CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Jerusalem String Quartet en el Festival de Granada

22 de julio de 2021
Jerusalem String Quartet

Paradigmática música de cámara

Por José Antonio Cantón
Granada, 18-VII-2021. Patio de los Mármoles del Hospital Real.  LXX Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Jerusalem String Quartet. Obras de Beethoven, Mozart y Schubert.

   Entre la amplia oferta de música de cámara que se ha programado a lo largo del Festival, la actuación del Cuarteto de Cuerda de Jerusalén ha sido una de las que había suscitado más expectación entre los aficionados por su contenido y el propio prestigio de esta formación. Respecto de lo primero hay que establecer que, salvo la ausencia del padre del cuarteto de cuerda, Franz Joseph Haydn, los otros tres compositores forman parte de la cima del estilo vienés que, en su época, se aupó como referencial absoluto de este género musical. En cuanto a lo segundo, hay que manifestar que tres de sus componentes –el violista Ori Kam sustituyó a su colega y fundador, Amichai Grosz, en 2011-, se conocen desde hace tres décadas cuando coincidieron como educandos en la Academia de Música y Danza de Jerusalén, donde empezaron a forjar sus inquietudes musicales, que terminaron materializándose como integrantes de un cuarteto. La obtención del Primer Premio del Concurso de Graz en 1997 les catapultó a la fama.

   La compenetración que se percibe en estos músicos es de las que llama vivamente la atención del espectador por el grado de univocidad. La sensación de conjunto que se percibe es la de un imaginario instrumento polifónico de homogéneo carácter tímbrico (los dos violines y el violonchelo son del siglo XVIII), realidad que favorece la sonoridad y, por ende, la musicalidad de sus interpretaciones.

   Ésta se vio favorecida por el sentido simétrico que le dieron a la incorporación de cada uno al discurso del Allegretto que inicia el Cuarteto en re, K 575 de Mozart, que abría el programa -primero de los tres cuartetos «prusianos» por su destino al rey Federico Guillermo II de Prusia-, y que tuvo su continuidad en los dos movimientos siguientes para enriquecerse, dado el realce del violonchelo, en el tiempo final, en el que el chelista Kyril Zlotnikov se erigió en líder del grupo donde convergían todas las tensiones armónicas. Pese a no tener ese carácter mozartiano de impronta divina, los músicos dejaron esa sensación de haber entendido y llevado la obra a su máxima expresión posible.

   La actuación creció en interés con el undécimo cuarteto de Beethoven, Op. 95, conocido con el sobrenombre de «Serioso», apareciendo todo el dramatismo del que son capaces estos cuatro instrumentistas de cuerda al llegar a ensamblar en cada uno de sus movimientos las diferentes e improvisadas modulaciones de sus inesperados y, a veces, turbadores rumbos armónicos. Dejaban la impresión de un análisis sonante de conjunto que no presentaba la más mínima fisura, discrepancia o duda. El resultado era que los sonidos tenían un sentido en sí mismos por encima de su organización musical, favorecidos por la acústica implícita y por tanto resultante de las proporciones áureas renacentistas del recinto.

   El concierto llegaba a su cénit con la interpretación del Cuarteto «La muerte y la doncella», D 810 de Franz Schubert. El rigor técnico y la tensión emocional fueron los elementos esenciales que empleó este cuarteto para alcanzar el grado de excelencia exhibida, como pudo resumirse en una sublime coda en la que la elocuente voz del violonchelo sobresalía con sombría oposición a los otros tres instrumentos. En el Andante con moto se generó una atmósfera en la que el espíritu romántico llegó a tomar cuerpo de tal modo que alcanzaba una fisicidad casi irresistible en cada una de sus variaciones. El canto de los dos violines (Alexander Pavlovsky y Sergei Bresler) parecía transformarse en una nueva realidad sensitiva que vino a normalizarse con el subsiguiente alegre scherzo recreado con visionaria factura, adentrándose posteriormente en el Presto final como si de un desenlace dramático se tratara, en el que su denso contenido polifónico llegó a máxima rotundidad en los dos acordes finales de esta obra que ponían fin a un Festival que, desde su renovada veteranía, ha crecido en cantidad de eventos y en diversidad de contenidos, apuntando un manifiesto enriquecimiento para futuras ediciones.

Foto: Fermín Rodríguez

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