CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Crítica:  Martha Argerich y Lilya Zilberstein en el Konzerthaus de Viena

5 de marzo de 2024

Crítica del recital ofrecido por las pianistas Martha Argerich y Lilya Zilberstein en el Konzerthaus de Viena

Martha Argerich y Lilya Zilberstein en el Konzerthaus de Viena

Argerich y Zilberstein revientan el Konzerthaus

Por Pedro J. Lapeña Rey
Viena. Konzerthaus. 29-II-2024. Martha Argerich, Lilya Zilberstein, Anton Gerzenberg, Daniel Gerzenberg, pianos. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Robert Schumann, Darius Milhaud, Bedřich Smetana y Sergei Rachmaninov

   Lo ha vuelto hacer, o mejor dicho, lo han vuelto a hacer. Una vez más, Martha Argerich y Lilya Zilberstein han provocado el delirio entre un público que llenaba el Konzerthaus al completo. Se llenó el escenario de sillas, se abrieron las butacas del coro habitualmente cerradas, y delante de la primera fila de la platea, se colocaron dos filas completas con 40 butacas. No quedaba una sola entrada desde hacía semanas, y como suele ser habitual cuando está la argentina de por medio, el resultado fue aún mas redondo que las ya de por sí altas expectativas que teníamos. En alguna reseña anterior he criticado la costumbre que tuvo durante años –principalmente en los años que se rodeaba de jóvenes intérpretes en su Festival de Lugano– de actuar acompañada de intérpretes que estaban a un nivel muy por debajo del suyo. Aparentemente eso es ya cosa del pasado, y en estos últimos años, y tras habernos dejado Nelson Freire y con Daniel Barenboim fuera de juego por su lamentable enfermedad, parece concentrar sus recitales a dos pianos con Nelson Goerner y con Lilya Zilberstein. 

   La moscovita es una pianista excepcional. Ganadora del Concurso Ferrucio Busoni en 1987, poco después se asentó en Hamburgo desde donde lleva a cabo una importante carrera internacional. Pianista sobria, elegante y sin amaneramientos insulsos, despliega un sonido bellísimo, redondo y contundente. La articulación es excelente, al igual que la independencia de manos o su manejo del pedal. Su relación con Martha Argerich viene casi desde su debut, pero en los últimos años se ha consolidado como su alter ego. Se entienden con mirarse. Se estimulan una a otra. La manera en que imbrican el sonido de ambos pianos es admirable, y por momentos no distingues quien toca que. 

Martha Argerich y Lilya Zilberstein en el Konzerthaus de Viena

   El programa fue bastante variado abarcando desde el joven Mozart al Milhaud de la tercera década del s. XX, pasando por el romanticismo de Robert Schumann y Bedřich Smetana y el magisterio pianístico de Sergei Rachmaninov, siempre presente en sus programas. Comenzamos la velada con la única rareza del programa: el arreglo para dos pianos que Ferrucio Busoni hizo de la Fantasía para órgano mecánico o para reloj musical en fa menor, K. 608 de Mozart. Con Zilberstein en el primer piano y Argerich en el segundo, la obra respiró naturalidad, tuvo densidad polifónica, y fue interpretada con una delicadeza admirable desde ambos teclados. Casi sin un momento para respirar, ambas pianistas se sentaron en el primer piano –Zilberstein en la parte superior, Argerich en la grave– para darnos una versión preciosa de la Sonata para piano a cuatro manos en re mayor, K. 381 donde un Andante casi poético estuvo enmarcado por los dos Allegros chispeantes, de sonido muy bello, llevados a un tempo rápido pero donde la brillantez no restó un ápice de musicalidad. 

   La única obra en que Argerich se sentó en el primer piano fue el Andante y variaciones, op. 46 de Schumann, donde ambas pianistas se sumergieron en las aguas turbulentas y arrebatadoras de la obra con una expresividad y un fraseo poético encomiable. Conocemos de muchas tardes el tercer movimiento, Brazileira de la Suite Scaramouche de Darius Milhaud, uno de sus bises habituales en este tipo de conciertos. Esta vez tuvimos la obra entera, con lo que descubrimos una composición exquisita que no se limita al choro de samba carioca de ese movimiento final, sino que combina varias melodías populares en el “Vif” inicial de una dificultad considerable –politonalidad, sincopas, triadas– y que integra éstas en ritmos que provienen del barroco de Bach en el Moderé intermedio. Ambas pianistas parecieron respirar el mismo aire, tal fue el grado de compenetración, naturalidad y brío con que nos obsequiaron.

   Comenzamos la segunda parte con dos obras para ocho manos de Bedřich Smetana, la Sonata en mi bemol y el Rondó para dos pianos a cuatro manos. Se las unieron los hermanos Anton y Daniel Gerzenberg, alumnos desde hace años de Zilberstein y con una carrera en progresión en escenarios de Alemania y Austria. Preciosa la sonata tocada con una naturalidad exquisita y poderoso, enérgico y con un brío virtuosístico el rondó. Quedaron para el final Las danzas sinfónicas de Sergei Rachmaninov, que el autor tocaba junto al también legendario Vladimir Horowitz. Argerich y Zilberstein diseccionaron la partitura con un lirismo conmovedor. Virtuosas tanto musical como rítmicamente en el movimiento inicial, intensas y líricas en el segundo de innegable patetismo tchaikovskiano y apabullantes en el movimiento final, con todas sus alusiones autobiográficas y estilísticas ocultas en la fantasmagórica danza inicial que desemboca en el célebre motivo del Dies irae. 

Martha Argerich y Lilya Zilberstein en el Konzerthaus de Viena

    Tras este impresionante final y con el público puesto en pie, empezamos un tercer tiempo si cabe aún más increíble que el resto del concierto. Primero un emocionante La nuit... L'amour…, el precioso segundo movimiento de la Suite para dos pianos nº 1 del propio Rachmaninov, donde ambas sacaron los mejor de la otra y nos dejaron al borde del colapso. Los hermanos Gerzenberg que se habían quedado sentados en el escenario junto a la puerta de salida, ayudaron a relajar la tensión acumulada, acompañándolas en un arreglo divertido e irónico para piano a 8 manos de La gruta del rey de la montaña del Peer Gynt de Eduard Grieg que terminó de manera espectacular. Pareció que era el final, pero tras otras 3 salidas y ya con bastante público abandonando la sala, los afortunados que permanecimos nos quedamos casi en éxtasis con un arreglo escalofriante para piano a 8 manos del Allegretto de la Séptima sinfonía de Beethoven. Intenso y de un lirismo arrebatador fue un colofón único a otro concierto excepcional de este genial dúo de pianistas. 

Fotos: Konzerthaus de Viena

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