CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Crítica: Riccardo Muti dirige «Don Giovanni» en Turín

22 de noviembre de 2022

El Teatro Regio de Turín acoge la ópera Don Giovanni bajo la dirección de musical de Riccardo Muti

«Don Giovanni» en Turín

Mozart de Maestro

Por Raúl Chamorro Mena
Turín, 18-XI-2022. Teatro Regio. Don Giovanni (Wolfgang Amadeus Mozart). Luca Micheletti (Don Giovanni), Alessandro Luongo (Leporello), Jacquelyn Wagner (Donna Anna), Mariangela Sicilia (Donna Elvira), Francesca di Sauro (Zerlina), Leon Kosavic (Masetto), Giovanni Sala (Don Ottavio), Riccardo Zanellato (El comendador). Orchestra e coro Teatro Regio di Torino. Dirección musical: Riccardo Muti. Dirección de escena: Chiara Muti.

   Todo un acontecimiento poder asistir a una representación de ópera capitaneada por Riccardo Muti, probablemente el mejor director musical vivo y uno de los grandes valladares del teatro lírico durante su trayectoria. Bien es verdad, que cada vez dirige menos ópera representada dada su admirable oposición a los caprichos, excesos y dislates varios de los directores de escena de la actualidad. Por si fuera poco, se trata de una obra de Mozart - nada menos que Don Giovanni- el compositor, junto con Verdi, más querido por el Maestro. Se me antoja justo subrayar el mérito que supone, que el Titán napolitano a sus 81 años de edad albergue la energía y entusiasmo para embarcarse en el reto de montar una obra maestra tantas veces representada y realizar semejante trabajo con la orquesta y un elenco de jovencísimos cantantes, casi todos italianos, eso sí, con lo que ello supone en el aspecto idiomático, especialmente en los tan importantes recitativos. A su edad, la mayoría de directores se dedican a los conciertos sinfónicos, labor que exige menos esfuerzo -y menos compromisos- que montar una ópera con varias semanas de ensayos y con una producción nueva. Como decía el gran Sergiu Celibidache la ópera exige demasiados compromisos, si bien en esta ocasión la puesta en escena estaba firmada por la hija del maestro, Chiara Muti, lo que, lógicamente, facilitaba el empeño.

   Realmente magistral fue la dirección musical de Riccardo Muti en este Don Giovanni. Por un lado, resultó fascinante su capacidad para exponer la raiz de ópera buffa italiana del settecento de la obra, tantas veces arrumbada por interpretaciones de base germanizante, así como sus elementos de ópera seria y su transfondo trágico, que le aseguró su permanencia en el repertorio, incluso durante el auge del romanticismo, mientras sus hermanas desaparecían. Qué decir del trabajo realizado con los cantantes, el cuidado del recitativo - tanto el secco como el accompagnato- importantísimo, pues los recitativos hacen progresar la acción y tantas veces son objeto de desidia y abandono. La labor de Muti con la buena orquesta del Teatro Regio ha sido excepcional, pues sobre un sonido transparente y refinadísimo ha oficiado un Mozart hermosísimo y pleno de detalles, logrando que muchos pasajes en obra tan escuchada comparecieran como nuevos, con sonoridades y primorosos nuances nunca apreciados, aunque el que firma estas líneas haya visto esta ópera con maestros de la talla de Maazel, Barenboim y Nagano en el podio. Los dos acordes iniciales sonaron venidos del más allá, la concertación de los números de conjunto fue impecable. Imposible desgranar todos los detalles, la manera en que la filigrana camerística se hermana con naturalidad con la fuerza dramática. Imposible no resaltar los magníficos acompañamientos a «Dalla sua pace»,  «Vedrai cariño» -con esas fabulosas armonías de las maderas- , y, particularmente a las grandes escenas recitativo acompagnato y aria como «Don Ottavio son morta... Or sai che l'onore» y «Crudele... Non mi dir», ambas de Donna y Anna y «In quali eccesi... Mi tradì quell’alma ingrata» de Donna Elvira. En estos pasajes la orquesta subrayó el elemento dramático del declamado, la batuta estimuló los acentos de los cantantes y acompañó con primor la parte cantabile. Qué decir de la escena de la caída a los infiernos de Don Juan, plena de teatralidad, con gran efecto dramático en las admoniciones del "convidado de piedra" "Pentiti" y las rotundas y cortantes respuestas de Don Giovanni «No». Don Giovanni jamás renegará de sí mismo, pues sería una claudicación y una prueba de temor de Dios que nunca demostrará. Espléndido el contraste que puso de manifiesto la batuta de Muti con el sexteto final, suya supresión impuso una asentada tradición. Buena prestación del coro.

«Don Giovanni» en el Regio de Turín

   Se interpretó la versión de Praga del estreno más «Dalla sua pace» de Don Ottavio y el«Mi tradì» de Donna Elvira, ambas añadidas por Mozart para Viena 1788. Aunque pueda resultar discutible musicológicamente, a ver quién deja fuera esas dos gemas musicales. Es, además, lo que se ha venido haciendo habitualmente por todas las grandes batutas que se han acercado a la obra. El rigor nunca puede ser inflexible y contraproducente. 

   Don Juan es el protagonista absoluto de la obra y alrededor del mismo giran los demás personajes. Efectivamente, el eterno seductor reúne una gran variedad de registros, unas veces galante, otras bufonesco, también noble y heroico, especialmente en la gran escena final. Encarna el libre arbitrio y la rebeldía contra las convenciones morales socialmente impuestas.

   Luca Micheletti cuenta con una voz baritonal lírica, noble y de cierto atractivo tímbrico, pero no termina de sonar liberada, con todas las vocales bien apoyadas ni el pasaje de registro bien afianzado. El eterno problema de la lírica actual de la falta de respaldo técnico. El barítono de Brescia cantó con estilo y legato «La ci darem la mano» y la serenata, además de ajustar el aria «Finch’an dal vino» al exigente tempi impuesto por Muti en dicho pasaje. Como intérprete, Micheletti realizó una completa y meritoria caracterización. Fundamentales en esta obra maestra mozartiana son los caracteres femeninos. Donna Anna, ambigüa, que llora a su padre y pide venganza de forma escasamente espontánea, demasiado afectada y apenas puede esconder su fascinación ante Don Juan y que su entrega al comienzo de la ópera no es forzada. El carácter apocado y lechuguino de su prometido, Don Ottavio, probablemente un hombre mucho mayor, reafirma todo ello. Jacquelyn Wagner fue una poco interesante Donna Anna, pues, además de un temperamento inane en lo interpretativo, mostró medios vocales muy modestos, justos de proyección, con centro áfono y desguarnecido, un agudo que gana timbre - buenos los la naturales 4 de «Or sai che l'onore» - pero no especial squillo y una agilidad discreta como pudo comprobarse en el allegro del aria «Non mi dir». Mejor Mariangela Sicilia en Donna Elvira, la esposa abandonada de Don Giovanni, que encarna la sensibilidad de mujer enamorada dispuesta hasta el final a perdonar y salvar al disoluto, pero también un tanto neurótica. Sicilia, de centro bien armado y estimable caudal, si bien no pueda presumir de belleza tímbrica, sí mostró buen legato -¡con Muti todos cantan con legato! - y sobre todo arrojo y garra como intérprete. Sacó adelante de modo apreciable, con acentos y buena agilidad la temible escena «Mi tradì quell’alma ingrata» en la que tantas naufragan. Zerlina, la joven campesina, juvenil, fresca, rozagante y coqueta, también astuta y despabilada, pues intenta aprovechar, ingenuamente, el deseo carnal que provoca en Don Giovanni para intentar ascender en la escala social. El mentecato de su marido Masetto no puede ser rival ante la seducción del distinguido y experto galantuomo. Zerlina se presenta en este montaje retozando bajo las sábanas con su esposo y encontró en la joven Francesca di Sauro una intérprete plena de lozanía y descarada sensualidad. En lo vocal, se escuchó una mezzo aguda con un centro atractivo y buen concepto del canto. El palurdo Masetto fue interpretado con mera corrección, pero sin especial relieve y con un material de limitadas riqueza y sonoridad por el barítono croata Leon Kosavic.

    Muy interesante el Don Ottavio del tenor nacido en la bella ciudad de Lecco Giovanni Sala, que mostró emisión mórbida y delicada línea de canto destacando una notable «Dalla sua pace» con la segunda estrofa entonada en delicada media voz, todo ello sostenido por un primoroso acompañamiento orquestal por parte de Muti. Sala delineó también con estilo «Il mio tesoro», pero se manifestó un tanto apurado -necesitó tres tomas de aire para cumplimentarla- en la larga volata central del aria.

   La pareja Zerlina-Masetto junto al criado Leporello forman el trío de personajes cómicos. El resentido sirviente, que comparte una extraña relación de fascinación y desprecio por su amo, fue encarnado por Alessandro Luongo, de timbre gris y canto vulgar - como pudo apreciarse en la fabulosa «Madamina, il catalogo é questo» - pero eficaz en la faceta interpretativa, bien integrado musical y escénicamente en el montaje. Escasamente amenazador y aún menos rotundo, no es bajo ni en sueños, el Comendador de un apagado Riccardo Zanellato.

   Chiara Muti basa su demasiado oscura propuesta escénica en pasajes de diversas manifestaciones literarias del eterno seductor, aunque, lamentablemente, olvida la raiz fundamental, la hispana de Tirso de Molina. El punto de partida es un pasaje de "La última noche de Don Juan" de Edmond de Rostand, en el que el diablo condena al protagonista, no al infierno, si no a ser puro y eterno teatro, ante las furiosas protestas de Don Juan. Es decir, las andanzas del seductor son una representación que se va repitiendo a lo largo de los tiempos. Los personajes son marionetas que giran a su alrededor y el comendador no es más que la manifestación de la conciencia limpia de Don Giovanni, la que encarna la rectitud moral. Por ello se hiere a sí mismo en el duelo del comienzo y en la escena de la cena y posterior caída a los infiernos del protagonista, comparece como una sombra en un último intento de imponerse, inútilmente, sobre la libre autodeterminación de Don Juan, que aparece solitario sentado en el centro del escenario. Hasta el final, Don Giovanni defenderá su autodeterminación y su libertad, la que ensalza en la gran escena de la fiesta del primer acto, donde aparece con ropajes de Rey Sol como expresión de que sus actos son impunes y su carácter de estrella sobre la que giran todos los demás personajes. Los decorados de esta coproducción con el Teatro Massimo de Palermo corren a cargo de Alessandro Camera y evocan un palacio en ruinas, destartalado, cuya fachada yace caída sobre el escenario, quedando las ventanas como especie de escotillas en las entran y salen los personajes. Atinado el vestuario de Tommaso Lagattolla.

   Una puesta en escena bien pensada, inteligente, que surge y se apoya en una gran cultura literaria por parte de la Sra. Muti que también ha sido capaz de llevarla a buen puerto mediante un bien engrasado movimiento escénico, trabajada dirección de actores y caracterización de personajes. Se agradece una propuesta escénica como ésta, dadas las cada vez mayores sandeces que se están perpetrando con la magistral creación Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart sobre libreto de Lorenzo da Ponte, víctima de muy ideologizados y sectarios planteamientos pretendidamente feministas, fruto del más absoluto desconocimiento y profunda incultura. 

Fotos: Andrea Macchia

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