CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: «El idiota», de Mieczysław Weinberg, en el Theater an der Wien

14 de mayo de 2023

«Si la obra se beneficia de un libreto de alto nivel, musicalmente no le va a la zaga. Si hay algo que descubres día a día cuando te acercas a Weinberg es que fue capaz de crear un lenguaje musical propio»

¿Qué tiene Weinberg que siempre triunfa?

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena, 05-V-2023, Halle E del barrio de los museos. El idiota [Mieczysław Weinberg/Alexander Medvedev basado en la novela homónima de Fiódor Dostoyevski]. Dmitry Golovnin [el Príncipe Myschkin, el idiota], Ekaterina Sannikova [Natacha], Dmitry Cheblikov [Rogoschin], Petr Sokolov [Lébedev], Ieva Prudnikovaitė [Aglaja], Mihails Culpajevs [Ganja]. Orquesta Sinfónica de la Radio ORF de Viena; Coro Arnold Schoenberg. Dirección Musical: Thomas Sanderling. Dirección de escena: Vasily Barkhatov.

   En alguna reseña anterior he comentado como fue el «descubrimiento» de Mieczysław Weinberg en Madrid. En enero de 2003, en uno de los varios cumpleaños que los habituales del Liceo de Cámara celebramos del inolvidable Valentin Berlinsky, el sempiterno chelista del Cuarteto Borodin, éstos nos presentaron dos obras inéditas. Una fue un cuarteto de cuerdas de Teofil Richter, el padre del legendario Sviatoslav, muerto en extrañas circunstancias al principio de la Segunda Guerra Mundial acusado de espionaje en favor de los alemanes. El otro fue el Cuarteto n.° 8 de Weinberg, obra extraordinaria, de una tensión y un cromatismo impactantes. A partir de ahí fue una carrera por descubrir mas composiciones suyas –su catálogo es inmenso con 154 obras catalogadas y varios cientos sin catalogar, entre las que hay 22 sinfonías, 10 obras concertantes, ciclos de canciones, su monumental ciclo de 17 cuartetos de cuerda o sus 7 óperas–, siendo el punto culminante el estreno mundial de su ópera La Pasajera en el Festival de Bregenz de 2010 –hubo un estreno previo en versión concierto en Moscú cuatro años antes pero de repercusión muy limitada– bajo la dirección escénica de David Pountney. El DVD de la producción, editado por Arthaus Musik, la llevó a todo el mundo, y desde entonces no ha dejado de recibir elogios –esperemos poder verla en breve en el Teatro Real donde se canceló en 2020 por la pandemia–.

   Su última ópera, El idiota, escrita entre 1986 y 1987, con libreto de Alexander Medvedev, el mismo de La Pasajera, se basa en la obra de Fiódor Dostoyevski. Para ello, Medvedev condensa la inmensa obra –más de 700 páginas–, donde el ruso nos regala una excepcional colección de personajes, magistralmente descritos, con perfiles psicológicos detallados hasta el milímetro, en un libreto trepidante, turbulento, y de enorme carga dramática donde no altera nada de lo esencial: la historia de amor entre el fascinante Príncipe Myschkin, un antihéroe excéntrico y encantador, «desfacedor de entuertos» a la manera de un Don Quijote del S. XIX, al que nadie entiende y al que casi todos consideran un «idiota», y la misteriosa Natacha, mujer bella y seductora, de pasado turbulento, y con la que todos los personajes de la ópera están conectados emocionalmente. Prácticamente todo lo que ocurre en la obra es por amor u odio hacia ella. El resto de los roles, todos ellos personajes retorcidos, varios maquiavélicos que hacen lo posible por conseguir sus –a veces oscuros– objetivos, pululan en torno a los dos protagonistas, interactuando con y entre ellos de manera convulsa, no dejan de ser secundarios. Bueno, quizás hay dos que no lo son tanto: el comerciante Rogoschin, a quien Myschkin conoce en el tren cuando regresa a San Petersburgo tras una larga estancia en un sanatorio de Suiza donde es tratado de epilepsia, y la bella Aglaja, una de las tres hijas del general Yepanchin, pariente lejano de Myschkin y al que éste se dirige cuando regresa a su patria. Con ambos podemos completar los dos triángulos amorosos con los que Weinberg y Medvedev estructuran la trama de la ópera: el primero, que dura toda la obra, gira en torno a Myshkin, Natacha y Rogoschin; y el segundo, que se desarrolla sobre todo en los dos últimos actos, incluye como el anterior a Natacha y Myschkin, al que se suma Aglaja.

   Uno de los elementos clave de la obra lo define con certeza el director de escena Vasily Barkhatov en una entrevista previa: «Evidentemente no todos los rusos han leído a Dostoievski, pero lo que sí se puede decir es que Dostoievski fue capaz de escudriñar e indagar en el alma de todos los rusos, es decir, los entiende de tal manera que cada personaje es un mundo. Centrándonos en los principales para no eternizarnos, Myschkin, que en el sanatorio ha estado alejado del mundo, es un personaje 'virgen', sin bondad ni maldad. En él solo funciona la 'lógica aplastante', porque en su vida no ha habido derivadas. Por el contrario, Natacha es una mezcla de Lulú, Violetta Valéry y Manon Lescaut. Su tutor Totzki, un rico aristócrata que la 'prostituye' y la quiere casar con Ganya, el secretario del general Yepanchin, para poder disponer de ella cuando quiera y también para tener vía libre con una de las hijas del General, ha hecho de ella una mujer que con poco mas de 20 años tiene mas vida que muchos con 80. También la pretende Rogoschin, el amigo de Myshkin, y ella juega con todos hasta la noche de su aniversario donde en la fiesta de cumpleaños, en una especie de subasta, 'anunciará con quien se va a casar'. Esa noche, aparece Myshkin sin estar invitado y también la propone en matrimonio. Se había enamorado de un retrato suyo que le enseñó Ganya, y su amor no parece carnal. Simplemente la ve vulnerable tras su fachada de 'femme fatal' y quiere salvarla. Ella es capaz de una cosa y de la contraria. En un momento de ternura tremendamente emotivo, muestra su lado más vulnerable –'Gracias, príncipe. Hasta ahora nadie me había hablado así. Todos querían comprarme. Ningún hombre digno me había pedido en matrimonio'– mientras que a continuación, primero le rechaza para irse con Rogoschin –'no sería capaz de arruinar la vida de un niño como el príncipe'– y poco después se dirige a Ganya para darle 100.000 rublos para romper su compromiso, pero los arroja al fuego para que 'cuando esté rodeado de llamas los puedas recoger pero sin guantes y con las mangas recogidas. Te quemarás algo los dedos, pero se trata de cien mil rublos'».

   Si la obra se beneficia de un libreto de alto nivel, musicalmente no le va a la zaga. Si hay algo que descubres día a día cuando te acercas a Weinberg es que fue capaz de crear un lenguaje musical propio. Cuando oyes sus obras suenan a él. Además, a parte de sus obras llamémosle «clásicas», Wienberg compuso una gran cantidad de música para películas, lo que en El idiota se traduce en una orquestación opulenta y abundante, un ritmo trepidante que encadena la multitud de escenas, y una gran facilidad para acompañar todas y cada una de las situaciones y atmósferas. La percusión es abundante y muy adecuada a lo largo de toda la obra. Instrumentos como el xilófono, la celesta o la marimba ayudan a cuerdas y vientos a crear sonoridades propias, y además, sorprende positivamente el uso de leitmotivs para los personajes principales: una progresión de acordes descendente en el caso de Myschkin y una atractiva melodía con tresillos descendentes en el de Natacha, un poco a la manera de la Habanera de Carmen.

   La dirección de escena del ruso Vasily Barkhatov es admirable por lo simple y efectiva que es. Algo que hoy en día se antoja novedoso. Se limita a contar la historia, sin interpretaciones ni reinterpretaciones paralelas innecesarias. Eso sí, nos muestra a un Myshkin atrapado por su propia mala conciencia, que revive sus recuerdos una y otra vez, que intenta cambiar las cosas pero que es incapaz de hacerlo. Sitúa la acción en la actualidad, combinando un escenario giratorio con el vagón de tren en el que Myshkin retorna de Suiza, con pequeñas salas en que con muebles recrean salones, apartamentos, etc. En las ventanillas del tren se proyectan vídeos con paisajes nevados e imágenes de Natacha y Aglaja, las dos rivales por el amor de Myshkin realizados por Christian Borchers. Excelente la iluminación de Alexander Sivaev, siempre al servicio de la trama.

   El tenor ruso Dmitry Golovnin, como Myshkin y la soprano ucraniana Ekaterina Sannikova como Natacha bordan sus respectivos personajes. El ruso lleva años en el circuito y nos ha dado grandes noches interpretando el Hermann de la Dama de Picas, el Khovansky de Khovanchina, el falso Dmitri en Boris Godunov o el año pasado el Agrippa en El ángel de fuego del Teatro Real. Tenor con un timbre no muy denso pero con la voz bien colocada, su registro superior es fácil, está liberado, sus agudos son metálicos, y es capaz de proyectar en un teatro con la acústica tan complicada como la del Halle E. Si su prestación vocal fue excelente, aún fue superior su aspecto dramático donde sacó a la palestra todas las complejidades mencionadas anteriormente de su personaje. Por su parte, la ucraniana nos sorprendió con una voz amplia, un timbre no demasiado atractivo, pero que gana en el registro superior, donde no tuvo problemas en sobrepasar la suntuosa orquestación de Weinberg. En escena demostró carisma, intensidad teatral y amplitud de registros convenciendo tanto en su lado vulnerable como en el mas desgarrado. Su escena frente a Aglaja, su adversaria por el amor de Myshkin, fue de gran impacto defendiendo su «honra» y espetando a su rival sobre quien era ella para juzgarla. Dada su juventud, es una soprano a tener muy en cuenta en el futuro.

   Por su parte, la mezzo lituana Ieva Prudnikovaitė, de voz amplia y timbrada, rotunda y bien proyectada, fue una interesante Aglaja, cuya prestación fue creciendo a lo largo de la función, desde una discreta aparición inicial junto a sus hermanas a una romanza muy bien cantada en el último. Dejó muy buena impresión. También notable el bajo-barítono ruso Dmitry Cheblykov, con voz rotunda y bien proyectada, que bordó el maquiavélico e intrigante papel de Parfion Ragoschin, capaz de todo por conseguir el amor de Natacha, y que al final de la obra se convierte en su asesino al darse cuenta de que, da igual lo que haga, ésta está enamorada de Myshkin.

   El resto del elenco fue mas que adecuado, sin ningún punto negro. El barítono siberiano Petr Sokolov dio vida de manera brillante al intrigante funcionario Lébedev, quien tras enterarse de que Ragoschin es un rico heredero, no ceja hasta convertirse en su ayudante personal. El bajo ruso Valery Gilmanov fue un adecuado general Yepanchin mientras el tenor letón Mihails Culpajevs dio vida al infeliz Ganja, secretario del general y novio «oficial» de Nastacha, a quien no duda en vender por dinero. Ksenia Vyaznikova y Tatyana Schneider cantaron bastante bien sus respectivos papeles de madre e hija –Lizaveta Yepanchina y Alexandra, hermana de Aglaja–, como también lo hicieron la soprano lituana Kamile Bonté como Varya, hermana de Ganjia, y el bajo-barítono Alexey Dedov como Totzi, el terrateniente y tutor de Natacha.

   A los mandos de todo este complejo entramado, la veterana y experta batuta de Thomas Sanderling, una absoluta autoridad en la materia. El hijo mayor del inolvidable Kurt, que tantas noches de gloria nos dio en el Madrid de los 90, no solo tuvo una enorme relación con el compositor desde su más tierna infancia sino que ha estrenado muchas de sus obras, entre ellas la versión completa de la ópera –el propio compositor estrenó la de cámara en Moscú en 1991– el 9 de mayo de 2013 en el Nationaltheater de Mannheim. Su lectura fue intensa, emotiva, con continuos contrastes dinámicos, y con una gran carga dramática. En fin, una lectura modélica al frente de una Orquesta Sinfónica de la Radio ORF en estado de gracia, y en la que la sección masculina del Coro Arnold Schoenberg fue una vez más garantía de calidad.

   La noche fue inolvidable, algo que casi siempre ocurre con Weinberg. La pregunta que surgió de inmediato es si es o no comparable/mejor/peor que La pasajera. Mi opinión es que musicalmente está a su nivel. Sin embargo, dramáticamente y a pesar de ser El idiota una obra redonda, gana La pasajera. Una historia de ese nivel surge una vez cada 50 años. La pandemia nos privó de verla en Madrid en 2020, aunque por las noticias que me llegan, la espera está a punto de terminar. No es realista pensar que se puedan ver dos óperas de Weinberg a corto plazo, pero si el que suscribe estuviera en la dirección musical del Teatro Real, me bajaría ahora mismo del tren de la fallida producción del Cazador furtivo que reseñamos recientemente, y me subiría sin duda al tren de El idiota. Una apuesta segura.

Fotografías: Monika Rittershaus/Theater an der Wien.

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