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Crítica: Sabine Devieilhe en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

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18 de noviembre de 2020

Muestrarios de ‘chanson française’

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid, 16-XI-2020. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXVII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital III. Obras de Claude DEBUSSY (1862-1918), Francis POULENC (1899-1963), Gabriel FAURÉ (1845-1924), Maurice RAVEL (1875-1937). Sabine Devieilhe (soprano), Alexandre Tharaud (piano).

   Asistimos al esperado debut de la soprano francesa Sabine Devieilhe (1985) en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical. Decimos esperado porque esta soprano de coloratura ya cuenta con más de nueve años de carrera a sus espaldas desde que debutara en 2011 con la Amina de La sonámbula, y sabíamos de primera mano que también era una voz atractiva para programaciones más camerísticas.

   Su repertorio es ciertamente amplio y polifacético, frecuentando óperas y demás músicas acordes a su vocalidad, pero sin reparar tanto en una época concreta, sino que gusta -desde la música barroca hasta el siglo XX- de abordar compromisos que le interesen por distintos motivos, ya sea por la producción escénica en sí, el personaje, la recuperación de músicas olvidadas (en conciertos y/o grabaciones discográficas, como ha hecho con Lully (1632-1687) y Rameau (1683-1764)), pero también acometer con valentía distintos roles mozartianos (como la Reina de la Noche en La flauta mágica) o alguna de las heroínas de Strauss, llegando a decir -en entrevista concedida a CODALARIO- que «tal vez lo más al extremo que me gustaría llegar sería interpretar la Lulú de Alban Berg, pero dentro de ocho o nueve años».


   A la mitad del concierto, la soprano agradeció la oportunidad de encontrarse con el público del madrileño Ciclo, dadas las actuales circunstancias, y puso en evidencia la especial afectación de la cultura debido a la crisis causada por la pandemia (a ella misma le han suspendido recitales que tendría que hacer próximamente en La Scala de Milán y en Lyon los días 19 y 29 de noviembre, respectivamente). Sabemos, además, que viene de hacer casi el mismo programa que nos ocupa -desde septiembre hasta ahora- en varios teatros franceses, Génova, Berlín y Londres. Ya en enero y en abril, cantará La flauta mágica en la Ópera de La Bastilla y en la ópera de Viena, respectivamente. En esta última plaza cantará después la Olympia de Los cuentos de Hoffmann.

   Como acabamos de comentar, el repertorio que ofrecieron Sabine Devieilhe y Alexandre Tharaud (1968) al Teatro de la Zarzuela, vino muy trillado por los varios compromisos análogos que hemos comentado, y estuvo diseñado y equilibrado en torno a Debussy y Ravel (diez y ocho canciones respectivamente) y pinceladas intercaladas de Poulenc (2 canciones) y Fauré (4 canciones), que lograron armonizar una buena muestra del colorismo francés, muy encuadrado por el impresionismo, el expresionismo y la habilidad orquestadora -más acentuada en Ravel-, además de la compositivo-pianística. Como contrapunto, Fauré alberga tintes más románticos (incluso roza el modernismo), y Poulenc es considerado como netamente modernista.

   La dificultad que, a nuestro juicio, tuvo programar este recital es que todo él se ofreció en modo ‘carrusel’, alternando mezcladas obras de unos y de otros compositores, lo que permitió entrar y salir de múltiples universos sonoros, obligando al escuchante -y al crítico- a abandonar su zona de confort y poner en marcha su mejor escucha activa, y disfrutar de una interpretación, en general, bastante bien ajustada en los cambios de registro de cada uno de los estilos.

   Por lo demás, la pareja Devieilhe-Tharaud nos gustó muchísimo más en Debussy que en Ravel. Por el lado vocal, encontramos más ahormada a la cantante en canciones como la difícil La romance d’Ariel, o la sufriente Apparition, que lucieron más merced a un gran desarrollo expositivo y expresivo de la cantante y a su facilidad para el ‘vocalise’ y la coloratura en el registro agudo, si bien en algunos pasajes detectamos exceso de vibrato, que no carnosidad, en ese registro.


   En el grupo de seis canciones, Ariettes oubliées, destacamos en la intérprete la facilidad de su canto -basado más bien en unas facultades ‘de natura’ que en una técnica que habrá de evolucionar hacia una mayor sofisticación-, para pasar del colorido -primera y segunda de las canciones- a la temática más oscura -como se mostró en L’ombre des arbres-. En las dos últimas, Aquarelles (I y II), nos encantó la aplicación de las dinámicas para acabar emitiendo un bello sonido ‘sul fiato’ con un pianísimo de 4p’s.

   En cuanto a Ravel, pasando por alto la sencillísima Chanson française, y la interpretada de forma aburrida, Sur l’herbe, en las cinco canciones de las Cinq mélodies populaires grecques, estimamos que el punto en contra estuvo más en el acompañamiento pianístico, donde no encontramos ese sabor de atmósfera raveliana -que va más allá de la mera escritura/ejecución de las notas- y, que si debe transmitir aires populares -como en Tout gai!-, debe de hacerlo de forma quintaesenciada; o si ha de transportarnos a paisajes bucólicos, como la mencionada Sur l’herbe, deben de conseguirse, en mayor medida, esos efectos sonoros.

   Nada que decir de las famosísimas canciones de Fauré Après un rêve, y Notre amour, salvo aplaudir el dominio del fraseo, del legato y la justeza en el estilo en la primera y -ya eso es cuestión de gustos- una elección del tiempo excesivamente rápido para la segunda. En cuanto a las dos muestras de Poulenc, encontramos muy adecuada la aproximación pianístico-canora de ambos intérpretes, resaltando la muy alocada y patriótica canción -escrita en la época de la Francia ocupada- Fêtes galantes, de los Deux poèmes de Louis Aragon, interpretada de forma muy propia por el binomio Devieilhe-Tharaud.


   Después de múltiples salidas a saludar por parte de la pareja -y aclamados en pie por el público que está vez sí llenaba -de acuerdo con las normas- el Teatro de la Zarzuela, se concedieron tres propinas: La muy difícil, por coloratura, «Aria del fuego», de El niño y los sortilegios, de Ravel (el fuego sale de la chimenea y regaña al niño por su comportamiento y le amenaza con quemar a los niños traviesos), magníficamente interpretada por Devieilhe; una pieza de Rameau (con el piano simulando el clave, por lo que no lució excesivamente), y la preciosa joya Youkali, de Kurt Weill (1900-1950), interpretada de forma muy sensual y sentida, como corresponde, y que fue ampliamente recompensada en aplausos por parte del público.

Esperamos nuevas oportunidades para que Sabine Devieilhe regrese al Ciclo de Lied para que nos ofrezca nuevos muestrarios programáticos -no necesariamente franceses- que avalen su condición de cantante polifacética, así como permitirnos gozar en alguno de ellos de mayor profusión en su pirotecnia vocal, como corresponde a una verdadera sucesora en la cuerda de sopranos de coloratura que sabe y quiere arriesgar al máximo en cada recital.

Foto: Rafa Martín

Autor:Óscar del Saz
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