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CRÍTICA: 'UN BALLO IN MASCHERA' EN EL TEATRO REGIO DE PARMA. Por Andrea Merli

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Autor: Andrea Merli
7 de febrero de 2013
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UNA HAZAÑA HERÓICA

Parma. UN BALLO IN MASCHERA - Giuseppe Verdi. Riccardo: Francesco Meli, Renato: Luca Grassi, Amelia: Anna Pirozzi, Ulrica: Julia Gertseva, Oscar: Serena Gamberoni, Silvano: Sergio Vitale, Samuel: Enrico Turco, Tom: Francesco Palmieri, Un giudice: Gian Marco Avellino, Un servo di Amelia: Enrico Paolillo. Direttore: Massimo Zanetti. Regia: Massimo Gasparon. Escenografía: Pierluigi Samaritani. Luces: Andrea Borelli. M°del coro: Martino Faggiani. Teatro Regio, 12 enero 2013.

      En tiempos de crisis, sobre todo cuando la supervivencia del mismo teatro se pone en duda saliendo del bache de una precedente gestiòn despilfarradora y sin visiòn al futuro, la vieja producciòn historica como la de Pierluigi Samaritani de Un ballo in maschera puede sacar del apuro y servir perfectamente para la inuguraciòn de temporada. La nueva direcciòn del Teatro Regio, con el sovrintendente Carlo Fontana (el mismo que llevó  la Scala en los tiempos de Riccardo Muti) y el director artistico Paolo Arcá, han acertado con la formula del minimo gasto con el máximo resultado, confiando además la dirección de escena a Massimo Gasparon, que reprodujo fielmente las hechuras de su maestro Pier Luigi Pizzi, quien, a su vez, se habia inspirado en el original de Samaritani en la precedente ediciòn de la opera.
      Se trata de un espectaculo fiel al texto y a la epoca en que se desarrolla la acción y eso, ademas de ser agradecido a la mayoria por no decir totalidad del publico parmesano y de los muchos que acuden al Teatro Regio para las funciones verdianas con la esperanza de ver lo que el autor y sus libretistas habian concebido, hoy en dia hay que considerarlo como una autentica rareza, casi una hazaña heróica.
      Los decorados de Samaritani, magnificamente pintados y con muy poca parte "corporea" y, sobretodo, nada de lo estrafalario de ciertas versiones que desprecian la verdadera dramaturgia buscando escusas psicoanaliticas, sociales y politicas donde no las hay, siguen teniendo una gran espectacularidad. Lo primero en la gran escalinata oblicua, que se supone del palacio del Conde de Warwich, luego la misteriosa cueva de la adivina Ulrica, una gruta en la que penetra por el techo un tenue rayo de sol (muy bien realizada la iluminacion, que en estas producciones es fundamental para sacar todo el encanto, por Andrea Borelli) y el siniestro cementerio, donde entre la neblina se vislumbran los conjurados, en el segundo acto. Otro ventanal permite una iluminacion de lado (la firma de Sammaritani) en la casa de Renato, mientras que en la ultima escena, el baile que da titulo a la opera, la decoraciòn dieziochesca tiene algo de polvoriento como en "El baile de los vampiros", la celebre pelicula de Polanski. El vestuario es mas de Pizzi que de Smaritani, todo hay que decirlo, y si bien algunos colores han parecido excesivos (el "imposible" amarillo limon que luce el conde Riccardo, por ejemplo) desde luego el corte es precioso, las telas ricas y el efecto de grande elegancia. En fin, todo un lujo para los ojos y un exito garantizado para los responsables de la parte visual.

      No ha pasado lo mismo en la vertiente estrictamente musical. El publico de Parma, tradicionalmente difícil de complacer, se considera "arbiter" inapelable de las ejecuciones verdianas. Tiene sus gustos, muy especiales, a veces casi caprichosos, y la costumbre, también, de hacer comentarios durante la función. Esta vez quizas hubiese sido preferible un clima más batallero durante la ejecuciòn, saludada con aplausos y bravos al final de arias, duos y concertantes, y sin embargo desancadenandose con algunos de los interpretes en los saludos finales.
      Vamos por partes: Francesco Meli ya ha cantado en Parma algunos de los titulos verdianos que hacen esperar de él una carrera en el repertorio lirico, cuando no "spinto", habiendo empezado, como es logico, de lirico-ligero, obteniendo sus primeros triunfos con los titulos de Rossini y de Donizetti. En el Teatro Regio se le ha escuchado valiente Oronte en I lombardi alla prima crociata, luego vehemente Gabriele Adorno en Simon Boccanegra y hace un año en su debut como Riccardo de esta misma producciòn de Un ballo. En medio ha caido el Manrico de Il Trovatore en Venecia y el Jacopo de I due Foscari en San Francisco.
      La voz sigue siendo preciosa, bien proyectada con un timbre genuinamente tenoril a la "italiana". La paleta de colores es aún mas trabajada, el fraseo bien definido, el acento y la palabra cantada, ideales. Parma le ha mostrado todo su agradecimiento volcandose el teatro, a todos los niveles desde la platea hasta el temible loggione, en gritos desaforados de bravo y peticiones de bis tras la intensa ejecuciòn de "Ma se m'è forza perderti". Quien firma, por supuesto, ha contribuido al griterio, pues en teatro, en "ese" teatro, ganar con Verdi no es nada facil y el chaval se lo ha ganado con creces. Queda personalmente la duda si este repertorio, cantado con frequencia, pueda de alguna manera gastar una vocalidad natural tan generosa y ofrecida con tanta generosidad. Pero ya se sabe, los tenores, los cantantes hacen lo que se sienten en gana de hacer. Eso siempre ha pasado y pasará. Por lo tanto se le desea al joven Francesco un futuro próspero y una carrera larga, con tal de seguir egoistamente disfrutando de su canto tan arrebatador.
     El exito rotundo, casi de luz refleja se tratara, ha tenido también el Oscar de Serena Gamberoni, muy querida por el publico del Regio y para mayor gloria senora de Meli, mujer del tenor a quien le hacia de paje. Brillante, desenvuelta, realmente una joya para los ojos y un balsamo para los oidos. Amelia fue interpretada por una joven soprano emergente: Anna Pirozzi. Voz de autentico lirico spinto, con una zona central y grave de buen cuerpo, facilidad al agudo cogido de "forza" y con un ímpetu admirable. Un poco limitada la emisiòn en pianisimo, a la que el rol impone muchos ataques, puesto que la tecnica es perfectible. Personalmente me gustan estas sopranos sfogato que resuelven Verdi con pasiòn un poco a la "rompe y rasga"; entiendo sin embargo que a muchos le haya parecido insuficiente su correcta ejecuciòn de "Morrò, ma prima in grazia" que no deja de ser una pregaria. Seguramente lo mejor se lo escucharemos en la proxima Abigaille de Nabucco, siempre en el Teatro Regio.
      Guapa, casi con descaro como si de Carmen en lugar de Ulrica se tratara, Julia Gertseva. ¿Dónde está escrito, por otro lado, que la adivina tenga que ser fea? Sin embargo, amén de una dicción mejorable, le falta esa zona grave de contralto que es propia de este papel. Su aria "Re dell'abisso" pasó sin pena ni gloria con un silencio significativo, que podia trasformarse en una borrasca en los aplausos al final de la funciòn. Puede que el publico ya no se acordara de su prestacion dudosa y, finalmente, quedara prendado de la radiante belleza y por eso le otorgara un aplauso que ella misma acogió casi con sorpresa.
      Exactamente lo contrario de lo que le paso al baritono Luca Grassi, sustituido por otro colega y llamado tan solo una semana entes del estreno. No hubo en este caso una actitud coherente pues a lo largo de la ópera y especialmente en las dos arias de Renato, "Alla vita che t'arride" en el primer cuadro y "Eri tu" en el tercer acto, se le recibió con merecidos aplausos y hasta gritos de "bravo". En cambio, al salir sonriente al escenario en los aplausos finales, el loggione le reservò un abucheo realmente fuera de lugar. El pobre, como la colega rusa pero por situaciòn contraria, casi no se lo creía mirando hacia arriba y como diciendo: ¿"pero es a mi?". El timbre no es especialmente bello, vale, pero el intérprete es de gran valor, con un uso excelente de las dinamicas y un agudo bien proyectado y firme. Lo que es de agradecer sobretodo cuando la naturaleza no te ha premiado con una voz grata. Pero el "respetable" en este caso fue muy irrespetuoso.
      Lo mismo con el director Massimo Zanetti, que amén de ser un profesional de una pieza y de garantizar un resultado más que aceptable con una orquesta que se reunió pocos dias antes de los ensayos, habiéndose despedido la precedente (y quizás el motivo de las protestas, en este caso, fuera manipulado) llevó la batuta con seguridad, manteniendo un ideal equilibrio con el escenario y sosteniendo siempre, como debe de  ser, las razones del canto. Con todo, se le abucheó sin reservas. Vitores, merecidos, al solido maestro del coro Martino Faggiani. Con aplausos de estima y cortesia se saludó el trabajo del resto del reparto, entre los que cabe destacar el excelente Silvano de Sergio Vitale y los buenos Samuel y Tom, respectivamente Enrico Turco y Francesco Palmieri.
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