CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Crítica: Música Temprana inaugura el ciclo de la Fundación Juan March «El orbe musical de la Monarquía Hispánica»

19 de enero de 2023

El conjunto neerlandés, especializado en los repertorios latinoamericanos de los siglos XVII y XVIII, ofreció un convincente programa centrado en La Plata de destacadas figuras como Juan de Araujo, Domenico Zipoli y otros

Matinal con destino La Plata

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid, 14-I-2023, Fundación Juan March. Villancicos de La Plata [ciclo El orbe musical de la Monarquía Hispánica]. Obras de Juan de Araujo, Domenico Zipoli, Sebastián Durón, Andrés Flores, Fray Manuel Correa, Santiago de Murcia, Manuel de Mesa y Carrizo y anónimos. Música Temprana: Lucía Martínez Boj, Olalla Alemán, [sopranos], Luciana Cueto [mezzosoprano], Manuel Vilas [arpa], Jorge López Escribano [órgano], María Barajas [viola da gamba], Adrián Rodríguez Van der Spoel [tenor y guitarra barroca].

Como género religioso vernáculo más importante de la Península Ibérica y el Nuevo Mundo, el villancico fue uno de los géneros más extendidos en Occidente durante los siglos XVII y XVIII. […] La difusión del villancico barroco español abarca todo el mundo hispanohablante. Los textos y la música se intercambiaron entre las principales instituciones madrileñas, entre maestros de otros lugares de la Península Ibérica y entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Paul R. Laird: «The Dissemination of the Spanish Baroque Villancico», en Revista de Musicología [Madrid, 1993].

   La Fundación Juan March, fiel a sus planteamientos programáticos basados en temas muy específicos, comenzó el año 2023 con el ciclo El orbe musical de la Monarquía Hispánica, en el que pretende pintar el panorama musical del imperio hispánico en los siglos XVI, XVII y XVIII. «’El imperio donde nunca se pone el sol’: con esta expresión se evocaban, ya en época de Carlos V, los dominios en todos los confines del globo de la Corona española en la Edad Moderna. Territorios en los cinco continentes formaban parte entonces de la Monarquía Hispánica: desde Castilla y Aragón hasta Portugal y sus posesiones ultramarinas, desde los Estados italianos hasta las colonias americanas, desde Borgoña y los Países Bajos hasta las Indias orientales y el África española. Este ciclo recorre algunos de estos espacios con las músicas compuestas en diversos rincones del orbe hispánico, en géneros, estilos e idiomas tan variados como lo eran las culturas musicales del imperio. Oyentes y compositores súbditos de un mismo soberano, pero separados por miles de kilómetros», así describe la institución la esencia del ciclo.

   El primero de los cinco conciertos de los que se conforman el ciclo contó con la presencia del conjunto holandés Música Temprana, muy poco habitual por estos lares –tanto es así, que este concierto supuso el debut en Madrid de una agrupación con más de un cuarto de siglo de andadura–, fundado por el tenor, guitarrista argentino-holandés Adrián Rodríguez Van der Spoel. Más allá del resultado de este concierto, que comentaremos en las próximas líneas, contar con esta agrupación para interpretar repertorio de regiones latinoamericanas de los siglos XVII y XVIII es poco menos que obligado, pues se trata de una de las referencias a este respecto en el mundo, como demuestran sus diversas grabaciones. No son muchos los que han abrazado el repertorio de aquellas tierras en este período con tanto ahínco y convencimiento. Bajo el titulo Villancicos de La Plata se presentó un programa descrito así en las breves notas al programa: «La Biblioteca Nacional de Bolivia en Sucre (anteriormente La Plata) alberga una de las colecciones más valiosas de música colonial latinoamericana. Este repertorio cubre un arco cronológico amplio, entre 1680 y 1820. Como ocurre generalmente con los archivos coloniales, la mayoría de las obras son sacras, con predominio de un género paralitúrgico: el villancico. Los compositores siguieron la práctica española de moda: melodías pegadizas y festivas, ritmos animados y populares, con métricas binarias y ternarias combinadas, y predominio de temática mariana y navideña sobre otras celebraciones […] Otro ámbito musical completamente distinto a las catedrales son las misiones. La música compuesta en estas instituciones coloniales, localizadas en regiones selváticas aisladas, tenía una función pedagógica, como herramienta de adoctrinamiento. Bajo la gestión de los jesuitas, los músicos profesionales en las misiones procedían de distintos países europeos. Este variado origen impregnó el estilo musical, con Italia como principal inspiración».

   Por su parte, Gerard Béhague escribe en Grove Music Online lo siguiente sobre La Plata y la historia de la música en Bolivia en aquel momento: «Hasta 1776 Bolivia formó parte del Virreinato de Perú, como Audiencia de Charcas o Alto Perú; la historia temprana de la música artística en Bolivia está, por tanto, relacionada con la de Perú. Durante la época colonial, la capital, La Plata (o Chuquisaca, y desde 1839 Sucre), fue uno de los centros intelectuales y artísticos más importantes de la América española, sobre todo por su Universidad San Francisco Javier y su catedral. Fundada en 1538 se convirtió en obispado en 1552 y ya en 1569 se estableció su primera escuela de música, a cargo de los músicos Juan de la Peña Madrid y Hernán García, para enseñar a los indios canto e interpretación instrumental. La riqueza y el consiguiente desarrollo musical de la catedral de La Plata (cuya liturgia estaba estrechamente vinculada a la de Sevilla) durante los siglos XVII y XVIII están atestiguados por el importante archivo histórico y musical de la catedral, cuyos fondos, que datan de la época barroca, la convierten en uno de los centros archivísticos sudamericanos más ricos. […] A lo largo de este período, la biblioteca de la catedral se amplió considerablemente, recibiendo obras de España y de las colonias, especialmente de México. Al mismo tiempo, se copiaron localmente obras de compositores activos en la catedral. […] A principios del siglo XVIII, el cabildo de la catedral contaba con un conjunto de cantores e instrumentistas que ascendía a cincuenta músicos.

   El compositor más importante del siglo XVII en La Plata fue Juan de Araujo, nacido en España y que estudió en la Universidad de San Marcos de Lima con Tomás de Torrejón y Velasco. Fue maestro de capilla de la catedral de La Plata desde 1680 hasta su muerte en 1712. Se conservan casi doscientas obras suyas en el archivo de música, y cinco más en el archivo del Seminario de San Antonio de Abad de Cuzco (Perú). Escribió obras sacras y profanas en lengua vernácula, de una calidad constante, incluidos salmos latinos, himnos, canciones a medias y villancicos policorales. La actividad musical de la ciudad minera de Potosí durante el siglo XVII está bien documentada en los archivos locales. Predominaban las representaciones teatrales con música, pero no se conserva ninguna. Durante el siglo XVIII, Manuel Mesa y Carrizo destacó como maestro de capilla en La Plata de 1761 a 1773. Sus numerosas obras, que datan de las décadas de 1760 y 1770 y se conservan en el archivo de la catedral y en bibliotecas privadas, incluyen misas, salmos, himnos, villancicos, jácaras y juguetes.

   Los jesuitas desarrollaron importantes actividades musicales en las misiones de Moxos y Chiquitos, donde se enseñaba a los indios canto, ejecución instrumental y fabricación de instrumentos. Documentos históricos atestiguan la habilidad de los indios para dominar el lenguaje musical europeo. La iglesia de San Ignacio de Moxos y el Archivo Episcopal de Concepción, en particular, conservan colecciones bastante importantes de obras profanas y sacras (incluidas copias de obras de Juan de Araujo y Domenico Zipoli). Incluso después de la expulsión de los jesuitas, las misiones mantuvieron esta tradición de música neoeuropea, simultáneamente con la inclusión de danzas indígenas nativas en diversas procesiones religiosas».

   Con estos mimbres como base fundamental, los siete componentes de Música Temprana fueron ofreciendo píldoras con las que el público pudiera hacerse una idea, más o menos general, de la producción musical de La Plata y las misiones. El principal nombre propio de la velada matinal fue el de Juan de Araujo (1646-1712), autor nacido en Extremadura, pero que pasó la mayor parte de su carrera moviéndose por las Américas [Lima, Cuzco, Panamá y La Plata]. Fue un compositor prolífico, del que se conocen unas ciento cincuenta y ocho piezas, de las cuales prácticamente la totalidad son de tipo villancico, siendo las dieciséis restantes composiciones de tipo religioso. «Aunque seguía la forma tradicional del villancico, fue bastante innovador en su búsqueda de efectos inusuales, ya fuera a través de la pintura de palabras o de un impulso rítmico inesperado mediante la síncopa sistemática de negras y corcheas en compás de 6/8. Muchas de sus composiciones son jácaras que destilan vivacidad y buen humor», como comenta de nuevo el especialista Gerard Béhague. De él se interpretaron, intercaladas con otras piezas, el Villancico a 5 «Ruiseñor que en blandas armonías», el Villancico a 2 «Recordad silguerillos» y el Villancico a 4 «Corderito, ¿por qué te escondes?», el primero de los cuales abrió el concierto, mostrando un tutti de brillantes sonoridades en el que las voces no parecieron coartarse ni perder personalidad, sino aportar sus características a un todo de notable libertad, pero sin salirse de los márgenes de un Rodríguez Van der Spoel que controló a sus músicos desde la voz y en varias ocasiones con guitarra en mano. Voces correctas, aunque sin un trabajo aparente por igualar las notables diferencias de vocalidad, color y proyección de las mismas, aunque esto no afectó especialmente a la interpretación, en parte por la escritura de las obras, que llegó con una afinación ajustada, buen equilibrio entre las voces y un acompañamiento muy inteligentemente sostenido y plegado a las voces, manteniendo un segundo plano de finura sonora, sin buscar un protagonismo excesivo, algo que sucedió en toda la velada. La línea entre lo popular y lo «académico» –etiquetas no muy satisfactorias para definir– fueron siempre bastante difusas, algo apreciado en otros autores y las obras anónimas más que en Araujo –que presenta, por lo demás, un estilo bastante reconocible y que hoy día asumimos con la sonoridad de cierta música en estas regiones de Latinoamérica, pero también de buena parte de los villancicos de compositores españoles–. Esto quedó muy claro en el último de sus villancicos, como cierre de la velada, de escritora brillante, toques festivos y una factura bien construida.

   Otro de los autores más representados fue Domenico Zipoli (1688-1726), con dos piezas instrumentales, primero Allegro y versos para órgano, utilizada como transición entre las primeras obras del programa y bien defendida por un Jorge López Escribano siempre solvente en sus labores como continuista, muy pulcro en el toque e inteligente en el balance del instrumento –el positivo corre muchas veces el peligro de estar muy presente en el tutti o de pasar, por el contrario, casi desapercibido–. Después, Quitasol comenzó con una delicada arpa de Manuel Vilas –un seguro para cualquier conjunto que cuente con el más destacado arpista español de la última década–, fraseando con exquisitez antes de dar paso al órgano –magníficamente elaborados los ornamentos sobre la melodía– y la viola da gamba, defendida con suficiencia por María Barajas, un nombre que está empezando a sonar con fuerza –al parecer es bien conocida por desarrollar una carrera paralela como cantautora y multiinstrumentista– entre los conjuntos historicistas nacionales. Ella tuvo oportunidad más en algunos solos instrumentales en el Romance a 3 «Dime Pedro, por tu vida» [Códice Zuola, Cuzco], de Fray Manuel Correa (c. 1600-1653), con una afinación muy pulcra, sonido cuidado y un fraseo excelentemente tratado. En esta pieza, como en la mayor parte de las cantadas, hubo que lamentar una dicción netamente mejorable por parte de las solistas vocales, esto, es, las sopranos Laura Martínez Boj –que sustituyó a la anunciada Lina Marcela López– y Olalla Alemán, además de la mezzosoprano Luciana Cueto. Mejor trabajo en este aspecto en la voz de tenor de Rodríguez Van der Spoel, por más que otros atributos ya no lucen en plenitud y sin duda se adapta mejor a repertorios con una raíz popular mucho más marcada.

   Es de destacar, por el contrario, la cuidada pronunciación de las consonantes con el acento adecuado teniendo en cuenta la procedencia de las obras, tanto en los cantantes oriundos como en los foráneos, como se observó en el anónimo Villancico a 2 «Oigan que da» [Códice Ibarra, Quito] –magníficamente elaborados aquí los rasgueos de la guitarra barroca en el acompañamiento–, o en el también anónimo [siglo XVII] Romance «Entre dos álamos verdes» [Códice Zuola, Cuzco], iniciado con un evocador dúo de arpa y guitarra, dando paso a mezzo y tenor, en una de las obras en las que la línea entre lo popular y la música escrita se reveló más delgada. Sabedor de esto, Van der Spoel contrapuso la elección de él mismo y Cueto para esta obras –otro buen ejemplo de ello fue la anónima Canción «El Cielito, bayle de Potosí» [Cuaderno Noticia de la muy noble y muy leal ciudad de Arequipa en el reyno del Perú, Antonio de Pereyra y Ruiz, Perú]–, con la elección de Boj y Alemán en las piezas de una escritura más deudora de las tradiciones polifónicas, que fueron cantada con un estilo más «académico», como el Villancico a 2 «Con tan tierno llanto», de Andrés Flores (1690-1754), iniciado de manera muy sutil, remarcando con especial ahínco la vertiente retórica de su escritura, aunque el límite entre resultar expresivo y afectado en exceso se pudo apreciar con claridad en las interpretaciones de la recurrente interjección «¡ay!». La Fundación March, que cuida siempre mucho los detalles, debería haber tomado la determinación de exponer sobretítulos con los textos cantados, porque a pesar de ser en español, la deficiente dicción hizo prácticamente imposible el entendimiento de lo cantado en la mayor parte de la velada.

   El español Santiago de Murcia (1673-1739), célebre guitarrista y compositor para su instrumento, fue bien conocido en tierras del sur de América merced a algunos de sus manuscritos que cruzaron el océano. Uno de los más destacados es el conocido como Códice Saldívar n.º 4, encontrado a mediados del pasado siglo en León, Guanajuato, por Gabriel Saldívar, de quien tomó el nombre. De dicho códice se interpretaron sendas obras: «Zangarilleja» y Cumbeé, ambas con muchas influencias populares y una escritura rítmica muy «jugosa», que fue interpretada aquí con el conveniente «sabor». Especialmente certeras en afinación y balance las intervenciones vocales en la primera de ellas, mientras que la segunda, puramente instrumental y sostenida sobre un muy pegadizo bajo, contó con el rigor rítmico necesario, pero sin constreñir la libertad interpretativa de las líneas altas, muy bien solventados, aunque en algunos pasajes más virtuosístico el arpa paso por leves apuros, aunque finalmente subsanados.

   De Manuel de Mesa y Carrizo (c. 1725-1773), compositor criollo de La Plata, se ofreció la Jácara a 3 «Oigan, escuchen, atiendan», de carácter alegre, brillante y desenfadado, como marca su género. Funcionó muy bien el planteamiento alternante entre los solistas vocales. Otro español, muy conocido en tierras latinas fue Sebastián Durón (1660-1716), de quien se interpretó el Villancico a 5 «Al compás airecillos», en una visión marcadamente expresiva de música y texto, con notables contrastes dinámicos. Muy bien plantado el balance entre las voces solistas, equilibradas en un tutti en el que todas las líneas aportaron color y presencia muy estables, aún con Alemán y Rodríguez Van der Spoel un punto fuera del balance global. Destacó, por lo demás, una muy cuidada afinación general de voces e instrumentos.

   Una visión general bastante certera de la producción musical de La Plata y las misiones, que aunque por gustos no resulte un repertorio embriagador, contiene algunas características que hacen animarse al público, el cual respondió con notable avidez y calurosos aplausos al conjunto. Estos responideron con un regalo antes de abandonar el escenario, una Cachua «Al Nacimiento de Christo Nuestro Señor», pieza muy conocida extraída del afamado Códice Trujillo, Perú, cuya melodía pegadiza sobre un armónicamente obsesivo –y un punto inquietante– bajo logró poner un punto final redondo a una animosa y correcta velada, que augura buenos momentos para este ciclo, que continúa en las próximas semanas con varias propuestas de otros territorios como el Perú colonial, la Italia española u otras de las colonias de la Nueva España. Lo contaremos.

Fotografías: Dolores Iglesias/Archivo Fundación Juan March.

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