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CRÍTICA: WALTRAUD MEIER SE TRANSMUTA EN ISOLDA EN EL 'TRISTÁN E ISOLDA' DE LA BAYERISCHE STAATSOPER DE MUNICH. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
17 de marzo de 2013
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TRISTAN UND MEIER

Tristan und Isolde (Wagner), Bayerische Staatsoper, Múnich, 07/03/13

       En contadas ocasiones, en este peculiar hábitat que es la ópera, se da un fenómeno de absoluta encarnación, por parte de ciertos cantantes respecto de ciertos roles. Ese es el caso de Waltraud Meier y el papel de Isolda. Ella es Isolda. La identificación es total. Se pierde en su caso la distinción entre la referencia y el referente. Estamos ante una encarnación total: física, vocal, gestual e interpretativa. Cuando se transmuta en Isolda desaparece toda distancia entre la mujer y su desempeño dramático. Meier debutó como Isolda hace ya veinte años y no vamos a descubrir aquí su apabullante dominio del rol. Pero seguramente, hoy en día, cuando la voz empieza a presentarse mermada en el agudo, se impone todavía por una madurez interpretativa que no tenía en sus primeros años. Hay una comunicación constante e infinita en su interpretación del rol.
      Es tal el grado de encarnación que en ocasiones dice más al espectador con su rostro, cuando ni siquiera está cantando, que cuando aborda su partitura. Y al mismo tiempo hay momentos de absoluta magia, como esa forma increíble de decir el "Er sah mir in die Augen", deteniendo el tiempo y enmudeciendo al teatro, o como ese Liebestod que recrea de un modo inolvidable, emocionando hasta las lágrimas. Seguramente estas funciones de Munich sean una de las últimas tandas de representaciones de Meier como Isolda, pues como decimos es ésta una partitura exigente y su voz declina ya, poco a poco, en el extremo agudo, donde aparecen, aquí y allá, sonidos hirientes, que todavía no empañan lo inolvidable de su encarnación, aunque podrían hacerlo en el futuro. Todavía hoy, pues, es Meier una Isolda histórica e inolvidable.

 

       Robert Dean Smith es un intérprete inteligentísimo. Sus medios no son los del heldentenor que reclama la parte de Tristán. Si acaso, son los de un lírico pleno con acentos de dramático y pretensiones de heroico. Pero aunque así sea, en última instancia, asombra su capacidad, tanto técnica como dramática, para sobreponerse sin fallas a la implacable partitura de este rol. No estamos ante una creación personal, ante una encarnación para el recuerdo, pero sí cabe quitarse el sombrero ante un cantante tan inteligente y tan seguro en su enfoque sobre el papel de Tristán. Una parte que ha madurado tras cantarla durante ya bastantes años, incluso en Bayreuth. En España también le hemos podido escuchar varias ocasiones con este rol, desde el Real al Liceo pasando por Oviedo. Nos gustaron, insistimos, su sagacidad y su firmeza. Consigue darlo todo, en una entrega absoluta, pero desde una dosificación técnica medida al detalle, hasta imponerse a una partitura casi imposible, que sortea finalmente por conocerla al milímetro. Un Tristán valiente y seguro.
       Kwanchoul Youn, del que hablamos ya a su paso por Madrid como Gurnemanz, se impone ya como una de las voces de bajo más relevantes del panorama actual. Su Marke fue magistral. Un impresionante derroche de sensibilidad a través de la técnica, vehiculando sus emocionantes intervenciones a través de una emisión infalible donde caben las dinámicas, las medias voces y la eficaz alternancia entre el forte y el piano. Un Marke de referencia, sólo comparable hoy al no menos impresionante que compone Pape.
      Petra Lang fue Brangäne. Si bien su entrega fue total, echamos de menos una poesía más lograda en sus "avisos", seguramente a causa de un timbre en exceso metálico, con un color no demasiado oscuro y apenas contrastado con el de Meier. También se entrevieron, en su gesticulación y sus ademanes, unos afanes excesivos de protagonismo. El Kurwenal de Markus Eiche fue rutinario, sin especial interés más allá de un instrumento sonoro y bien timbrado. Lo mismo cabe decir del equipo de comprimarios, esmerados en su labor pero sin destellos.
       Nos gustó, en términos generales, la lectura que Kent Nagano sostuvo desde el foso. Es cierto que su abordaje peca, en ciertos pasajes, de ser más físico y musculoso que trascendente, y que fue el suyo un trabajo algo excesivo en decibelios, en algunos pasajes. Aunque al mismo tiempo fue la suya siempre una exposición con pulso, con sentido del tiempo, rica en poesía y con gran esmero en la recreación del lirismo y la tragedia. No alcanza, en su lectura, las cotas de personalidad, detalle y magia que encontramos hace unos meses en el Tristán de Barenboim, en la Staatsoper de Berlín, pero ofrece una lectura sobresaliente, sacando lo mejor de una formación, la orquesta titular del teatro, de primera fila. El segundo y el tercer acto, de una gran contundencia dramática, lucieron a un nivel netamente superior al primero, algo más alborotado.
       La producción, ya clásica, de Konwitschny, nos gustó, incluso en su heterodoxia. Es de una rara poesía, que no gustará a todo el mundo, pero que llega, en no pocas ocasiones, a tocar las fibras del espectador, sin que éste sepa quizá explicarse muy bien cómo eso ha sucedido. Es tremendamente visual, escogiendo una paleta de colores extremos y una estética ciertamente original, de formas sugerentes e imaginativas en la escenografía de Johannes Leiacker.
      Juega asimismo con la iluminación (Michael Bauer), presentando, con gran efectismo teatral, buena parte del segundo acto, desde la entrada de Marke, con el teatro a plena luz y con los solistas en primer término, creando una tensión y un juego de miradas y gestos entre el público y los intérpretes, tan expuestos, tan desnudos así en su labor. El empeño teatral es evidente en muchas de sus propuestas, como ese solo de corno inglés llevado a escena, pero no por ello deja de funcionar. No faltan, en todo caso, deslices caricaturescos, como ese sofá que aparece en escena de un modo grotesco, arrojado desde bambalinas con gran estruendo. Momento que contrasta, en su banalidad, con la enorme inspiración y sensibilidad de un final escalofriante y emotivo, que recomendamos visionar en el DVD de esta producción que circula, de unas representaciones de 1998, también con Waltraud Meier.
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