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Crítica: Recital de Simon Keenlyside en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

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5 de febrero de 2020

La hiperactiva emoción de Keenlyside

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 3-II-2020. Teatro de la Zarzuela, XXVI CICLO DE LIED del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital 6.Simon Keenlyside, barítono;Caroline Dowdle, piano. Obras deFranz Schubert (1797-1828), Maurice Ravel (1875-1937), Francis Poulenc (1899-1963), Claude Debussy (1862-1918) y Gabriel Fauré (1845-1924).

   Asistimos con mucho interés a la cuarta visita al Ciclo de Lied del maduro barítono Simon Keenlyside (1959), que ha desarrollado una extensa carrera enfocada tanto a la ópera, al oratorio y a los conciertos, para degustar un recital ciertamente atractivo por un polimórfico diseño que mostró suculentas muestras de los repertorios románticos alemanes y franceses. En este caso estuvo acompañado por la pianista sudafricana -debutante en el Ciclo- Caroline Dowdle, conocida por ser la acompañante habitual del barítono sir Thomas Allen (Inglaterra, 1944). Idéntico concierto ofreció el artista en el Palau de les Arts de Valencia dos días antes, el 1 de febrero.


   Puesto que lo seleccionado comprendió una amplia muestra de Schwanengesang,D 957 (1828) y una larga retahíla de obras alrededor de las distintas esencias francesas, podemos decir que todo ello se convirtió, por derecho propio, en un verdadero tour de force: un recital largo -de alrededor de una hora por cada parte-, enjundioso y muy denso emocionalmente para cualquier cantante que se precie.Bien es cierto que dicho marathon no lo pareció, teniendo en cuenta los sobrados medios vocales y la constante energía derrochada por Simon Keenlyside, que se empleó a fondo.

   Como se ha comentado, no sólo de facultades y de resistencia vocal vive el buen intérprete del Lied, ya que también hay que saber comunicar la emoción y -seamos sinceros- ello «vacía» al cantante. Lo curioso es que tampoco fue éste el caso de Keenlyside, ya que finalizado el recital -después de la primera propina-, quiso elevar aún más la mencionada temperatura emocional de la sala y entonó la sobrecogedora y maravillosa Kadish, de las Deux mélodies hébraïques, de Ravel,como su contribución al reciente 75 aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazi. Una versión que condensó a las claras el sufrimiento y el dolor del pueblo judío y que nos dejó el alma entre sobrecogida y descarnada a partes iguales.

   En la primera parte se sucedieron 11 de los 14 Lieder que componen El canto del cisne, habiéndose señalado en el programa de mano que se suprimía Die Stadt (entendemos que por acortar la duración de esta parte). Keenlyside elegió un particular orden en la interpretación. Digamos -para simplificar- que dibujó un grafo en forma de «meseta» en cuanto a la progresión en subida de la melancolía al dramatismo en las primeras canciones, hasta llegar a la remansada y más plana -aunque funesta- Am Meer [Junto al mar], y después dispuso una bajada esta vez por la ladera del puro lirismo romántico. La voz de nuestro protagonista, de barítono lírico, goza de buen volumen y proyección, y está bien pertrechada técnicamente para poder dotar a su interpretación de los contrastes y dinámicas adecuados, así como de saber imprimir alta capacidad de matización, musicalidad y sensibilidad, y una flexibilidad apreciable en el canto legato y el fraseo,basados ambos en una muy buena administración del fiato.


   De la ascensión comentada, destacamos Kriegers ahnung [Presentimiento del guerrero] y Der Atlas [El Atlas], interpretadas ambas con dramatismo casi escénico, repartiendo los papeles de la tensión con un instrumento pianístico bien comandado por Dowdle, aunque -a nuestro entender- con cierta falta de mordiente que igualara la del cantante.Para la parte más plana también hubo ocasión para la introspección en Der Doppelgänger [El doble], recreada por el barítono lentamente -para enfrentarse al doble psicológico del protagonista-, y con efectivas y bien perfiladas messa di voce. De la sección descendente descolló, sin duda alguna, la interpretación de Abschied [Despedida], cantada casi en parlato sobre rápidas digitaciones del piano en una muy esforzada versión que también hemos escuchado por otros cantantes en versión de tempo bastante más relajado, si bien nos parece más propio el brío imprimido por nuestros intérpretes.

   En la segunda parte se presentaron grupos de canciones pertenecientes a un ramillete de compositores franceses incontestable pero muy distintos entre sí, y también muy personales. De Maurice Ravel se cantaron las Histoiresnaturelles, op. 50 (1906),  sobre textos de Jules Renard (1864-1910), que tienen como protagonistas a distintos animales -el pavor real, el grillo, el cisne, el martín pescador y la pintada (especie de gallinácea procedente de África)-,utilizados como espejo para descubrir nuestras humanas limitaciones o feas estupideces. SimonKeenlyside las recreó muy acertadamente, burla, burlando… En realidad, no dejó de moverse inquieto por el escenario, cantando también los silencios -que siempre dan mucho juego-, y con el gracejo propio del que cuenta un cuento cuya moraleja es que se note que quedamos en evidencia o ese guiño que descubre nuestras carencias.

   El acompañamiento pianístico -sin demasiada dificultad técnica- sólo sugiere ciertas atmósferas y envuelve cada cuento de forma apropiada.

   Después le tocó el turno a Poulenc -Pavana, solo instrumental, incluida en la que brilló elegantemente Caroline Dowdle- con poemas de Louise de Vilmorin (1902-1969) para que el cantante perfilara la enigmática Mazurka y la muy activa Paganini, composición cuyo protagonista es el violín del famoso virtuoso de este instrumento. Los Cuatro poemas de Guillaume Apollinaire (1880-1918) sirvieron también para que nuestro barítono demostrara sus dotes de fino y teatral maestro de ceremonias «francés» -contando escenas costumbristas-, y cantando a toda velocidad los textos. Y ya en un plano mucho más lírico, donde se trata de cantar y no tanto de contar, lució brillantemente la descriptiva y fraseada Voici que le printemps [He aquí que la primavera], de Debussy, y las tres (últimas del recital) de Fauré -Le secret [El secreto], En sourdine [En sordina] y Le papillon et la Fleur [La mariposa y la flor]-esta última con versos de Victor Hugo-, cantadas muy matizadas y con sonidos llenos, apostillando una bella línea de canto a fin de subrayar la potencia de los textos.


   Hemos hecho referencia al principio a la hiperactividad del artista, que se dirigió -en el turno de propinas- varias veces al público, pidiéndole por favor que no abandonara el teatro -en realidad, nadie quiso hacerlo- porque «sólo serían 10 minutos más» …Volvemos a subrayar ese verdadero regalo que emocionó muy profundamente al público que llenaba el Teatro de la Zarzuela y que se rindió al poderío de este artista: «[…] Él reunirá a los forasteros que lo adoran desde la tierra y restaure la adoración celestial a su posición, y que el Santo bendito sea y reine con su soberano esplendor».

Foto: Rafa Martín / CNDM

Autor:Óscar del Saz
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