CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Adam Fischer y Beatrice Rana abren la temporada del Palacio Esterhazy en Eisenstad

25 de enero de 2024

Crítica del concierto ofrecido por Adam Fischer y Beatrice Rana en el Palacio Esterhazy de Eisenstad

Adam Fischer y Beatrice Rana en el Palacio Esterhazy de Eisenstad

Dos volcanes

Por Pedro J. Lapeña Rey
Eisenstadt. Haydnsaal del Schloss Esterházy. 21-I-2024. Academy of St Martin in the Fields. Beatrice Rana, piano. Director musical: Ádám Fischer. Obertura de Don Giovanni y Concierto para piano y orquesta nº 20 en re menor, K. 466 de Wolfgang Amadeus Mozart. Sinfonía nº 103 en mi bemol mayor "Redoble de timbal" de Franz Joseph Haydn

   El concierto inaugural de la temporada «CLASSIC.ESTERHAZY 2024» en la imponente «Sala Haydn» del Castillo de Eisenstad es todo un acontecimiento en la capital de la provincia de Burgenland. De nuevo Ádám Fischer se convirtió en el maestro de ceremonias de un concierto que tenía dos invitados especiales. Por un lado, la Academy of St Martin in the Fields, la prestigiosa orquesta de cámara inglesa que desde 1959 lideró Sir Neville Marriner hasta poco antes de su muerte en 2016. Ahora, siete años después, la orquesta realiza su primera gira con director -habitualmente acompaña a solistas que ejercen de también de directores- tras la muerte de Marriner. Una gira que los lleva por Holanda, Alemania, Austria y Polonia. Por otro, la joven pianista italiana Beatrice Rana que desde su fulgurante irrupción en la escena musical a mediados de la década pasada no deja de sorprendernos concierto a concierto. En el programa, obras de Haydn y Mozart compuestas en el breve espacio de tiempo que va de 1785 a 1794.

   El sol también se quiso apuntar al acontecimiento y lució resplandeciente todo el día, por lo que el viaje desde Viena fue muy agradable. El intenso frío tampoco se lo quiso perder, y limitó bastante la actividad al aire libre. Aun así, nos dio para dar un agradable paseo por los lugares donde Haydn vivió y trabajó durante casi toda su vida. En visitas anteriores no había podido visitar la Bergkirche, la iglesia situada a unos 10 minutos del palacio que alberga en su cripta el Mausoleo del compositor con su féretro. En los meses de enero a marzo, solo se puede visitar por encargo, que obviamente yo no había hecho, por lo que no puede bajar a la cripta. Aun así, en la planta principal se pueden ver un par de lápidas conmemorativas y una miniexposición sobre un episodio donde es difícil separar lo histórico de lo macabro: el retorno de la cabeza del compositor el 3 de junio de 1954. Dicho así suena muy raro, pero el hecho es Haydn murió en Viena el 31 de mayo de 1809 en pleno asedio napoleónico por lo que fue enterrado en el cementerio de Hundsturmer, que se encontraba en lo que actualmente es el Haydnpark en el Gurtel -el anillo que rodea el centro de la ciudad- pero que entonces estaba fuera de las murallas. Días después, un par de amigos frenólogos decapitaron el cadáver con objetivos científicos, y el cráneo del compositor tuvo vida propia durante mas de 100 años. Los Esterházy exhumaron el cadáver en 1820, lo devolvieron a Eisenstadt, y lo enterraron en la Bergkirche con otro cráneo. Un siglo después, en 1932, construyeron el actual mausoleo, y en 1954, tras varias vicisitudes, el cráneo de Haydn, que tras varios propietarios estaba en poder de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena- Gesellschaft der Musikfreunde in Wien, regresó a Eisenstadt con todos los honores. En las fotos un tanto descoloridas de la exposición se pueden ver imágenes de la salida del Musikverein en Viena, de la llegada a Eisenstadt frente al palacio en un coche fúnebre rodeado por 16 escoltas, y de la bajada a la cripta transportado por 8 oficiales en perfecto estado de revista.  

   Desconozco si Ádám Fischer llevó a los músicos ingleses a visitar el mausoleo, pero los primeros acordes de la Obertura de Don Giovanni, con la que empezó el concierto, y la subsiguiente cadencia sonaron como si hubieran pasado allí toda una noche. Intensidad y misterio vinieron a continuación en la secuencia tenebrosa y enigmática que nos lleva directamente al chispeante allegro con el que la obertura continua y que sonó deslumbrante en manos de los ingleses con un Fischer que cuidó con delicadeza cada una de las frases. Da gusto escuchar la música del S.XVIII respetando las formas y las densidades orquestales de la época´, pero con instrumentos modernos que permiten una brillantez de sonido deslumbrante.

   Fuimos a más cuando Beatrice Rana salió a escena para enfrentarse a una de las obras más populares de Wolfgang Amadeus Mozart, el Concierto en re menor, K. 466. La pianista de Copertino es artista sensible, de musicalidad esbelta y con las ideas muy claras. La conexión y complicidad con Fischer, que sienta cátedra en estas páginas desde tiempo inmemorial, fue ejemplar y su solvencia técnica se imbricó de manera exquisita con un Fischer que la acompañó y también la exigió a partes iguales. Fue un Mozart de poder a poder, quizás no del gusto de todos, pero que se ganó al público por la naturalidad, la musicalidad y la sinceridad que mostró. Un Allegro inicial en el que Fischer sacó lo mejor de las cuerdas inglesas y en el que sus dos temas principales fueron descritos y desarrollados de manera radiante tanto por la orquesta como por la pianista, que aprovechó la cadenza para deslumbrar aún más. En la popular Romanza, el movimiento lento, el dialogo fue fluido y emotivo, como vislumbrando esa transición hacia el romanticismo que se producirá poco años después con Beethoven. Dos personalidades volcánicas como ellos, con una tonalidad menor de por medio, eran el caldo de cultivo ideal para emocionarnos en esa primera melodía tierna y apasionada, y para arrebatarnos en la “tormenta” posterior. En el final volvieron a unirse de manera muy elegante terminando con una delicadeza y un fraseo digno de encomio. Beatrice Rana arrancó el Rondó final con una articulación inmaculada. Ádám Fischer le respondió con la caballería pesada, como pidiéndola mas. Y ella se lo dio. La melodía posterior y las subsiguientes fueron fraseadas con precisión y brillantez. Los brillantes diálogos orquesta-piano parecieron prepararnos para una cadenza final deslumbrante, desde donde ambos nos llevaron a un rutilante e intenso final que obtuvo una enorme aceptación por parte del público. Tras un primer saludo conjunto, Fischer le dejó todo el protagonismo a la pianista que tras dos salidas en solitario, nos regaló el Estudio en la bemol mayor, «el arpa» de Frederic Chopin, con sus arpegios y modulaciones armónicas hechas de manera preciosista.

   Tras el descanso. en el que no nos cansamos de admirar todos los frescos con que está decorada la sala, Ádám Fischer y los músicos londinenses disfrutaron y nos hicieron disfrutar con una versión apabullante de la Sinfonía nº 103 en mi bemol mayor «Redoble de timbal» de Haydn. Aunque no fue compuesta aquí -lo fue en el invierno de 1794, en su segundo viaje a Londres- pareció que Ádám Fischer se comunicó con su espíritu porque todo sonó de manera especial. En el movimiento inicial, y tras el redoble inicial del timbal, nos introdujo en el lúgubre tema inicial de manera casi tétrica, para contrastar de manera muy eficaz con el tema posterior, fraseado con franco entusiasmo. Los músicos ingleses le dieron la alegría necesaria a las sucesivas idas y venidas de esta pegadiza melodía. El Andante più tosto posterior fue una delicia, con Fischer haciendo crecer las variaciones dobles y graduando a la orquesta de manera magistral, para darle ese toque biedermeier que desprende por momentos. Los cuatro solistas de cuerda se lucieron tocando con gran delicadeza la parte final que por momentos parece un concierto para cuarteto de cuerda y orquesta. Formidable el Menuetto, que tuvo gracia y esplendor a partes iguales, y fue un dechado de claridad y brillantez. El Allegro con spirito final fue un torbellino ejecutado con precisión de orfebre y una vitalidad energética que, no es que nos sorprenda a estas alturas, pero que no dejamos de admirar.

   El público saltó como un resorte vitoreando a orquesta y director, y tras tres salidas a saludar, nos regalaron más energía: una versión chispeante de la Obertura de Las Bodas de Fígaro. Al acabar, Fisher recorrió todo el escenario estrechando las manos casi toda la orquesta y culminando una excelente velada que ha sido el prólogo de una temporada con muchos conciertos apetecibles, y que tendrá su punto culminante en el mes de septiembre, en el festival Herbstgold. 

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