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Crítica: Thomas Quasthoff, Michael Schade, Florian Boesch con Justus Zeyen en el Ciclo de Lied del CNDM y Teatro de la Zarzuela

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7 de junio de 2019

Una Velada Vienesa Inolvidable

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 3-VI-2019. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXV Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM).Recital 10. Lieder, dúos y melodramas sobre textos de Joseph von Eichendorff (1788-1857) y Heinrich Heine (1797-1856), compuestos por Franz Schubert (1797-1828), Robert Schumann, Felix Mendelssohn (1809-1847), Johannes Brahms (1833-1897), Franz Liszt (1811-1886) y Hugo Wolf (1860-1903). Thomas Quasthoff (narrador), Michael Schade (tenor), Florian Boesch (barítono), Justus Zeyen (piano).

   Esperadísima y concurridísima esta última velada del XXV Ciclo de Lied que reinventa el recital en formato cantante solista más instrumentista (piano), transformándolo en una reunión de amigos, artistas, al estilo de las veladas en los salones vieneses, todos ellos capaces de multiplicar entre sí sus elevadas virtudes en pos de una concepción artística que ahonda tanto en la canción –la música, en definitiva- como en los textos de los poetas. Joseph von Eichendorff y Heinrich Heine se convertirían, por derecho propio en los ‘alter ego’ de la palabra, principales motivadores de la inspiración romántica de músicos que alcanzaron ser referencia absoluta del arte del Lied. Sí, precisamente aquellos que componen la nómina de autores que se reeditan en este concierto: Schubert, Schumann, Mendelssohn, Brahms, Liszt, Wolf,…

   Y qué decir de los intérpretes: el gran barítono Thomas Quasthoff (1959) deja de lado su faceta como cantante (realmente lo hizo en 2012, después de 40 años de carrera, ocupado ahora en la enseñanza y en proyectos de fusión de la lírica y el jazz) para convertirse en maestro de ceremonias y conductor-narrador de este concierto, dando paso a los grupos de canciones interpretadas por el afamado tenor lírico-ligero Michael Schade (1965) o el barítono Florian Boesch (1971), que las cantaron tanto en solitario como al alimón. Al piano, el reconocido acompañante Justus Zeyen (1963), para completar el salón y asegurar con garantías absolutas un resultado de primera. Y decimos que a la manera de los salones vieneses porque los cuatro artistas ocuparon unos cómodos asientos –si es que el asiento del piano puede considerarse cómodo- permaneciendo en escena durante toda la velada aunque no les tocara cantar, disfrutando así todos de todos. Quasthoff contó, además, con una mesita con lámpara para poder leer cómodamente sus dramatizadas narraciones.


    Todas las narraciones que Thomas Quasthoff interpretó -todas ellas se ofrecieron por primera vez en este Ciclo de Lied, lo cual nos alegra enormemente ya que nos encantan los descubrimientos tanto de música como de poemas-sirvieron de reveladora introducción a los Lieder que se interpretaron en solitario o en dúos, de forma que la fabulosa voz del barítono sirvió para dar vida a las narraciones, y no de forma pasiva o autocontemplativa, sino disfrutando de cada compás que desgranaban sus colegas–después de su intervención narrativa-, moviendo la cabeza a modo de adelanto de las entradas y disfrutando de los cambios de ritmo. An Philipp (Para Philipp), con el subtítulo de A partir de la melodía de un salón de baile vienés, sirvió de perfecta introducción para ponernos en situación sobre la escenificación del concierto:

¿Recuerdas la sala encantada

donde vuelan dulces melodías

y van y vienen mujeres

entre un sinfín de estrellas?


   A continuación, el tenor Michael Schade interpretó tres canciones de Felix Mendelsshon (Wanderlied [Canción del caminante], Das Waldschloss [El Castillo en el bosque], Nachtlied [Nocturno]),con esa voz tan singular y distintiva, muy proyectada y penetrante, de rico repertorio en dinámicas y reguladores, supo dibujar perfectamente las vicisitudes del caminante y el viaje -tanto a tiempo reposado como movido- y describir perfectamente la transición del día a la noche, todas ellas temáticas tan utilizadas en el Lied romántico por ser la representación de la vida azarosa y de la muerte como bálsamo.

   Con Vor der Stadt (Ante la ciudad), versos de Eichendorff, Quasthoff dio paso al primer dúo entre Schade y Boesch, dos voces que empastaron perfectamente en las canciones de Mendelssohn Gruß [Saludo], Abendlied [Canción al atardecer]y Wasserfahrt [Travesía por mar], aunque para el barítono fuera difícil luchar contra la fantástica proyección de Schade, al que se le oía ostensiblemente mejor además de por poseer una dicción más trabajada.

   También hubo ocasión para que Quasthoff desgranara los textos con el piano sonando como música de fondo, como ocurrió en Das zerbrochene Ringlein [El anillito roto], perfecta personificación del amor malogrado entre dos novios. Las voces que pudo armonizar nuestro narrador no tienen límite gracias al dominio de su instrumento también en el registro hablado, pudiendo ir de la gravedad más absoluta al falsete, con singular maestría. Esta introducción dio paso de nuevo a un trío de canciones de Brahms, interpretadas por Michael Schade (In der fremde [A lo lejos], Vom Strande [De las playas], Mondnacht [Noche de luna]) -interpretadas por primera vez en este Ciclo-,que a nuestro entender fueron el trío de canciones que mejor nos demostraron la capacidad de este cantante para dotar de expresividad musical y lírico-dramática a todo su canto, ejercitando su singular energía y técnica tanto en los forte como en los pianos, así como su maestría en el manejo de las medias voces. En la réplica de Boesch éste recreó de forma muy acertada las fúnebres canciones de Schubert Ihr Bild [Su imagen], Der Doppelgänger [El doble] y Der Atlas [El Atlas], con leve acompañamiento pianístico, después de que se lo pusiera en bandeja el prólogo que enunció Quasthoff con Abschied von der Erde [Despedida de la tierra], con textos de Adolf von Pratovebera (1806-1875).


   En el comienzo de la segunda parte, Thomas Quasthoff declamó sobre la música del piano los versos de Schön Hedwig [La hermosa Hedwig], utilizando una voz distinta para cada uno de los personajes, para dar paso después a dos bellas canciones de Schumann interpretadas por Florian Boesch, buen contador de historias en el escenario: Abends am Strand [Al atardecer junto a la orilla], que se refiere al paradisiaco río Ganges, y Es leuchtet meine Liebe [El brillo de mi amor], una canción muy movida en la que Boesch desplegó toda su capacidad de dicción para dotarla de un sello muy personal. La voz de nuestro protagonista es densa y de apreciable volumen, pero un tanto áspera y con una emisión más bien abierta; algunos forte sonaron desaforados y excesivamente engolados en el registro agudo.

   La extensísima narración de Die Brautnacht [La noche de bodas], con textos deliciosos de Heine, perfectamente rimados, creemos fue la parte más lograda de Quasthoff y el momento cúlmen de sus intervenciones, así como lo fueron también -en cuanto a los dúos- las tres canciones que siguieron, interpretadas con toda la intención y maestría en los accelerandi a dúode la última de ellas: Wenn ich ein Vöglein wär [Si yo fuera un pajarillo], Intermezzo y Blaue Augen hat das Mädchen [Ojos Garços ha la niña],todas ellas de poetas españoles (Juan de la Encina y Gil Vicente), por los que Schumann y Eichendorff sentían predilección yen las que el piano va doblando secuencialmente las voces de los cantantes.

   En el último tramo del concierto, las dos últimas intervenciones de Thomas Quasthoff (Die Minnesänger [Los trovadores] y An eine Sängerin [A una cantante])sirvieron para dar paso a los grupos de canciones interpretadas respectivamente por Boesch y Schade. Boesch se sintió muy cómodo interpretando a Liszt en una enojada Vergiftet sind meine Lieder [emponzoñadas están mis canciones], con puro lirismo en Ein Fichtenbaum steht einsam [una pícea se yergue solitaria] y, de forma muy amorosa y detallista, desgranó Die Loreley [La Lorelei]. Lo propio hizo, como si de un mano a mano se tratase, Michael Schade interpretando a Hugo Wolf en un repertorio que el artista sublima-proyectándolo hacia el futuro- a escenas del Berlin Cabaret de los años 20, donde se ofrecían canciones, drama teatral y otros números diseñados para hacer pensar al público mientras se divertía. Der Musikant [El músico ambulante], Der Scholar [El erudito], Der verzweifelte Liebhaber [El amante desesperado] y Seemanns Abschied [Despedida del marinero] son los títulos correspondientes, todas ellas de muy distinta temática que va desde la vida inestable del músico, del erudito que se cansa de tanto estudiar, el amante no correspondido o la despedida de la vida terrenal.

 
   En correspondencia a los bravos y vítores por parte del público, que acabó entusiasmado con este concierto, se ofreció de propina la jocosa canción O, die Frauen, de Brahms, de los versos de Polydora, interpretada por el dúo Schade y Boesch:

Oh mujeres, oh mujeres…

¡Cómo se deleitan!

¡Me hubiera convertido en un monje

hace mucho tiempo

si no fuera por las mujeres!


   Confesamos que nos gustó tanto este formato de concierto dentro del Ciclo de Lied que nos encantará que se repita, aunque no siempre tengamos la suerte de disfrutar de cuartetos tan excelsos como el que aquí se ha referido. Que así sea.

Foto: CNDM

Autor:Óscar del Saz
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