CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Adam Fischer y la Sinfónica de Düsseldorf en Zaragoza

21 de marzo de 2024

Crítica del concierto de Adam Fischer y la Sinfónica de Düsseldorf en Zaragoza interprendo el segundo acto de Tristán e Isolda de Wagner

Adam Fischer y la Sinfónica de Düsseldorf en Zaragoza

Escala wagneriana de la Sinfónica de Düsseldorf en Zaragoza

Por David Santana | @DSantanaHL
Zaragoza, 19-III-2024. Auditorio- Palacio de Congresos de Zaragoza. Temporada de grandes conciertos del auditorio. Orquesta Sinfónica de Düsseldorf, Adam Fischer, director; Daniela Köhler, soprano; Dorottya Láng, mezzosoprano; Corby Welch, tenor; Juan Noval-Moro, tenor y Miklós Sebestyén, bajo.  Tristán e Isolda, II acto, de R. Wagner.

   La gira de la Orquesta Sinfónica de Düsseldorf ofreció, en su escala en Zaragoza, un repertorio muy diferente del interpretado en Madrid y Barcelona: la Sinfonía n.º 45 ‘Los adioses’ de Haydn y la Sinfonía n.º 5 de Mahler. De haber podido estar en los dos recitales, el resultado hubiera sido una excelente radiografía de la trayectoria del maestro Adam Fischer quien ha desarrollado el grueso de su carrera en torno a estas dos etapas de la música alemana: el clasicismo y el romanticismo tardío.

  Escuchar la propuesta de Tristán e Isolda, aunque solo sea en su segundo acto, de un director que ha estado en Bayreuth es algo que merece la pena. En este aspecto cabe destacar el equilibrio que el maestro logra con una orquesta que supo manejar con gran precisión. Cabe destacar el detalle de los crescendi, sumando instrumentos capa por capa, de una manera sumamente delicada. El sonido es redondo, bien construido desde los contrabajos y violonchelos. Se crea una textura de fondo sobre la que destacan los timbres de los vientos, aunque a ellos dedicaré un párrafo más adelante, al llegar a la escena tercera.

   La primera escena arranca con parte del metal fuera de escena. Aunque es poco realista que unos cazadores interpreten un coral de metales de forma tan exquisita, la música requiere romper el realismo de la escena para lograr encajar con las líneas de las cantantes. A ellas les costó hacerse al escenario en los primeros instantes. El auditorio de la ciudad de Zaragoza goza de una acústica excelente, y eso implica que, aún estando en el fondo del escenario, el sonido va a llegar al público como si el músico estuviese tocando desde primera fila, algo que, en este caso, juega en contra de los cantantes. Cuando los tutti comienzan a apianar, pudimos, sin embargo, escuchar a una Dorottya Láng muy expresiva y una Daniela Köhler con un agudo bello y potente, pero algo falta de fuerza en el registro grave.

   La segunda escena arrancó con una lección magistral de Fischer a la hora de realizar el crescendo y el accelerando iniciales. La luz se hizo más tenue para dar intimidad a los amantes, acompañando así a la pequeña actuación de los cantantes y marcando la división entre escenas. 

   Disfruté muchísimo del Tristán de Corby Welch, quien fue el protagonista indiscutible de la noche. El americano goza de un gran fiato que le permite realizar fraseos largos y ricos en matices. Tiene buena potencia y un excelente apoyo que le permite brindar un timbre constante incluso en melodías con registros tan amplios como en el So starben wir, um ungetrennt. Funcionó bien con Köhler, aunque ésta sufrió para igualar al tenor en presencia vocal.

   Defraudó en esta segunda escena Láng, quien abusó de un vibrato absolutamente prescindible. En la tercera escena, le robó el protagonismo a Miklós Sebestyén el clarinete bajo, con un sonido exquisito y una interpretación muy cantábile. Muy equilibradas y afinadas perfectamente las maderas en el coral que resuelve constantemente en el acorde de Tristán, anticipando el terrible final del héroe. Sebestyén hizo unas líneas exquisitas con buena presencia vocal y rico en matices. En cuanto al papel de Juan Noval-Moro, aunque escueto, estuvo correcto. Fue un concierto excelente en el que estoy seguro que no fui el único que se quedó con ganas de más. Ya que estábamos allí, ¿por qué no haberse arrancado con el tercer acto?

Foto: Susanne Dies

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