CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: La Volksoper Wien propone una nueva «West Side Story» de Bernstein

16 de febrero de 2024

La Ópera del pueblo vienesa su une a la «ola Bernstein» y propone esta versión a cargo de Lotte de Beer del célebre musical, con un reparto encabezado por Jaye Simmons y Anton Zetterholm, con dirección musical de Tobias Wögerer

Leonard Bernstein, Volksoper, Anton Zetterholm, Jaye Simmons

Anywhere Story

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena. Volksoper. 13-II-2024. West Side Story [Leonard Bernstein/Stephen Sondheim]. Jaye Simmons [María], Anton Zetterholm [Toni], Myrthes Monteiro [Anita], Lionel von Lawrence [Bernardo], James Park [Chino], Oliver Liebl [Riff], Axel Herrig [Doc], Nicolaus Hagg [Inspector de policía Schrank], Tobias Voigt [Agente Krupke]. Orquesta de la Volksoper. Dirección Musical: Tobias Wögerer. Dirección de escena: Lotte de Beer.

   Hace unos días nos referíamos a la «ola Bernstein» que barre Viena desde comienzos de años. Tanto el concierto con su Segunda sinfonía en el Musikverein como el Candide del Theater an der Wien se saldaron con triunfos de crítica y público con todas las funciones colgando el cartel de «no hay billetes», y si medimos el triunfo por la asistencia del respetable, el West Side Story de la Volksoper va camino de convertirse en la obra del año en la ciudad, ya que a las 18 funciones programadas inicialmente, se han sumado dos más -de momento-, agotando todos los días el papel.

   Ya comentamos que Broadway fue el refugio de Bernstein en los duros años de la mitad de la década de los 50, cuando el FBI seguía sus pasos, no le renovaron el pasaporte –con lo que sus viajes a Europa tuvieron un impasse–, y su nombramiento al frente de la Filarmónica de Nueva York no era más que un deseo. En la década anterior, On the town y Fancy free le habían puesto en el mapa, y ahora, Wonderful town, Candide y sobre todo, West Side Story le convirtieron en un fenómeno de masas. Las dos últimas, se basan en obras maestras de Voltaire y de Shakespeare, pero mientras la primera es una obra irónica, corrosiva y sarcástica, que cuestiona las tesis del «optimismo patológico» de Leibnitz, la segunda, como buen remedo del Romeo y Julieta es una obra que nos plantea de manera implacable y cruel la complejidad de los amores imposibles. Hasta ese momento, era impensable que un espectáculo de Broadway hablara de problemas sociales, peleas a muerte entre bandas rivales, machismo o racismo. Menos aún, que antes de caer el telón hubiera dos muertos en el escenario, y para rizar el rizo, aún fue más inconcebible que todo terminara en tragedia. Y si la música de Candide es deslumbrante, directa y muy pegadiza, pero –salvo la obertura o el aria «Glitter and Be Gay»– con un recorrido limitado más allá de las salas de conciertos, “West Side Story”, tras su traslado al cine de manera magistral por Robert Wise y Jerome Robbins se convirtió sin duda alguna en “patrimonio de la humanidad”. Muchas de sus melodías –«Maria», «Tonight», «I want to live in America», «I Feel Pretty» o «Somewhere»– pertenecen al imaginario colectivo de varias generaciones. Todos la hemos podido ver en diversas ocasiones, y junto a la música de Bernstein y la coreografía de Robbins, su ambientación en el Upper West Side de Manhattan fue un aspecto esencial. De hecho, en los primeros bosquejos de la obra, la acción ocurría en el Lower East Side, y los montescos y capuletos se transformaban en familias de católicos irlandeses frente a judíos, pero dado el auge de las pandillas latinas en el Nueva York de los 50, la acción se trasladó al otro lado de la ciudad donde los «Jets», una banda juvenil de origen «europeo» tiene que «defender su territorio» frente a los pujantes puertorriqueño de los «Sharks». Además, la obra es extremadamente precisa no solo en los lugares donde ocurre sino en la secuencia de los acontecimientos. Esto siempre se ha cuidado mucho en producciones anteriores, como en la de Ricard Reguant para el Teatro Tivoli de Barcelona y que pudimos ver en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid en enero de 1998, o aun mas en la «oficial» de BB Promotion GmbH, para el cincuentenario de la obra, que se pudo ver en varios teatros europeos y que nos deleitó en el Festival de Santander de 2009. Y ese es el principal problema de la producción de Lotte de Beer para este West Side Story.

Bernstein, Volksoper, Tobias Wögerer, Lotte de Beer

   La directora flamenca se olvida de Nueva York para centrarse en lo que ella considera esencial, las relaciones humanas, los problemas de los emigrantes, los atropellos, las injusticias, en fin, la tragedia. Un escenario minimalista, sombrío, anónimo, y una pared negra y desnuda nos van presentando las diversas escenas –el salón de baile, la tienda de Doc donde trabaja Toni y donde los Jets casi violan a Anita, o la pequeña habitación de María– que no tienen nada de Manhattan. Lo único que recuerda a América es un cartel publicitario de una casa actual –«Esto puede ser tuyo, la casa del sueño americano–, fea y cursi a mas no poder. Tony y María cantan el «Somewhere» delante del típico adosado de cualquier suburbio de cualquier ciudad del mundo, imaginando su futuro juntos, con los «Jets» y los «Sharks» reconciliados hasta que se dan de bruces con los cadáveres de Riff y Bernardo. Parece que la Sra, de Beer quiere transformar West Side Story en Anywhere Story.

   La coreografía, otro de los aspectos fundamentales de la obra, estuvo a cargo del puertorriqueño Bryan Arias. Aunque por su joven edad no vivió aquellos años, el hecho de haberse criado en Nueva York le acerca al origen de los acontecimientos, y eso se vio en el escenario. Los bailes fueron intensos, vertiginosos, con mucho swing y perfectamente conjuntados. Los «Jets» duros, mas «rockeros». Los «Sharks» latinos, mas sensuales. Todos ellos fluidos, fascinantes y muy expresivos. Sin embargo, también aquí la memoria es muy traicionera, y la sombra de Jerome Robbins, que estuvo tan presente en su día tanto en Madrid como en Santander, es imposible de superar.

   El británico Ben Glassberg, nuevo director musical del teatro tras la renuncia de Omer Meir Wellber, planteó una visión opuesta a la de Lotte de Beer. Su versión fue muy rápida, vibrante, extrovertida –a veces demasiado– como dando a entender que el espectáculo es más importante que la tragedia. Impecable desde el punto de vista rítmico –jazz, mambo o swing estuvieron ahí–, las emociones fueron bastante limitadas, el lirismo brilló por su ausencia, y por momentos pareció que buscara más el aplauso fácil que entrar de lleno al meollo de la música. La percusión siempre estuvo sobre ponderada, los vientos en su sitio, y la cuerda trató de hacerse oír, aunque no siempre lo consiguió. En cualquier caso, la música de Bernstein es gloriosa, y te terminas amoldando, pero se dejó mucho en el tintero –imperdonable que «María» o «Somewhere» no lleguen a estremecerte–.

Leonard Bernstein, Volksoper, Tobias Wögerer, Lotte de Beer

   En el escenario, el elenco funcionó como un reloj. Todos fueron excelentes bailarines, y aprobaron con nota el cambio continuo de idioma –cantaron en inglés mientras que usaron alemán para los diálogos–. Por el contrario, en el tema vocal el nivel fue mucho más discreto. Hubo amplificación, lo que como siempre es un arma de doble filo. El volumen y la proyección de la voz dejan de ser un problema, pero por contra, los errores se hacen más nítidos. En cualquier caso, ellas estuvieron muy por encima de ellos. La norteamericana Jaye Simmons, miembro del Opera Studio de la casa, mostró una voz hermosa y con cuerpo, y en escena fue una María primero encantadora y luego arrebatadora. Myrthes Monteiro tuvo altibajos como Anita, papel bombón donde los haya y que debió aprovechar más. Fue ganando presencia en escena según avanzaba la función, pasando de un discreto enfrentamiento con su novio Bernardo en el «I want to live in America», a un espectacular «A boy like that» junto a Jaye Simmons donde saltaron chispas y que fue uno de los momentos estelares de la velada. Discreto siendo benévolo el Toni de Anton Zetterholm, siempre resoplando, abusando del falsete, con accidente vocal incluido en «Something's Coming», y bastante plano como actor, y no mucho mejor el resto de «Jets» y «Sharks». Por el contrario, los «veteranos» Axel Herrig como Doc, Nicolaus Hagg como el inspector Schrank y Tobias Voigt como el Agente Krupke estuvieron bastante mas apropiados.

   En cualquier caso, el público se lo pasó de lo lindo y aplaudió a rabiar. Sin duda el mérito fue mucho mas de Lenny que de Ben Glassberg o de Lotte de Beer. La «ola Bernstein» parece que no se detiene.

Fotografías: Marco Sommer/Volksoper Wien.

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