CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Crítica: Iván Fischer y la Budapest Festival Orchestra en Madrid para Ibermúsica

18 de marzo de 2023

Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto de Iván Fischer y la Budapest Festival Orchestra en Madrid para Ibermúsica

Budapest Festival Orchestra en Madrid

Iván Fischer regresa con su orquesta

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 16-III-2023. Auditorio Nacional, Ciclo Ibermúsica. Minutos Sinfónicos, op. 36 (Ernò Dohnányi). Concierto para piano, op.54 (Robert Schumann). Francesco Piemontesi, piano. Don Juan, op 20 (Richard Strauss), Danza de los siete velos de la ópera Salomé (Richard Strauss). Till Eulenspiegels Lustige streiche- Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, op. 28 (Richard Strauss). Budapest Festival Orchestra. Director: Iván Fischer. 


   Después de sus dos memorables conciertos del pasado mes de noviembre de 2022 al frente de la deslumbrante Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, regresaba Iván Fischer al ciclo Ibermúsica. Si en aquella ocasión actuó en sustitución de Zubin Mehta, esta vez comparecía al frente de la agrupación de la que es titular y fundador, la Orquesta del Festival de Budapest, que cumple ya 40 años de trayectoria.

   Ernò Dohnányi (1877-1960), posteriormente germanizado Ernst con Dohnányi, nació en la actual Bratislava y estudió en Academia de música de Budapest donde fraguó una profunda amistad con Bela Bartók. Su gran carrera como pianista virtuoso, también como director de orquesta, dejó en segundo plano su actividad compositiva. «Minutos sinfónicos» es una composición que se estrena en 1934 y se basa en la orquestación de cinco de las piezas para piano de una especie de segunda parte de su Ruralia Hungárica (1923). Las influencias de Brahms se fusionan con la música nacional húngara en una obra tardorromántica de muy colorida orquestación. Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest expusieron la brillantez del Capriccio, el envolvente lirismo de la Rapsodia con una gran actuación de las maderas, el vibrante scherzo, las variaciones sobre un tema folklórico húngaro y, finalmente, el ímpetu rítimico del Rondò conclusivo. La Budapest Festival Orchestra demostró un estimable nivel con una cuerda empastada y tersa comandada por el que fuera tantos años concertino de la Filarmónica de Berlín, Guy Braunstein, y unas maderas de notable nivel. 

   Para interpretar el Concierto para piano de Schumann, piedra miliar del repertorio, se convocó al suizo Francesco Piemontesi, que acreditó un sonido cuidado, limpio, bien calibrado, sin asomo de estridencia ni margen para notas abiertas, pero limitado en cuanto a plenitud, caudal y amplitud sonora. Unos medios, por tanto, justos, pero, en cualquier caso, suficientes para este concierto. Además, el arte de Piemontesi, siempre atento a los numerosos diálogos con la orquesta que contiene esta pieza, se fundamentó en su gran musicalidad, en un fraseo de gran gusto y delicadeza, así como el dominio de la digitación, con un virtuosismo de indiscutible destreza, pero no deslumbrante. Asimismo, en la faceta expresiva, se impuso la sensibilidad musical sobre el temperamento. Cabe destacar un magnífico segundo movimiento, en el que el acompañamiento atento, mórbido y transparente por parte de Fischer y la orquesta se acopló apropiadamente al refinamiento y las dinámicas del sedoso teclado de Piemontesi en una interpretación del concierto de Shumann musical, impecable, pero a la que faltó algo de latido romántico.

   A modo de propina, el pianista natural de Locarno ofreció una cristalina, transparente y muy refinada tímbricamente Feux d’artifice de Claude Debussy. 

   La segunda parte del concierto, totalmente dedicada a música de Richard Strauss, nos trasladó inmediatamente tres meses atrás en el tiempo y al recinto del Teatro Real, donde Fischer ofreció un memorable concierto totalmente dedicado a la música del genio bávaro. Eso sí, la Orquesta del Festival de Budapest es una agrupación de nivel, pero lejos de la excepcional Orquesta de la Radio de Baviera. No digamos en este repertorio Straussiano. 

   En el Don Juan, también interpretado en aquella ocasión, volvió a apreciarse el dominio por parte de Fischer de la pieza, su sentido de la construcción, que se inicia con esa introducción brillantísima, plena de energía, que expone apropiadamente la vitalidad y el empuje del joven Don Juan. Espléndida la intervención del concertino y del oboe, que delineó con primor y adecuado lirismo su hermosísimo tema. 

   Bien organizada también, con claridad, bellos colores y tímbricas, la danza de los siete velos de la ópera Salomé (Dresde, 1905), obra maestra que sacudió en su día las mentes rectas y bien pensantes de la burguesía europea de comienzos del siglo XX. Bien es verdad, que a la irreprochable interpretación, que evoluciono como corresponde, entre hermosas sonoridades y aromas exótico-orientales, hacía el crescendo final, le faltó un punto de la innegociable sensualidad que requiere la pieza.  

   En 1895 se estrena en Colonia el poema sinfónico más corto de Richard Strauss, Las travesuras de Till Eulenspiegel, una especie de héroe popular campesino del folklore del Norte de Alemania y los Países Bajos. Érase un bellaco idiota llamado Till Eulenspiegel. Era un pícaro malvado que disfrutaba inventando trucos nuevos” escribió el propio Strauss en la primera página de la partitura. Resulta realmente asombroso el pleno dominio que atesoraba de la orquestación el músico bávaro ya en esas épocas. Iván Fischer colocó a las trompas delante, el solista de clarinete se lució, así como toda la sección de maderas. También los metales y una cuerda que pudo presumir de empaste, brillo y empaque en una dirección fluida y variada de colores por parte de Fischer, que hizo justicia a este modelo de música programática.

   Un terceto de violín, viola y contrabajo ofreció una especie de danza popular húngara de raíz zíngara a modo de propina.   

Fotos: Budapest Festival Orchestra 

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