para la música de Dvořák.

Foto: Cory Weaver/San Francisco Opera.

Autor:David Yllanes Mosquera
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