CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Jakub Józef Orliński e Il Pomo d'Oro en el Teatro Real

El contratenor polaco, ídolo de masas, acudió con la vitola de estrella al Teatro Real para ofrecer un recital en el que de nuevo hubo mucho de espectáculo y poca calidad vocal, demostrando no solo que sigue siendo un evidente producto musical, sino viéndose claramente superado por la calidad del conjunto suizo que le acompañó

Mucho espectáculo, poca voz

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid, 23-IV-2022, Teatro Real. Obras de Davide Perez, Johann Joseph Fux, Baldassare Galuppi, Jan Dismas Zelenka, Francesco Bartolomeo Conti, Francisco António de Almeida, Georg Reutter, Gaetano Maria Schiassi y George Frideric Handel. Jakub Józef Orliński [contratenor] • Il Pomo d’Oro | Francesco Corti [clave y dirección].

Creo que el sistema de marketing es muy potente, pero siempre lo fue y siempre será así. No creo que haya un discurso muy distinto del que había hace unos años. Como todo mercado de espectáculo va fluctuando por modas; y las modas son muy difíciles de analizar en el momento.

Francesco Corti.

   Acudía de nuevo –tras aquella primera e impactante demostración de mediocridad vitoreada– a escuchar al fenómeno fan que es el contratenor polaco Jakub Józef Orliński, que acudió al Teatro Real acompañado de la siempre solvente y resolutiva orquesta historicista con sede en Suiza, aunque nombre italiano, Il Pomo d’Oro. En programa, su último trabajo discográfico titulado Anima Eterna, que recorre algunos nombres pocos transitados en la música vocal del siglo XVIII. Un programa sin duda de interés, con música, además, de enorme calidad, que sin embargo no llegó plasmada con las garantías vocales que merece. Mucho seguidor enfervorecido entre el público, lo que daba a Orliński la ventaja de saberse triunfante incluso antes de empezar. Le bastó posar un pie en el escenario y soltar un «¡Hola Madrid!» para que el publico cayese rendido a sus encantos. Son muchos los que ha de tener, a tenor de lo presenciado, aunque a los que les importen más las cualidades canoras que las cuestiones físicas, el desparpajo y las implicaciones de corte millennial, seguramente este recital tampoco les hizo vibrar. La cuestión no es banal, sino preocupante, pero lo es en primera instancia por la salud vocal del propio implicado, porque la tensión más que evidente en su mandíbula y cuello, su tendencia constante a engolar y la falta de recursos para solventar, por ejemplo, las agilidades –que acaban saliendo más como un ejercicio de pura mecanicidad que con la naturalidad y fluidez que requieren– no muestran sino a un cantante de notable mediocridad, al que, de no cuidar su técnica y elegir inteligentemente su repertorio y las condiciones de sus directos, no sabemos cuántos años le quedan de carrera. La mercadotécnica forma parte de este juego que es la música en pleno siglo XXI –también lo hacía en el XX, aunque de forma menos globalizada–, y si al final todo se trata de ofrecer un espectáculo, lo que no se puede negar a este falsetista polaco es la capacidad de darle a su público lo que espera –y merece–.

   Comenzó la velada con la sección «Gratias agimus tibi», de la Messa a 5 voci del magnífico compositor napolitano, muy ligado a Portugal, Davide Perez (1711-1778), en la que Orliński mostro un registro grave sin apenas recorrido, ya notablemente engolado, con articulaciones de escasa naturalidad, una afinación bastante mejorable. Afortunadamente, el conjunto suizo –que acudía aquí con una plantilla reforzada con músicos de gran juventud, pues ese mismo finde semana la entidad tuvo que dividir su plantilla en tres proyectos distintos a lo largo y ancho del mundo–. Siempre digo que la sección de cuerda –que suele sostener la mayor parte de sus programas– mantiene las cualidades y el trabajo impulsado por Riccardo Minasi desde su fundación, e incluso aquí, con miembros quizá no de su «plantilla A», ese trabajo se sigue notando en la tersura, la firmeza constructiva, su brillante trabajo de afinación y empaste, con un sonido muy cuidado. Comandados los violines por los jóvenes Evgenii Sviridov y Anna Dmitrieva, quizá faltó algo de la solidez habitual del sonido –la acústica del Real tampoco ayuda–, pero en general defendieron de forma encomiable obras de importante exigencia, en un trabajo bastante bien adaptado al equilibrio con el solista, aunque por momentos –también porque la proyección del polaco no es extremadamente expansiva– la orquesta se lo comió en sonido. El aria «Non t’amo per il ciel», del oratorio Il fonte della salute de Johann Joseph Fux (1660-1741), presenta un hermoso dúo entre la voz y ese raro instrumento denominado barytón, que por cuestiones logísticas fue sustituido aquí por una viola a cargo de Giulio d’Alessio, que defendió su parte con un fraseo elegante, pulcra afinación y bien en su papel de cosolista a la par que acompañante. Decir que no hubo en la voz la finura que requiere esta maravillosa aria, que sí lograron los miembros de ILPO, es quedarse corto. No hubo calidez vocal ni expresividad, mientras secciones como el continuo estaban empeñados en ofrecer momentos de exquisito refinamiento y una sutileza apabullante. Una desconexión total entre orquesta y solista que no ayudó a solventar las carencias del protagonismo de la velada.

   Como interludio instrumental, los miembros de la orquesta interpretaron el excelente Concerto a quattro en do menor del veneciano Baldassare Galuppi (1706-1785), que se inicia con un Grave de una belleza dolente, en pasajes imitativos de enorme impacto por medios de suspensiones. Las violas, que lo inauguran, pudieron ajustar algo más su empaste, aunque ofrecieron un hermoso color, dando paso a unos violines con mayor firmeza. Interpretado alternando pasajes del tutti con algunos a solo, su movimiento subsiguiente [Allegro] sirvió para percibir la inteligente visión de ideas y la certera dirección de uno de los mayores talentos que ha dado esta faceta en las músicas históricas del último lustro: Francesco Corti, principal director invitado de la agrupación. Uno de los pocos ejemplos de verdadero maestro al cembalo, con lo que ello supone; la energía que desprende, su gesto efectivo, su inteligencia musical y su inmensa sensibilidad hacen de él uno de los grandes directores a seguir en los próximos años. Tiempo al tiempo.

   Una obra vocal del genial compositor bohemio Jan Dismas Zelenka (1679-1745) cerró la primera parte de la velada: el motete Barbara, dira, effera, ZWV 164, que se inicia con la imponente aria «Vicit leo de tribu Juda», que presenta un obbligato de fagot de impresionante factura –defendido muy bien aquí por una intérprete de la que no se facilitó el nombre–. La orquesta, con oboes añadidos, presentó una sonoridad expansiva, plena de robustez. Lástima que las agilidades en el solista estuvieron agarradas a la garganta, sin apenas recorrido, muy mecánicas y faltas de fraseo alguno. Por lo demás, las notas en el registro grave apenas resultaron audibles sobre la orquesta. Sus intentos de aportar dramatismo a través de contrastes dinámicos resultaron infructuosos. Aunque su dicción fue correcta, algunos empeños en destacar retóricamente palabras como «orrida» resultaron innecesariamente artificiosos y poco convincentes. Cabe considerar si este repertorio resulta apropiado para su voz. Personalmente diría que no, tanto es así, que esta aria terminó por resultar tediosa y muy larga, a pesar de su calidad intrínseca y los esfuerzos de Corti e ILPO por marcar –quizá incluso en exceso, sus contrastes–. El «Alleluja» final incidió en sus problemas para afrontar la coloratura, así como una emisión muy descontrolada de los intervalos amplios hacia el agudo.

   La segunda parte se inició con el florentino Francesco Bartolomeo Conti (c. 1681-1732) y su «Salve sis Maria», una arietta per la Madonna Santissima que presenta una escritura de importantes agilidades –una vez más, tremendamente desajustada a nivel vocal–, aunque sí resultó interesante el manejo orquestal en las progresiones melódicas planteadas por Conti. Del portugués Francisco António de Almeida (1702-1755) se ofreció un aria de su célebre oratorio La Giuditta, «Giusto Dio», un lamento de gran impacto expresivo y enorme belleza, iniciada con un solo de tiorba musicalmente muy evocador a cargo de Jonas Nordberg. Si ni siquiera Orliński es capaz de epatar en un aria de esta factura, realmente algo no está bien en todo esto. A pesar de la intención de la orquesta por remarcar el aspecto más expresivo, aligerando la textura del continuo en muchos momentos para aportar colores muy interesantes al aria –momentos solo con violonchelo y tiorba de magnífico resultado–, la falta total de personalidad en el timbre, una ausencia de finura natural en su vocalidad y una musicalidad que cuesta encontrar en su canto, hacen de él un cantante tan menor en comparación con los numerosos colegas –contratenores o no–, que no se puede encontrar respuesta si no es acudiendo al poder de la mercadotecnia. El aria «D’ogni colpa la colpa maggiore», del oratorio La Betulia liberata, del apenas conocido compositor austríaco Georg Reutter, «el joven» (c. 1708-1772) se sostuvo sobre una sección de continuo muy nutrida, con Corti y Daniel Perer [órgano positivo] a los teclados y un fagot de carnosa y casi terrosa sonoridad. Notable labor, asimismo, de Kristina Chalmovksa y la española Ángela Lobato a los violonchelos barrocos. Vocalidad muy plana, con momentos de evidente tensión y casi inexpresiva una vez más.

   Nuevo interludio orquestal, regresando a la figura del bohemio Zelenka, cuya Ouverture a 7 concertanti, ZWV 188, una de sus obras orquestales más conocidas, llegó rebosante de brillo, solidez, inteligencia, un balance entre las partes muy bien resulto y un fraseo de sutilezas, una visión repleta de buenas ideas exquisitamente plasmadas, en un trabajo de gran entendimiento entre la orquesta y su líder desde el clave. Impresionantemente vigorosa la entrada de la sección fugada, con un empaste entre cuerda y oboes magníficamente elaborado, estos últimos defendiendo con mucha calidad sus pasajes a solo.

   En el último bloque del concierto, obras firmadas por Gaetano Maria Schiassi (1689-1754) y George Frideric Handel (1685-1759). Del primero, el aria «A che si serbano» de su oratorio Maria Vergine al Calvario, un aria de tremenda bravura en la que el polaco hizo aguas. No se entiende la razón de elegir un aria de este calado para mostrar un lucimiento que en realidad no es tal. Por lo demás, una vez más, los recurrentes recursos en sus cadencias resultaron tan previsibles como poco efectivos. Del célebre compositor alemán naturalizado inglés se incluyó, a modo de conclusión, el «Amen, Alleluja» de la Antifona en re menor, HWV 269, obra que no es claramente de cierre, pues en realidad lo que se estaba haciendo era preparar la tormenta de bises que estarían por llegar. Pieza curiosa, que presenta una escritura para voz y órgano de gran sobriedad, apoyada aquí con la adición de la tiorba, antes de dar paso a violonchelo y clave, en una construcción muy sutil de planos sonoros que logró impactar.

   Emulando a un Gregory Sokolov o a toda una Cecilia Bartoli, el contratenor, llevado en volandas por un público desconcertantemente entregado, ofreció hasta un total de cinco extras: «Prohibita quinta sunt», de la Missa Sapientiae de Antonio Lotti (1667-1740); la hermosísima «Alla gente a Dio diletta», de Il Faraone sommerso del napolitano Nicola Fago (1677-1745); repetición de «A che si serbano» de Schiassi; «Vedro con il mio diletto», de Il Giustino de Antonio Vivaldi (1678-1741) –que ha convertido en su aria de cabecera–; y repetición del «Alleluia» del motete de Zelenka. Un éxito más del mercado, qué duda cabe, si es que es esto reprochable. ¿Acaso no eran grandes productos antes que él voces del ámbito barroco como Philippe Jaroussky o la propia Bartoli? Absolutamente. La gran diferencia es que en aquellos sí había enormes cualidades vocales que aquí están todavía por demostrar. Me cuentan –no lo presencié, dado que tenía a muchos de pie tapando el escenario–, que incluso hizo una de sus célebres acrobacias sobre el escenario, jaleado por el respetable. «Cosas veredes, amigo Sancho…».

Fotografías: Javier del Real/Teatro Real.

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