CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Crítica: «La rondine» en La Scala de Milán dirigida por Riccardo Chailly

14 de abril de 2024

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera La rondine de Puccini en La Scala de Milán dirigida por Riccardo Chailly, con la española Rosalía Cid en el reparto

«La rondine» en La Scala de Milán

«La partitura más elegante y refinada de Puccini»

Por Raúl Chamorro Mena
Milán, 12-IV-2024, Teatro alla Scala. La rondine (Giacomo Puccini). Mariangela Sicilia (Magda di Civry), Matteo Lippi (Ruggero Lastouc), Rosalía Cid (Lisette), Giovanni Sala (Prunier), Pietro Spagnoli (Rambaldo), Alexandrina Mihailova (Yvette), Martina Russomano (Bianca), Andrea Niño (Suzy). Orquesta y coro del Teatro alla Scala. Dirección musical: Riccardo Chailly. Dirección de escena: Irina Brook.

   Hasta 1940 no llegó La rondine (Montecarlo, 1917) al Teatro alla Scala con dirección de Gino Marinuzzi, la misma batuta del estreno 23 años antes. Este hecho sumado a una sola programación posterior en 1994 con Gianandrea Gavazzeni en el podio, es buena muestra, de que esta ópera -ligera, elegante y sentimental en palabras de su autor- es la menos estable en el repertorio del canon Pucciniano, considerando como tal las 10 óperas que van del estreno de Manon Lescaut en 1893 al póstumo de Turandot en 1926. Su compleja gestación, a cargo de Puccini y su libretista Giuseppe Adami, que proviene de un encargo vienés - excelentemente remunerado- para poner música a un libreto de opereta, el abrupto contraste entre la ligereza de los primeros actos y el dramatismo del tercero con la separación de los amantes y su correspondiente anticlímax, así como los apelativos de «extravagancia», «paréntesis entre los títulos mayores», y no digamos el cruel sambenito de «Traviata de los pobres», han lastrado la presencia regular de La Rondine, única partitura del genio de Lucca no publicada por Ricordi, en los teatros de ópera. Por tanto, se antoja justísimo que la Sala del Piermarini acoja está ópera como inauguración de la celebración del centenario del fallecimiento de Giacomo Puccini, interpretándose la partitura en la edición crítica de Ditlev Random sobre el autógrafo original que se creía perdido en un bombardeo aliado en la Segunda Guerra Mundial.

«La rondine» en La Scala de Milán

   Afirmaba el gran director Victor de Sabata, tantos años titular del Teatro alla Scala, que La rondine era la partitura más elegante y refinada de Puccini. Desde luego, hay que subrayar que Riccardo Chailly se afanó en resaltarlo al frente de la magnífica orquesta scaligera, que ofreció un sonido luminoso, transparente y sedoso. La batuta de Chailly, con su gesto firme y enérgico, ejerció control total sobre la orquesta y extendió una hermosa y fluida alfombra sonora, llena de belleza, colorido, ligereza y hermosos detalles tímbricos. Por destacar algunos momentos, la primorosa forma de delinear las melodías de «Che Il bel sogno di Doretta» y «Forse come la rondine» en el primer acto, la brillante introducción del segundo, la concertación del espléndido cuarteto con coro «Bevo al tuo fresco sorriso», una página inspiradísima, cumbre pucciniana o bien, la repetición por los violonchelos del tema del sogno di Doretta al final del segundo capítulo. La magnífica intervención del coro en el referido acto segundo fue toda una muestra de deslumbrante empaste, plenitud sonora y ductilidad. 

   Estimable, tanto en lo vocal como lo dramático, la Magda de la soprano Mariangela Sicilia, cantante sensible y musical, con medios vocales justos, más cercanos a soprano lírico-ligera que a lírica plena, por falta de redondez, cuerpo y metal, con un registro agudo limitado de vibraciones y expansión tímbrica. Eso sí, la soprano de Cosenza atesora apreciable proyección y ortodoxa emisión, además de ser una cantante musical, de buena escuela, que escanció con elegancia y bellos filados «Che Il bel sogno di Doretta» y con expresión ensoñadora, que se sumó al buen canto, el relato «Ore dolci e divine» en la que Magda evoca con nostalgia una aventura amorosa del pasado ajena al lujo que le procura su amante Rambaldo, pero presidida por el verdadero amor entre pobres estudiantes. Sobria, sin excesos, siempre con empaque, el más dramático final, por parte de una Sicilia comprometida dramáticamente. Magda retorna a su vida de cortesana entre lujos en París, pues la golondrina retorna a su lujoso nido, después de su idilio provenzal con Ruggero, que es un paréntesis, como algunos expertos se refieren a La rondine en la producción de su autor. 

   No se puede negar el buen gusto y compostura canora del tenor Matteo Lippi, de voz corta y timbre grato, pero impersonal. Su canto pulcro, pero sin variedad, casó bien con un intérprete insulso, plano, envarado y falto de efusión, que acentuó demasiado el carácter algo linfático del personaje. Por tanto, un Ruggero digno, pero insuficiente, si tenemos en cuenta que el papel lo estrenó el gran Tito Schipa y llegó a cantarlo en Viena 1920 nuestro inmenso Miguel Fleta.

«La rondine» en La Scala de Milán

  La española Rosalía Cid compuso una Lisette fresca, lozana y desenvuelta, si bien vocalmente, la soprano Compostelana brilló solo en las notas altas, pues la franja central y grave resultó más bien sorda. Pietro Spagnoli puso en juego su oficio, experiencia y tablas para un Rambaldo sólido y creíble, amante adinerado que ofrece lujo y seguridad a Magda. Ajustado y cumplidor, Giovanni Sala, tenor muy liviano pero de canto aseado, en el importante papel del poeta Prunier, que mueve los hilos de la trama. 

   Irina Brook expresa en su artículo del excelente, como siempre, libreto- programa editado por el Teatro alla Scala la idea sobre la que pivota su puesta en escena para el regreso de La rondine al templo milanés. Una directora de escena va a afrontar su primera ópera y se identifica particularmente con la protagonista e incluso asume y le afectan sus cuitas y preocupaciones.

   La idea en que se basa la regia se desarrolla de manera algo confusa, pero lo importante es que encauza un montaje pleno de buen gusto, elegancia y refinamiento, esenciales en esta ópera. La vistosa escenografía y el colorido vestuario, ambos a cargo de Patrick Kinmoth, y la estupenda iluminación de Marco Filibeck, colaboran para que todo lo que llega desde el escenario sea muy grato a la vista. Asimismo, la caracterización de personajes se apreció bien trabajada, especialmente la de la protagonista, en impecable colaboración con la soprano Mariangela Sicilia.

Fotos: La Scala de Milán

«La rondine» en La Scala de Milán
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