CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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Opinión: «Misha Dacic vs. Taylor Swift». Por Aurelio M. Seco

2 de junio de 2024

Artículo de opinión de Aurelio M. Seco sobre el gran pianista serbio Misha Dacic y Taylor Swift

Misha Dacic y Taylor Swift

Misha Dacic vs. Taylor Swift

Por Aurelio M. Seco
El Siglo XXI ha traído un fenómeno nuevo para la música, el del enfrentamiento desigual. El pasado día 26 de mayo, uno de los más importantes pianistas vivos, el serbio Misha Dacic, tocaba los dificilísimos y preciosos Estudios trascendentales de Liszt de forma milagrosa e histórica, bajo la cúpula de un Centro, el Niemeyer, mal diseñado para la música. La razones que llevaron al arquitecto y a quienes encargaron el edificio a construirlo pensando más en la música amplificada son, desde nuestro punto de vista, surrealistas y un error grave que hace del recinto un espacio prácticamente inservible para acoger conciertos sinfónicos o recitales de piano. Recuerdo mi primera visita al auditorio, poco después de su inauguración, con una azafata que destacaba la acústica como excepcional, para mi sorpresa. Hace unos días, una joven que acaba de terminar el bachillerato me decía, con un sentido común inusual para hoy, que vivimos en un mundo de locos.

   En la cúpula del Niemeyer ofreció Misha Dacic hace unos días, para decenas de personas, uno de los más importantes recitales a los que he asistido. Fue por ello un privilegio enorme que, sin embargo, se ha quedado un poco en lo esotérico a nivel sociológico, salvo por CODALARIO. De lo que el Mundo sí se ha enterado con claridad es del «concierto» ofrecido por una joven llamada Taylor Swift en el Santiago Bernabeu, ofrecido presencialmente para decenas de miles de personas y para millones en los medios y redes sociales. Que usemos esta palabra, «concierto», para referirnos a dos fenómenos tan diferentes [aunque sin duda tengan algo muy lejano en común] significa que estamos ante un término equívoco.

   Por un lado, Misha Dacic, un hombre de mediana edad, poco o nada preocupado por la imagen y lo mediático, pero un ser divino si hablamos de Arte. Como instrumento, únicamente un piano como amplificación de la voz que el Hombre decidió transformar hace siglos, por determinadas necesidades evolutivas sofisticadas. Y todo para poner en sonido algunas de las partituras más milagrosas jamás escritas: los Estudios trascendentales, arte sustantivo por todas partes, el de Liszt y el de Dacic, que es, lo dijo F. Jaime Pantín en su crítica, probablemente el mejor intérprete vivo de este repertorio. Nosotros añadiríamos que Dacic posee unas cualidades artísticas de las que carecen, en general, la inmensa mayoría de los pianistas más mediáticos de hoy. Y todo mezclado con una de las acústicas más imperfectas que he visto nunca para un recital de piano, la de la cúpula del Niemeyer. Como en una novela de Valle Inclán...

  Por otro lado, Taylor Swift, una atractiva joven y un equipo de amplificación titánico, que proyecta su voz a los cuatro vientos, traspasando las redes y el espacio hasta hacer llegar a millones de individuos epatados por el fenómeno su imagen agigantada. Uno de los objetivos es que a la artista se la vea lo mejor posible. ¿Pero dónde está el atractivo de Taylor Swift? ¿En su música, en su voz o en la propia Swift? ¿Acaso sería igual de fascinante si la misma música fuese cantada por quien esto escribe o por una anciana de 80 años? No. ¿Sería su «concierto» tan atractivo si no estuviese amplificado o sin la tecnología actualmente existente: sin las luces, escenografía, vestuario, coreografías y bailarines, increíbles efectos especiales y amplificación? Es un impresionante arte adjetivo el que ofrece Swift, que no se apreciaría igual con los ojos cerrados.

Taylor Swift

   Arte sustantivo frente al adjetivo, el arte de un artista aplicado a un instrumento que no se dirige a nosotros con palabras frente al de otra especie de artista cuyo mayor aliciente parece ser ella misma y lo que la amplifica y acompaña, independientemente de lo que cante. Y no, no estamos ante una lucha entre viejos y jóvenes, ni únicamente ante una cuestión de gusto. Ni siquiera ante una dialéctica entre «dos tipos de músicas diferentes». Queremos decir que sería un error considerar a ambos artistas [otra palabra equívoca] como representantes de la «música popular», ella, y la «música clásica», él. La cuestión, de naturaleza ontológica, nos presenta una guerra desigual por la trascendencia artística y los medios porque, ¿qué hicieron los asistentes que gozaron del concierto de Taylor Swift? Cantar y bailar sus canciones. Sin embargo, ¿qué era lo único que podíamos hacer quienes asistimos al recital de Misha Dacic? Oír, ver [o cerrar los ojos] y callar.

   Pero lo más dramático de esta falsa oposición no es sólo la dificultad para entender ambos fenómenos, sino observar a cuál de ellos premia el siglo XXI. Es más que probable que en el siglo XIX un pianista brillante ofreciera sus recitales en los mejores recintos de Europa, cuando no para nobles y reyes. ¿Y Swift? ¿Dónde estaría una artista como Swift y sus canciones sin los medios y amplificación de hoy? Donde se encuentra el folclore. Pero no se equivoquen, lo verdaderamente trágico del asunto analizado no es que Taylor Swift haya ganado a Dacic por ser más mediática y popular, por lograr que su precioso y grandioso espectáculo y mensaje musical intrascendente, haya llegado al nivel mediático más alto de nuestro tiempo, sino porque el que en realidad ha ganado es Misha Dacic, aunque lo hayamos apreciado unos pocos.

 

Misha Dacic en el Centro Niemeyer de Avilés
Misha Dacic Taylor Swift Aurelio M. Seco