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[C]ritica: «Tosca» de Puccini en el Teatro Campoamor de Oviedo bajo la dirección musical de Pablo González

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18 de noviembre de 2018

Tosca contra el comunismo

   Por Aurelio M. Seco | [@AurelioSeco]
Oviedo. 15-XI-2018. Teatro Campoamor. Tosca, Puccini. Arturo Chacón-Cruz, Ekaterina Metlova, Ángel Ódena, Paolo Battaglia, Cristian Díaz, Josep Fadó, Gerard Farrera, Juan Salvador Trupia, Helena Orcoyen. Dirección musical: Pablo González. Dirección de escena, vestuario e iluminación: Arnadu Barnard. Escenografía: Camille Dugas. Oviedo Filarmonía. Coro de la Ópera de Oviedo.

   Hacía mucho tiempo que el público del Teatro Campoamor no pateaba tanto una puesta en escena; en un título importante además: Tosca, de Puccini, una obra maestra del género operístico que se presentó en Oviedo con una concepción de Arnaud Bernard errada, estética y dramatúrgicamente, sin menosprecio de una bonita y bien realizada escenografía general. Qué mal elegida la producción para presentar la partitura en el Campoamor. Bernard, que también diseñó el vestuario y la iluminación, se montó su propia película con el libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa e hizo una mezcolanza peculiar inspirándose en la historia alemana —la de la República Democrática—, la de la URSS represiva de Stalin y Lavrenti Pávlovich Beria, y la de la antigua Checoslovaquia, sumida durante más de cuarenta años en un régimen totalitario comunista. Los comunistas y socialistas son aquí los malos de la película. Es muy probable que en esta elección de tan marcados tintes políticos haya influido el hecho de que esta producción fuese encargada y estrenada en su día por la propia Ópera Estatal de Praga, cuyos ciudadanos han podido ver en el trasunto comunista de este director de escena un aspecto obvio de su propia historia, al haber padecido ese «marxismo—leninismo llevado a Checoslovaquia y a otros lugares, cuya realidad no tiene nada que envidiar en horror a la ficción», como explica el propio Arnaud Bernard en el programa de mano, donde también explicita sus fuentes cinematográficas y analogías dramatúrgicas e históricas con otras épocas y parecidas situaciones de buenos y comunistas.

   Así que Arnaud Bernard obligó al público a reflexionar sobre su replanteamiento ideológico de la ópera, ya desde el principio, al incluir un innecesario preludio actoral sin música que ni Puccini ni los presentes necesitaban. En la historia no se percibió a Roma más que a través del libreto, un gran cuadro y unos recortables con edificios de la ciudad que contrastaban con el bonito pero excéntrico y principal decorado de fondo, obra de Camille Dugas, un hombre de talento. Bernard convierte a Cavaradossi en el artista encarcelado más rápido de la historia, capaz de pintar en tiempo récord y sin apenas medios un gigantesco lienzo de «la ciudad eterna» con un Castillo del Santo Ángel demasiado alejado de la historia. No saltó Tosca de su terraza cuando se suicidó, ni Mario estaba encerrado en él: era sólo una pintura añorada por el pintor, así que cuando Floria Tosca se mata, lo hace desde el interior de una cárcel o patio o lo que fuera. Pero qué necesidad hay que forzar tanto el argumento. Nada menos que un muñeco tiró Bernard al vacío en el momento cumbre de una ópera que precisamente en ese instante debe desbordar la emoción el espectador y no hacer sonreír por lo ridículo de la imagen.

   El movimiento escénico, aunque trabajado y con alguna bella instantánea, no fue creativo. ¿Era necesario que Ekaterina Metlova cantase la mayor parte del «Vissi d´arte» agarrada a una camilla? Se podría haber trabajado su actitud actoral mucho más, también en la escena de la muerte de Scarpia. En general los gestos y las circulaciones parecían salir del paso dependiendo de los aparatos que se introdujesen en escena, algunas veces forzadamente, con dificultad y ruido. Bernard convirtió su trabajo en «puramente decorativo», justo de lo que quería huir, resultando intrascendente y confuso. Tampoco entendemos esa necesidad de exagerar la libido de Scarpia con gestualidades vulgares que no pegan con el tono dramático de la historia. No lo decimos por puritanismo sino porque no viene a cuento. Faltó elegancia en esto, sin menosprecio del fenomenal trabajo de Ángel Ódena, del que hablaremos después. Hubo contradicciones entre lo que vimos y lo que decía el argumento, cuando Tosca explica a Mario cómo coge un cuchillo —«allí mismo vi brillar un cuchillo»— en el despacho de Scarpia que, en la propuesta de Arnaud, ella lleva consigo, cambiando la intencionalidad. También se podría haber evitado fácilmente el molesto ruido generado por el objeto lanzado por Mario al suelo en el «Adiós a la vida». Ni parece lógico que mientras Sciarrone grita a Scarpia «¡Bonaparte ha vencido!», nosotros veamos en escena un trasunto de la opresión soviética. ¿Qué tenemos que hacer los espectadores, como que no hemos oído nada?

   La versión musical se puso en manos de Pablo González, uno de los directores españoles de mayor talento del presente, que además el propio día del estreno vio como se anunciaba su contratación como titular de la Orquesta Sinfónica de RTVE, una de las más importantes de nuestro país.

   González ya dejó su buen trabajo en el Campoamor dirigiendo Don Giovanni, de Mozart, y una menos interesante versión de Madama butterfly, de Puccini, que ofreció con un estilo un tanto rígido, aséptico, alejado de la calidez y pasión consustancial al lenguaje de Puccini, un autor que no estamos seguros de que vaya del todo con su carácter. Su versión de Tosca nos pareció admirable en ciertos aspectos, y estimable en general, aunque echamos en falta cosas, desde luego, al igual que ocurrió con aquella Butterfly. La crítica (no crónica, sino crítica, que son dos cosas distintas. A ver si nos enteramos de una vez) se establece siempre por comparación y contra otros, por el nivel alcanzado -impuesto- por otros directores y lo que han conseguido extraer de la misma partitura. El sonido de la Oviedo Filarmonía nos pareció notable, con una preocupación por la afinación y perfección sonora muy reconfortantes que casi se puede decir que es seña de identidad en este director. Sonó bien la Oviedo Filarmonía, resultando anecdóticos algunos tropiezos instrumentales puntuales. González tenía muy claro lo que quería de la partitura y a buen seguro lo consiguió, aunque su concepto de la obra no haga brillar como nos gustaría del todo esta música nacida para epatar. Nos gustó mucho el cuidado que tuvo para caracterizar ciertas atmósferas, como el inicio del aria «E lucevan le stelle», con un clarinete solista lleno de virtudes, sin bien con un fraseo que esperábamos resultase, en general, algo más personal. 

   La obra empezó a buen ritmo, dentro de una sonoridad que buscaba siempre estar equilibrada, bien proporcionada y refinada, pero a la que le faltó hacernos vibrar con la historia. No entendimos, por ejemplo, el cambio tan brusco de tempo con la entrada en escena de Tosca —«Mario, Mario, Mario. Claro que cambia la situación pero la decisión nos pareció demasiado contrastante, perdiendo la obra algo de pulso y la interesante energía que se percibió desde el comienzo. No nos gustó que el director musical permitiera incluir un grito entre los primeros acordes de la partitura: es una concesión innecesaria que, con todo lo positivo que pueda tener desde el punto de vista dramático, no sale tan rentable como para interferir en uno de los fragmentos más importantes de la ópera: su mítico comienzo, unos acordes que marcan la primera impresión respecto al trabajo del director y el tono interpretativo de la versión. Nos parece que esta música debe respirar emoción, con picos de dramatismo, exacerbados a veces. Si no hacemos Tosca para conseguir esto, ¿para qué si no? Estamos hablando de una música que es auténtico fulgor emocional en la que el concepto sonoro debe ser de amplio espectro, a costa incluso de sacrificar la limpieza sonora y, por qué no, dar cabida al exceso.

   Arturo Chacón-Cruz estuvo soberbio cantando y actuando. Es un papel muy difícil, Cavaradossi, con unos fraseos largos y complicados de mantener en una tesitura incómoda, con una voz que tiene que estar siempre presente. El gran cantante mejicano realizó una notable recreación del personaje, que a buen seguro perfilará en próximos compromisos.  Ha sido reconfortante oír su Cavaradossi, que dejó agudos impresionantes, frases importantes muy bien emitidas -«Victoria»- y un concepto del personaje del todo apropiado. Enhorabuena.

   Ángel Ódena debutó como Scarpia en el Teatro Campoamor, un personaje que a buen seguro repetirá en el futuro y que le traerá muy buenas críticas. Estuvo soberbio en escena, tan carismático que aglutinó todas las miradas en el segundo acto. Qué gran artista es Ódena, y un hombre admirable, también, que ha tenido la iniciativa de crear y llevar adelante un festival lírico —el Costa Daurada Escena—. Estamos ante un cantante cuyos enormes méritos creemos que no terminan de verse con la suficiente perspectiva. Su voz atractiva, imponente, es una cualidad de enorme valor para el género, y aunque es verdad que su fraseo a veces denota alguna sutil debilidad, sería absurdo darle excesiva importancia ante un torrente vocal y actoral tan magnífico. Quizás fue el mayor aliciente de la función. La construcción dramática de Scarpia nos pareció portentosa, ejemplar, digna de uno de los más grandes de nuestra ópera. Ojalá vuelva pronto al Campoamor, para repetir Tosca, protagonizar su inolvidable Gato montés o en recital. Lo que quiera.

   Ekaterina Metlova es una buena soprano, pero no es el tipo de cantante apropiada para interpretar a Tosca si lo que se pretende es hacer brillar todas las cualidades de su perfil dramático. Se necesita ser una buena actriz, como mínimo, para intepretar a Floria Tosca, y Metlova habría necesitado más ayuda en esto. Cantó bien el famoso «Vissi d´arte», incluso estuvo brillante en general si nos atenemos a sus características vocales, pero este fragmento requiere unas sutilezas y tersuras que la soprano simplemente no podía dar. Metlova posee una voz bonita, sin duda, y es una cantante notable que, además, cuenta con una importante trayectoria que le ha permitido trabajar, por ejemplo, con un mito como Lorin Maazel. Ya participara en Oviedo en Nabucco. En Tosca logró estar a la altura, lo que ya es decir mucho para un papel tan difícil.

   Buen trabajo de Paolo Battaglia como un Angelotti elegante y lleno de carácter. Volvió Cristian Díaz al Campoamor para interpretar al Sacristán con las indudables  virtudes que ya le observamos en otras ocasiones. Merece más papel este artista, sin duda, que siempre logra dar un toque de distinción a todo lo que hace. Josep Fadó estuvo sin voz durante toda la función debido a una afonía sobrevenida durante los ensayos. Tenía que haberse anunciado el hecho por megafonía como mínimo, aunque a nuestro juicio lo mejor hubiera sido sustituirlo. No hay mayor gesto de respeto al público que dejar sitio cuando no se está en buenas condiciones. Fue una pena, porque Fadó es un tenor de interés y nos quedamos sin verle en las mejores condiciones. Otra vez será. Certero el Sciarrone de Gerard Farreras, apropiado el carcelero de Juan Salvador Trupia y muy agradable de ver y oír el Joven pastor caracterizado por Helena Orcoyen, a quien nos gustaría ver en papeles de mayor envergadura. Buen trabajo lírico del Coro de la Ópera de Oviedo, que cuenta entre sus filas, hay que recordarlo, con componentes extraordinarios, capaces de actuar y cantar a un nivel ejemplar.

   Vergonzosamente se sigue manteniendo el saludo inicial por megafonía en asturianu en el Campoamor, ese invento artificial que llaman llingua y que han confeccionado unos cuantos individuos cargándose los bables para perpetuar su poder e ideologías. Ya hemos dicho en multitud de ocasiones que nadie salvo el que lo haya inventado y sus amigos habla esa absurdez que el «Tripartito de izquierdas» ovetense está intentando imponer a los asturianos, con el apoyo de los indeseables ineptos de turno, colaboracionistas del régimen o, simplemente, estúpidos que aceptan por cobardía o ignorancia, inercia y sin pensar, las tropelías de la partitocracia que tan lamentablemente gobierna Oviedo. Quien no vea la relación directa del intento de conseguir la cooficialidad del asturianu con las ansias políticas independentistas que van contra España simplemente está ciego.

   Para mi sorpresa se sigue protestando el anuncio con pateos. Menos mal. Digo «para mi sorpresa» porque, estando tan acostumbrado a que tantos ciudadanos agachen la cabeza ante las injusticias marcadas por el látigo del politiquillo inepto de turno, me sorprende observar la resistencia que los asturianos están ofreciendo a esa imposición de la posible cooficialidad del bable —no sólo en el Campoamor, sino en general—. El bable -los bables, sería más lógico decir- es un modismo del español, nada más, es decir, una manera de hablar el verdadero idioma de los asturianos: el español. Ya puede hablar en bable quien quiera y en absoluta libertad, por ley. Como debe ser, además. Por el contrario, el asturianu, —palabra inventada perversamente para llamar «mal asturiano» a quien vaya contra él—  se ha confeccionado, diseñado «contra» el español, precisamente para diferenciarse de él. Así que tenemos cierta esperanza todavía en los asturianos y en Asturias. Y quien sabe si volverá la Reconquista de nuestro país a empezar por esta pequeña región del norte de España que, en los momentos más trágicos de nuestra historia, ha sabido no sólo estar a la altura de las circunstancias, sino situarse en primera fila, orgullosa, liderando al resto. Ver veremos.

Fotos: Iván Martínez / Ópera de Oviedo

Autor:Aurelio M. Seco
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