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Crítica: 'La traviata'en el Teatro del Liceo de Barcelona

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19 de octubre de 2014

EL PAPEL NO LO AGUANTA TODO

Por Alejandro Martínez

17/10/2014 Barcelona: Gran Teatro del Liceo. Verdi: La traviata. Patrizia Ciofi, Charles Castronovo, Vladimir Stoyanov y otros. Evelino Pidò, dir. musical. David McVicar, dir. de escena.

18/10/2014 Barcelona: Gran Teatro del Liceo. Verdi: La traviata. Elena Mosuc, Leonardo Capalbo, Àngel Ódena y otros. Evelino Pidò, dir. musical. David McVicar, dir. de escena.

   Indicaba David McVicar en una sucinta nota adjunta al programa de mano, a modo de declaración de intenciones, que la acción de La traviata no tiene lugar en grandes palacios y salones excelsos sino en la intimidad de estancias burguesas, donde cortesanos y gentes de más baja estofa daban rienda suelta a sus vicios y sus miserias. McVicar se proponía, eliminando toda decoración superflua, escapar al más rancio tradicionalismo y dar vida precisamente a una “secuencia sombría con espacios pequeños y asfixiantes” (sic). Antes de entrar al teatro nos preguntábamos si cabe emocionarse con la enésima Traviata. Lo cierto es que McVicar había puesto sobre el papel los elementos para creerlo posible, pero el papel no lo resiste todo y su trabajo, puesto en escena, dista mucho de cuadrar con lo enunciado por él mismo. Y es que a la postre no vemos por ninguna parte esa Traviata inédita, nunca antes vista, esa revisitación de sus orígenes, ese enfoque intimista y casi filológico en busca del verdadero alma de Violeta, lejos de oropeles y excesos. Y el problema no es la escenografía única que con levísimos cambios sirve de marco a los tres actos. Nos gustó incluso el detalle de disponer discretamente la gran lápida de la tumba de Violeta como suelo sobre el que se desarrolla toda la acción, como si ésta estuviera indefectiblemente encaminada a la muerte de la protagonista. Tampoco es un problema esa iluminación, pretendidamente oscura y todavía más penumbrosa merced a los telones negros que se disponen en el escenario. Puede entenderse esa opción, y es un problema menor cuando, como es el caso, se cuenta con una dirección de actores tan esmerada como la que McVicar acostumbra a mostrar. El problema más bien es que con esos mimbres no nos encontramos sino ante una Traviata de factura clásica, primorosamente realizada, sí, pero sin novedad alguna. Un planteamiento clásico, anquilosado en el imaginario más tópico que asociamos a la representación de La Traviata y que no cuadra pues con las aspiraciones apuntadas por el propio McVicar. Decepciona comprobar que el director de escena escocés se queda a medio camino. Hemos conocido opciones con más personalidad, sin necesidad de mirar muy lejos. Tcherniakov abrió la pasada temporada de la Scala con una Traviata tan rompedora como bien labrada, actualizando con cordura el lado más mundano del trágico destino de Violeta. Hay en la labor de Tcherniakov muchas puntuales incoherencias, pero su trabajo respira una sana ambición que no hemos encontrado en la propuesta de McVicar. También Konwitschny ofreció una Traviata enfocada desde un minimalismo lleno de fuerza y vigor teatral. En el caso de McVicar, sin embargo, nos encontramos una Traviata más bien pretenciosa, que repite precisamente los errores que denunciaba y de los que pretende, en vano, separarse. El resultado carece de emoción y lo que sobre el papel se prometía como una Traviata distinta se torna al final como una Traviata más.

   Ninguna de las dos protagonistas es netamente superior a la otra. La primera, Patrizia Ciofi, es en esta ocasión mejor actriz que cantante, lastrada por un timbre cada vez más áfono, de ligera devenida a lírica (por acentos, no así por material) y al que caen grandes los ropajes de Violeta, que es un rol que desnuda con pasmosa facilidad incluso a intérpretes tan consumadas como Ciofi. La italiana es una actriz de primera y si hay una voz cuya sonoridad se preste a dar voz a una tísica como Violeta es la suya, con esa impura pureza, pero a la vista de los resultados cabe pensar que quizá è tardi, como dice la protagonista. Curiosamente, el primer acto le pesa, como paradójicamente sucede a casi todas las ligeras con un cierto recorrido que asumen esta parte y que brillan precisamente donde menos se les espera, en el segundo acto, más central y donde la madurez escénica de Ciofi da un resultado espléndido. Lástima que cuente ahí con un partenaire tan banal como Stoyanov, que apenas alcanzar a darle una réplica discreta. Por su parte, Elena Mosuc ofrece una vocalidad más exacta y próxima a la que la partitura apunta. Su retrato es mas homogéneo pero también menos inspirador. El timbre, aunque por lo general eufónico, es no obstante genérico. El canto es limpio, pero no siempre exacto y el fraseo deja mucho que desear, a menudo distante, prefabricado y ligado a una expresividad en escena por lo general tópica y corta de miras.

   Charles Castronovo es un seductor nato pero a su Alfredo le faltan contrastes, y así lo refleja también su canto, bastante plano, efusivo y ardoso, sí, pero carente de una teatralidad genuina. Sus cuitas y padecimientos se antojan poco verosímiles, sobre todo al lado de una Ciofi explosiva en lo escénico. No nos convenció tampoco su emisión, atrasada a menudo y apoyada de tanto en tanto en la nariz, apretando el sonido conforme ascendía. El pasaje sigue sin estar resuelto y eso redunda en una franja aguda fibrosa e inestable, que contrasta con lo sólido y aterciopelado del centro. Como ya dijéramos al hilo de su Des Grieux, un material con un centro interesante, lastrado por una técnica rudimentaria y que apenas sube enteros por mor de un canto entregado pero sin contrastes. Leonardo Capalbo, en cambio, es un actor mucho más consumado y plausible. Sus medios son seguramente más modestos pero su emisión es más firme y constante. El fraseo está mucho más meditado y el retrato de Alfredo se nos antojó más redondo y logrado. Capalbo actuaba en sustitucion del originalmente anunciado Michael Fabiano.

   Nos habíamos referido interiormente al Germont de Ángel Ódena, al hilo de una Traviata en la Quincena de San Sebastian, hace dos veranos. Entonces nos defraudó encontrar un material tan espléndido malgastado con un canto tosco y tonante. Apluaudimos ahora, sin embargo, un enfoque radicalmente distinto por parte un Ódena pletórico de medios, casi desconocido habida cuenta de la variedad de la emisión y la riqueza de los acentos. Amén de su espléndida presencia en escena, su mayúscula entonación del “Di Provenza” fue sin duda el mejor momento de la noche, paladeando el texto y jugando con las intensidades y las dinámicas prácticamente a placer. Bravísimo. Así las cosas, con un canto franco, de expresión tan rica como severa, su Germont fue netamente preferible al de Vladimir Stoyanov, que encontramos por lo general plano, de un sólo trazo, envarado en escena, plebeyo de acentos y muy poco esmerado en el fraseo. Se incluyó, por cierto, la cabaletta “No, non udrai rimproveri” tras el “Di Provenza”, tantas veces suprimida. Muy irregular, por cierto, el rendimiento de los comprimarios, que oscilaron entre lo bochornoso (Iosu Yeregui), lo correcto (Toni Marsol y Jorge Rodríguez-Norton) y lo estimable (Miren Urbieta y Gemma Coma-Alabert).

   Desde el foso Evelino Pidò , concertador con oficio, planteó una versión más meritoria que criticable. Su batuta, de agitados ademanes que luego no dan lugar a una expresividad tan consumada, se caracterizó por una constante tendencia a aplacar el sonido, buscando un fraseo cantabile y una sonoridad amortiguada, apagada a veces hasta el punto de ahogar y dejar exánime la música, que por momentos se le muere entre las manos. Muy atento a los cantantes y al desarrollo de la acción en escena, no cabe hablar de su labor con entusiasmo, pero sí supo Pidò al menos plantear la versión que mejor podía cuadrar a los mimbres con los que contaba. No en vano la orquesta se mostraba visiblemente cómoda trabajando con él.

   El teatro pudo colgar el cartel de localidades agotadas en estas funciones, claramente exitosas desde el punto de vista de la taquilla, aunque no tan meritorias habida cuenta de su resultado artístico. Una tanta de cuatro funciones más podrá verse en julio de 2015, los días 8, 11, 14 y 17, con dos repartos integrados por Elena Mosuc, Franceso Demuro y Gabriele Viviani, el primero, y por Ailyn Pérez, Ismael Jordi y Leo Nucci, el segundo. Esta misma Traviata de McVicar, programada en el Liceo por Matabosch, se verá también esta misma temporada, durante abril y mayo, en el Teatro Real de Madrid, hogar del citado director artístico desde hace un año.

Fotos: A. Bofill

Autor:Alejandro Martínez
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