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Crítica: Spinosi  dirige 'Serse' de Haendel para el CNDM

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Autor: Arturo Reverter
23 de noviembre de 2015

"La gran estrella, bien domeñada por Spinosi, fue la extraordinaria Orquesta Matheus".

EL JUGO DEL HAENDEL SEMIBUFO


Por Arturo Reverter
Auditorio Nacional, Madrid. 22-11-2015. Haendel: Serse. Josè Maria Lo Monaco, Hanna Husáhr, Sonia Prina, Kerstin Avemo, Ivonne Fuchs, Christian Senn, Luigi de Donato. Ensemble Matheus. Dirección musical: Jean-Christophe Spinosi. 

   La serie del CNDM titulada Universo barroco es sin duda una de las más atractivas de la programación de ese organismo dependiente del INAEM. Normalmente se llena el amplio aforo del Auditorio Nacional. Claro que poco a poco –he ahí el secreto de todo programador- se ha ido haciendo público a base de insistir en lo bueno y de proponer platos muy substanciosos. Lo son los que habitualmente se vienen ofreciendo. El mejor ejemplo es el que ha inaugurado la presente temporada. Este Serse haendeliano, una rara avis en la producción del autor, estrenado en el King’sTheatre de Londres en 1738, poseía sin duda mucho interés, dada su práctica novedad en la capital. Recordamos una lejana producción en alemán que se representó en el Teatro de la Zarzuela dentro del Festival de Otoño de 1985.

   La obra desde luego se apartaba radicalmente de las anteriores propuestas operísticas del compositor, encuadradas en el terreno de la ópera seria más acrisolada. Porque este nuevo fruto era una obra cómica con todas las consecuencias, más allá de que en ella puedan localizarse también momentos de evidente seriedad. De todas formas, hay que recordar que el elemento de comedia o, incluso, de talante cercano a lo bufo, ya había aparecido en escenas de óperas anteriores del músico: Agrippina, Flavio, Partenope u Orlando.

   La página más famosa de la ópera, la celebérrima Ombra mai fu, es en realidad un arreglo de la que aparecía en óperas precedentes sobre el mismo asunto de Cavalli y Bononcini. Fue justamente ese larghetto, que no largo, como se lo ha denominado con fines espurios y comerciales, lo único que prácticamente se ha considerado representativo de la obra durante siglos. Pero en realidad la ópera está poblada de otros muchos números -¡hasta 52!- de mérito. Hay para dar y tomar, de todas las formas, disposiciones y caracteres, de mucho lucimiento en algún caso. Curiosamente, he ahí una nueva originalidad, el da capo no es lo que prevalece; hay arias bipartitas e incluso monotemáticas, la mayoría de corta duración, otro rasgo singular y que poseen asimismo las piezas a dúo.

   Hemos podido disfrutar de las bellezas que atesora la partitura, que se ha ofrecido con cortes a fin de abreviar una extensión casi inclemente y en una interpretación muy libre, llena de invenciones y dirigida de manera muy espumosa, con ímpetu, con vitalidad, con decisión, pero lejos de la fría y académica exposición escrupulosa en la medida y rígida en la administración del tempo, por Spinosi, activo, movedizo, amplios brazos sin batuta, marcaje volátil, de animador nato que dota de alma al conjunto desde una óptica general sin descuidar por ello algún que otro detalle importante.

   No obstante, hemos de poner reparos a la manera en la que el director enfocó precisamente ese curioso y agradecido canto al plátano por parte del agradecido protagonista, ese Ombra mai fu, expuesto con la lentitud que usualmente lo ha desfigurado. Pero a partir de ahí todo fluyó con normalidad, con contrastes continuos –los que alberga la partitura-, con imparable musicalidad, con soluciones muy imaginativas para tantos momentos, con cadencias y fermatas de muy variada naturaleza, con fantasía y con exigencias vocales nada despreciables: profusión de fioriture en algunos da capo, sobreagudos comprometidos, staccati sorprendentes; lo que obligó a los cantantes a dar lo mejor de sí mismos a lo largo de una actuación en la que no faltaron, dentro de una semiescenificación a veces exagerada, los gestos melodramáticos y las acentuaciones bufas, que la ópera soporta bien ante el regocijo del respetable.

   Hemos de hablar de las voces, entre las que no hubo ninguna excepcional, pero que compusieron un equipo homogéneo y cumplidor. Serse –que estrenara el castrato Caffarelli- fue la mezzo lírica Lo Monaco, algo apagada de timbre, sobre todo en los graves, relativamente fácil en la coloratura, gentilmente graciosa, como en su aria Più che penso, expresiva en la titulada Se bramate d’amar, simplemente pasable en la de bravura Crude furie. A su lado estuvo la Atalanta de Avemo, lírico-ligera de brillos algo estridentes, hábil para la caricatura. Romilda fue Husáhr, sueca como la anterior, de instrumento más lleno, de emisión aérea, de sólida fonación. Prina (Arsamene) lució su centro oscuro y sus graves –menos contundentes de lo necesario-, su variada gesticulación y su habitual expresividad. Algo mate pero muy musical y concentrada la mezzo Fuchs (Amastre), muy bufo, quizá en exceso, Senn (Elviro) y entonado, con zona superior mal proyectada, De Donato, un bajo lírico suficiente (Ariodate).

   Pero la gran estrella, bien domeñada por Spinosi, fue la extraordinaria Orquesta Matheus. Veintiocho músicos tañendo instrumentos de época perfectamente afinados y ensamblados, milagrosamente agrupados en una sola unidad de acentos –secos y restallantes o mórbidos y elegantes-, de fraseo impoluto, de sonoridades ora agrestes e impactantes, ora luminosas y tiernas.

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